11 de abril de 2020

Nuestros onces, Rodrigo, y nuestros sábados coinciden hoy en una misma fecha. Hace un mes desde el aniversario, pero anímicamente siento que ha pasado el doble o el triple. Seguimos en confinamiento todos, tu hermano en su casa, con su mujer, muy cerca pero sin vernos ya casi treinta días. Papá y yo aquí, en esta casita que fue tu hogar y que siempre te echa en falta.

Son tiempos extraños, la vida se ha vuelto anodina. Tenemos de todo excepto la posibilidad de salir libremente. Y eso pesa mucho en el espíritu. En mi caso, como otras veces, estoy en fase roma, poco empática, como de corcho. Perdóname si solo cuento banalidades.

Estamos aislados pero seguimos las noticias y la mortandad de esta pandemia da miedo. Nuestro amigo Alfredo se os unió hace pocos días, estaba mayor y ya muy malito, no sé si finalmente fue el virus o la evolución esperable, pero sucedió. Hace unos meses le hicieron un homenaje a modo de despedida al que no pudimos ir, pero algo participamos desde la distancia. Y nos quedan sus traducciones. Sus libros.

Tu abuela sigue sola, más que antes, porque no sale para nada. Papá le llevó suministros hace ya más de ocho días, pero resiste bien. O eso dice. Me preocupa, pero no puedo hacer ninguna otra cosa más que eso. Supongo que por esta impotencia emocional es por la que mi psique se blinda.

Mientras tanto, hijo, tú, por favor, échanos una mano. Te queremos. Te echamos en falta. Te enviamos millones de besos. Vuela alto, cariño. Rodrigo, Rodrigoso el de los abrazos de oso. Todo sigue siendo absurdo desde que tú no estás.

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