Seguimos en crisis sanitaria

Son las ocho de un hermoso sábado otoñal. La luz empieza a abrirse camino. Querido Rodrigo, buenos y dulces días.

Hemos quedado con tu hermano para comer hoy y me pregunto cómo sería que vinieras tú también. Hace dieciséis años y siete meses que no compartimos estas acciones cotidianas. G lleva ya casi cinco viviendo independiente, ¿cuántos podrías llevar tú? ¿Cómo serían tu vida, tu pareja, tu familia, tu casa, tu trabajo, tus amigos?

Te echo en falta. Y cuando me pregunto cómo seríamos nosotros si no te hubieran arrancado de aquí, comprendo que tu muerte nos transformó. Creo que ahora nos preocupamos menos por nimiedades que, pobres de nosotros, creíamos asuntos imprescindibles. Ay, Rodrigo.

Nuestro presente sigue cargado de incertidumbres sanitarias y económicas. El asunto va para muy largo y tenemos que resistir. En la salud y en la serenidad. Te pido ayuda, como siempre. Por favor, no dejes de cuidarnos, hijo.

Gracias por hacernos guiños de esperanza en medio de todo este caos. Por esos «saludos desde el valhalla» tan frikis y emocionantes. Te queremos.

11 de octubre de 2020

Hoy vuelve a ser uno de nuestros onces, hijo.

Cuando naciste, medíamos el tiempo con el 24 de tu llegada (de aquel mayo del 83). Con veinticuatros fuimos contando tus meses de bebé tranquilo y sonriente: uno, tres, nueve, doce, dieciocho. Felices de tenerte. ¿Quién podía pensar que venías para tan poca vida? ¿Por qué nada nos hizo señas, por qué nadie te cuidó? Te fallé como madre, porque no fui capaz protegerte. Lo siento tanto, Rodrigo…

Luego fueron los años el sistema de cómputo, ay, cariño. Y contamos dos, tres, ocho, doce, dieciséis, dieciocho… Crecías. Te hacías fuerte y cada vez más listo, y siempre seguías siendo bueno. En el buen sentido machadiano de la palabra bueno. Hasta que todo se rompió, cuando apenas llevabas veinte con nosotros, y nueve meses, y catorce días.

Demasiado pronto. Demasiado injustamente te arrancaron de nuestro lado. El mundo se perdió tu sonrisa, tu voz y tu bondad. Nos quedamos con los asesinos, con el fanatismo que usa la muerte para perpetuarse y con los aprovechados sin escrúpulos que os usaron en su beneficio, político, económico o personal. Esos siempre abundan. No se ceban la Parca o la desdicha con ellos.

Ahora contamos a base de onces esta nueva vida sin ti. Dieciséis años y siete meses de ausencia inmerecida, absurda y dolorosa.

Sigue dejándonos pistas, Rodrigo. No pares de enviarlas. Todavía nos debes muchos abrazos. Y nosotros, canciones y besos y risas y bailes inventados. Necesitamos la esperanza del reencuentro.

Te queremos, hijo. Para siempre.

10 de octubre de 2020

Hola, cariño, buenos días. Tecleo unas líneas en el móvil porque es sábado, el día que siempre te escribo. Son las seis y todo está oscuro y silencioso.

Seguimos con muchos casos de coronavirus en Madrid. Después de un rifirrafe político y una indefinicion de la comunidad que avergüenzan, continúa el cierre perímetral por orden del Gobierno. Nos afecta a Getafe, Madrid y otras ocho ciudades de esta región. Papá y yo procuramos ser prudentes y solo salimos a lo necesario. No te preocupes, estamos bien.

Van alternando días de frío con otros muy agradables, así suele ser el típico otoño madrileño. Tu árbol favorito ya cambia los colores, y nos regala su gama de dorados y rojos. El tilo del jardín de al lado pronto será un clamor amarillo. El pruno mantiene las posiciones, porque no suelta las hojas hasta noviembre, la hierba se vuelve brillante y renueva su verdor. En medio de tanta belleza, pienso en ti. En lo que te gustaba el jardín. En que te echamos mucho de menos.

Anoche papá y yo quisimos ver el planeta Marte, que está, dicen los astrónomos, más cerca de lo habitual. Era un buen momento y excelente la temperatura, pero brumas y nubes nos lo taparon. O no lo supimos encontrar. Hablamos de ti. Siempre estás en nuestras conversaciones, sobre todo cuando miramos al cielo. Ojalá nos veas y sientas cuando sucede. Ojalá puedas venir a escondidillas y abrazarnos mientras dormimos.

Te queremos, Rodrigo. Ya sabes que no te olvidamos. Hasta mañana.

Otro sábado y otra modalidad de confinamiento

Buenos días, Rodrigo. Desde el primer fin de semana de octubre, te escribo. Hace frío, incluso ha nevado en la sierra, sopla un viento inclemente y necesitamos prendas de abrigo para nuestros paseos habituales. Estamos inmersos en una borrasca que señala la nueva estación. Supongo que después mejorarán algo las temperaturas, pero ya en las tonalidades del otoño. ¿Qué tal estás tú?

Aquí, en este mundo, la vida sigue, con sus ciclos climáticos, con sus poderosos canallas, con los compañeros sufridores. Es una espiral infinita de buenas y malas noticias en la que volvemos a pasar desapercibidos, al menos de momento. Siempre echándote en falta. Nuestra familia chiquita, qué poquitos somos. Sin ti.

Te sueño, te espero, te quiero vivo aunque lejano. Hijo querido, vuela alto. Pero no dejes de cuidarnos. Papá y yo seguimos de vacaciones, pero sin salir fuera. Nos basta con estar juntos y ver a tu hermano de vez en cuando.

Últimamente ha regresado la ansiedad, duermo mal y me angustian las llamadas extemporáneas. Fases de acorchamiento emocional, junto con otras de sensibilidad extrema, lo habitual, en oleadas más largas e impredecibles. Miedos latentes que se activan y soterran vaya usted a saber por qué razones. Así vivimos desde que nos dejaste tan solos y tan tristes.

Te queremos, hijo. Nunca te olvidamos. Volveremos a abrazarte.

Septiembre se acaba sin ti

No sé si puedo hablar de acostumbrarme a tu ausencia, Rodrigo, pero algo así sucede. Y se trenza, apretado, con el paso del tiempo.

Porque ya sé que no estás y no te busco, angustiada por todas partes. Ni espero oír tu voz por la casa, ni siento que pudieras estar leyendo en tu habitación.

Tampoco me acompañan ya las sensaciones de que estás a punto de regresar, de que abrirás la puerta de la calle en cualquier momento.

No te busco de lejos, no te confundo con otros jóvenes parecidos. En el fondo de mi alma sé, dolorosa y profundamente, contra toda ilusión, que no vas a volver.

Por eso te escribo.

Hubo un tiempo en que lo hacía para calmar la pena, la angustia y el llanto. Ahora tiene otra razón, hijo querido. En estos momentos, difíciles por el maldito virus y aterradores por la mala gobernanza de los politicastros, lo hago por mantener la comunicación contigo.

Perdóname por ir amándote así, que decía Pedro Salinas. Lo hago como la intuición me va indicando. Pero siempre, siempre, siempre, porque te quiero.

19 de septiembre de 2020

Llueve mucho, casi ha llegado el otoño, las noches son más largas, ¿cómo estás, hijo querido?

Papá y yo hemos intentado desconectar de la rutina y de la pandemia. Y lo conseguimos durante unos pocos días. Pero la realidad ha regresado por su cuenta. Tenemos confinamientos parciales en Madrid, en las zonas más afectadas.

Aquí no nos llegan todavía, nuestro barrio sigue medianamente bien. Lógico, porque es pequeño y está muy aislado, con mucho campo sin construir alrededor. Pero esas restricciones solo para los distritos más poblados no creo que sirvan para gran cosa. Que puedan salir para ir al trabajo y que la comunidad de Madrid no resuelva el terrible hacinamiento de los transportes no es una medida preventiva. Es más bien un insulto.

En resumen, la población que sigue yendo a trabajar masificada, pero debe confinarse en las demás actividades, seguirá transmitiendo e infectándose. Me temo que es una disposición clasista y a la vez inútil. Para contentar a los suyos, para aparentar que hacen algo, para culpabilizar a otros.

El tiempo lo dirá. Pero mientras tanto, todos los ciudadanos de esta región somos sus rehenes. Estamos inermes en las garras de unos desalmados desaprensivos, que no pararán la economía, aunque cueste vidas. El hecho es que ya dejaron morir a miles de ancianos y ni siquiera se admitió a trámite la denuncia contra esa maligna gestión. Vamos por el mismo camino de sacrificar peones. Con estas medidas, que no soliviantan a los suyos, parece que hacen algo. Y señalan culpables. Sus incondicionales no necesitan más.

Esto va para largo y se irá poniendo más difícil. Nunca pensé que podría «alegrarme» de tu ausencia, pero ahora sucede que pienso que menos mal que tú no lo sufres. Ni mis padres. Ni Elo. Ni tu tío J. Ela vive aterrorizada viendo noticias, lo único que hace, recluida en casa, sin ánimo para nada más. Ni siquiera puede acudir a consulta para revisar cómo evoluciona su brazo fracturado. Y mucho menos puede pensar en la rehabilitación que necesita. El centro de salud sigue cerrado y no conviene acudir a consultas externas al hospital.

La vida vuelve a ponerse áspera. Ay, cariño, y difícil. Vamos a buscarte. No dejes de velar por que sigamos bien el camino.

Millones de abrazos y besos, Rodrigo. Te queremos.

Nuevamente sábado

Te escribí ayer, pero no quiero dejar de ponerte unas líneas, como cada sábado. Buenos días, Rodrigo.

Poca cosa nueva tengo que contarte. Seguimos con el mismo aislamiento social, excepto pequeñas visitas de tu hermano, cada finde. Hacemos la compra una o dos veces por semana, lo habitual antes de todo este jaleo y que ahora se muestra costumbre prudente que conviene mantener.

Hemos eliminado, sin embargo, las actividades en recintos cerrados. No tengo cursos previstos para este año, excepto si son por vídeo conferencia. Es casi un confinamiento voluntario, pero teniendo la posibilidad de romperlo a ratos, con alguna visita cultural. Por supuesto con todas las cautelas que se nos ocurran.

Valoramos, también, alguna salida esporádica para ver cómo empieza el otoño por los alrededores, pensando en que es más seguro andar por parajes naturales que por la ciudad. Ahora que, por fin, baja el calor y se puede salir por ahí.

Y eso es todo. Así de simple. La pandemia nos condiciona la vida, como puedes ver.

Recordamos con cariño y emoción lo que compartimos contigo, pero Papá y yo siempre hablamos de ti en presente. Esperamos tu ayuda y consuelo ahora en el día a día. Y confiamos en que saldrás a buscarnos cuando nos llegue la hora. No dejes de hacernos señas que alimenten la esperanza del reencuentro. Porfa, hijo.

Te queremos.

11 de septiembre de 2020

Hoy es uno de nuestros onces más señalados. Por los ataques terroristas que precedieron a los nuestros. Porque marca medio año más, cada vez, en el cómputo terrible de tu ausencia.

Dieciséis años y seis meses. A partir de esta fecha inicio el descuento que me acerca a marzo. Al próximo diecisiete. Ay, hijo, demasiado tiempo sin ti. Para siempre sin ti. El resto de nuestras vidas, marcadas por tu muerte, viviendo en la extrañeza del vacío que dejaste.

Con mi jubilación y con la covid, nuestras existencias han dado un nuevo quiebro. Estamos más aislados, más ajenos, en rutinas nebulosas de precauciones. Y esa nueva ruptura también te aleja a ti, porque desdibuja los recuerdos de la cotidianidad a la que estaban ligados.

Pero no te preocupes, Rodrigo. Esperamos que estés bien. Y seguimos viviendo contigo en el corazón ♥. Vamos a buscarte, ya sabes. Nunca dejes de señalarnos el camino.

Besos, besos, abrazos y risas. Siempre cuatro: Papá, G, tú y yo.

Ha llegado septiembre

Sí, ya estamos en septiembre y hay indicios del otoño en cada rincón. Las noches se han hecho más largas y frescas, tu árbol favorito tiene ya algunas hojas amarillas y la ciudad está recobrando su ritmo cotidiano.

Te escribo en el silencio de las ventanas cerradas y la oscuridad de las seis. Como cada sábado pienso en ti mientras tecleo. Hoy comemos con tu hermano y su mujer. Vienen a casa a pasar unas horas con nosotros. He preparado su plato favorito porque fue su cumpleaños hace poco. Como siempre. Aunque ya nos vimos por entonces en su casa y lo celebramos juntos, recupero con nostalgia aquella costumbre cumpleañosa nuestra. Intento recordar qué pedías tú y no me acuerdo. Me llegan ideas vagas de pasta y comida italiana. Y me pone muy triste, Rodrigo, constatar cuánto se me diluye la memoria.

Luego me digo que no debo aferrarme al pasado, porque es engañoso y no estás allí. Te añoro, hijo, pero te prefiero cerca, acompañando mis pasos en el presente, a tu modo sutil. Cuida de tu hermano, de papá, de B y de esta madre tuya que te echa tanto de menos.

Hace un año exacto que me jubilé. Quiero creer que sigues estando a mi lado en esta nueva etapa vital. A veces muy lejos, pero conmigo. Llevo un tiempo de fase roma, pero no me dejo intimidar. Gracias por cuidarnos, cariño. Tú vuela alto. Y échanos una miradita cada vez que puedas.

Te queremos, Rodrigo. Muchos besos y abrazos de oso, libros, pelis, canciones, juegos, viajes, series, disfraces y risas. Hasta pronto.

Último sábado de agosto de 2020

Hola, hijo, buenos días. Hoy te escribo muy temprano, porque me he despertado de madrugada. Son apenas las cinco y media.

La temperatura ha bajado diez grados, entra un aire muy frío por la ventana. Me desazona una sirena que suena un ratito, a lo lejos, no sé si es una ambulancia, posiblemente sean los bomberos. Pero enseguida desaparece y regresa la calma. Se acaba el verano y nosotros seguimos bastante aislados, saliendo poco, apenas a dar un paseo cada tarde y a los imprescindibles.

En noches como esta echo la vista atrás y encuentro que el tiempo pasado me impacta. 29 años llevamos en esta casa, 16, la mitad de ellos, sin ti, Rodrigo. Y siempre añoro tu presencia. Y me duele tu muerte prematura e injusta.

Recuerdo aquellas fechas de finales de agosto de 1991, que fue cuando vinimos aquí. Solo se había instalado un vecino. Y tu hermano terminó de aprender a montar en bici sin ruedines, arriba y abajo, aprovechando que teníamos nuestra corta calle fondo de saco vacía de coches y a nuestra total disposición.

Papá y yo habíamos dejado el barrio de nuestra juventud y la cercanía de la familia. Vosotros habíais dicho adiós al colegio y a los primeros amigos. Nos vinimos a un lugar desconocido, pero por fin nuestro. Y que nos ilusionaba. Ay, hijo. Qué maldito destino a la vuelta de unos pocos años te estaba aguardando…

No me hago mala sangre al respecto. Sabemos lo que ocurrió, pero no lo que nunca llegó a suceder y que podría habernos afectado en otras circunstancias. Vivir casi veintiún años contigo fue una suerte y un honor, Rodrigo. Nunca renunciaremos a ti.

Desde esta casita que amaste, que nos arropó entonces y todavía es nuestro refugio, te escribo, hijo. Papá y yo siempre hablamos de ti y mantenemos la esperanza del reencuentro. ¿Llegarás entonces a reconocer a estos ancianos padres que te echan en falta y te quieren?

No te olvidamos. Haznos señas, sobre todo cuando perdemos el rumbo. Cuida de tu hermano. Y no dejes de sonreír. Pensarte sonriendo es el mejor antídoto para la pena.

Millones de abrazos, series, libros, bailes y juegos. Ven a vernos en sueños, anda, porfa. Con todo nuestro cariño: Papá y Mamá.