Seguimos nevados

Hola, cariño, buenos días. Redacto estas líneas tecleando en el móvil, arropada con los edredones, porque fuera las temperaturas bajo cero hacen inhóspito cualquier rincón de la casa.

Papá y tu hermano teletrabajan, B tuvo que quedarse en casa el lunes y su jefe pasó a buscarla un par de días, hasta que pudo liberar el coche, a base de mucha pala. Hace un frío polar, de muchos grados bajo cero cada noche. Lo nunca visto.

Pienso en ti. Para no perderte el contacto. Te escribo, por esa misma razón, como todos los sábados por la mañana. Te echo de menos. Ojalá anduvieras por aquí. Me gustaría saber de ti y de tus cosas, leer tus mensajes, oír tus aventuras, compartir esos pequeños detalles, como hacemos con tu hermano. Ay, cielo, qué pocos somos sin ti.

No te olvidamos, Rodrigo. Nunca. Besos mil. Te queremos.

Nuestros onces

Dos meses quedan para el nuevo aniversario. A las puertas de diecisiete años sin ti, me invaden sensaciones de incredulidad y de impotencia. ¿Cómo es posible que no estés, que desaparecieras de improviso? ¿Cómo hemos podido seguir sin ti?

Todavía me lo pregunto. Aún te echo en falta cada mañana, cada vez que sucede algo especial y no te tengo cerca para compartírtelo.

Hijo querido, no te olvidamos. Te queremos para siempre. Espéranos.

Sábado de nevada gigantesca

Buenos días, Rodrigo. Son las 6:41 y estamos aislados en casa por una borrasca glacial. No había visto nunca nada como esto. Lleva tres días nevando de continuo, y todo está tapizado de blanco y cargadísimo de nieve.

Los tejados han redondeado sus formas y las terrazas, incluso, se han desbordado por todas partes. Hay nieve pegada a las paredes y las barandillas, las ramas de los árboles se curvan por su peso, y las rejas de las ventanas acumulan tanta, que impiden la visión.

Sigue nevando. Lo hará también todo el día de hoy, dicen las previsiones. Los coches de la calle están totalmente tapados y no podriamos salir de casa sin usar una pala. Aunque no serviría de mucho, porque la calle está del todo intransitable. Las recomendaciones son que evitemos salir a toda costa.

Pienso en ti. En las veces que disfrutamos juntos jugando con la nieve, no muchas, durante los poco más de veinte años que nos acompañaste. En tu «No me habías dicho nunca que la nieve era tan divertida» que dijiste con cuatro o cinco años. En el gorro a rayas rojas y blancas de tu disfraz de Buscando a Wally que te pusiste durante la primera nevada vivida en esta casa. En las peleas de bolazos y en cuánto nos reímos los cuatro cada vez que nos tocó la suerte de una nevadona.

La verdad es que ninguna ha sido como esta. Desde luego yo no recuerdo cosa ni remotamente parecida en mis ya sesenta y un años. Y me pregunto, como siempre, qué harías si estuvieras aquí. Supongo que algo parecido a tu hermano, que nos mandó un vídeo de lo que veía desde su casa, y con el que intercambiamos fotos de lo que veíamos nosotros aquí. Ay, hijo querido, hoy también te echo de menos.

Te envío señales amorosas, cariño. Nieve y hermosura. Abrazos, besos, risas y emoción, juegos, tarta de manzana, libros y nostalgia de tu compañía. No te olvidamos, Rodrigo. Hasta prontito, pásate por esta casita tuya, nuestra. No dejes de velar por nosotros. Te queremos.

2021

Estrenamos nuevo año. Aunque seguimos inmersos en la pandemia, queremos creer que será un tiempo nuevo, que hay esperanza. Buenos días, hijo querido, hoy te escribo desde esa actitud.

Ya sabes que la Nochevieja no nos ha motivado nunca, pero, como siempre, la celebramos con tu hermano. Tuvimos una noche de mariscos y de risas. Desde entonces queremos creer que todo será más fácil y mejor, simplemente porque cambiar de año ayuda a proponer nuevas metas. Nos esperan todavía meses difíciles, quizás para el verano podamos volver a una normalidad verdadera. Esa vez, por fin, sí. Con las vacunas ya actuando. Resistimos.

La irrealidad aumenta cuando se rompen las rutinas. A ver si pronto podemos volver a nuestros ritmos habituales. Cuida los pasos que damos, Rodrigo, por favor. Anda, cariño.

Te queremos. Ojalá estuvieras aquí y pudieses compartir tus sueños y experiencias con nosotros. Te echamos siempre mucho en falta. Abrazos de oso de todos nosotros. Hasta pronto, Rodrigo, cielo. Ven a vernos en nuestros sueños.

Último sábado de 2020

Hola, cariño, buenos días invernales. Te escribo como todos los sábados, aunque hoy sentimos, además, la resaca emocional de la cena del 24 con G y la comida del 25, a la que se nos unió B. La emoción predominante sigue siendo la extrañeza.

Estamos bien. Con ventanas entreabiertas y mascarillas. Cumpliendo todos los estándares de seguridad, para poder acercarnos a Ela el día de su cumpleaños con todo bien hecho. Ay, pobre, ella también debe de sentirse muy rara.

Nos faltas tú. Siempre. En lo cotidiano y en lo especial. Ojalá pudiéramos compartir contigo estas fechas. Diecisiete llevamos ya sin ti. Nos acompaste veintiuna navidades, quién iba a pensar que serían tan pocas. Y qué cerca estamos ya de doblar los tiempos, de que se igualen los de tu vida y los de la añoranza de tu compañía.

Tecleo en la oscuridad de las 6:45, preguntándome si el día estará nublado, como el de anteayer, o si podremos disfrutar del sol, como ayer mismo. Te pienso, Rodrigo. Te mando saludos, canciones, juegos y libros, películas y series, abrazos de oso y muchos besos. Vuela alto, hijo. No te olvidamos. Te esperamos aquí, en nuestra casa. Hasta prontito. Te queremos.

Nochebuena 2020

Hemos tenido navidades de todo tipo, hemos llorado mucho algunas de ellas, especialmente las más cercanas a tu muerte injusta. Esta vez lo que más nos impacta es la extrañeza. Todo es demasiado raro, ajeno, inverosímil.

Los tres, papá, tu hermano y yo. A eso se reduce nuestra familia y las fiestas de este año. Con alguna aparición esporádica de B.

Son las cinco y media, me he despertado demasiado pronto. Esta noche estaré cansada. Cenaremos los tres marisco, cordero asado y pasteles caseros. Mañana, una comida sencilla, de poco tiempo y ventanas abiertas. Planes simples, mascarillas y distancia.

Pienso en ti. Te mando millones de abrazos y besos. Aquí está tu silla vacía. No dejes de venir, ni de cuidarnos, como hasta ahora, porfa, cariño. Te queremos. ¡Feliz Navidad, hijo!

19 de diciembre de 2020

Buenos días, Rodrigo. Qué cerquita están ya las fiestas navideñas y qué extrañas resultan en este contexto de coronavirus y restricciones.

Desde que faltas tú todo se ha teñido de inconsistencia, pero parecíamos ir recobrando cierta normalidad con el paso del tiempo. Intentábamos que nos arropara la rutina amable de lo cotidiano, y mucho más en estas fechas, cuando las sillas vacías, la tuya especialmente, duelen tanto. Este 2020, en que toda la humanidad está de luto, se multiplica la pena. Y el miedo.

Este año, la alegría impostada no funciona. Hasta los del turrón que vuelve por Navidad han decidido que no es de buen gusto repetir el estribillo que nos ha acompañado durante décadas. Porque son miles los que no podrán hacerlo.

Papá y yo seguimos bien. Vemos a tu hermano una vez a la semana, y con mascarilla siempre. Cenaremos con él la Nochebuena. Y quizá se nos sume B a comer el día de Navidad. Si estuvieras, ¿podríamos vernos? ¿Cómo nos afectarían las restricciones? Solo puedo imaginarte, hijo. Ojalá te acerques a casa, ojalá visites nuestras humildes celebraciones. Y nuestros sueños.

Te queremos mucho, hijo, Rodrigo, Rodrigoso, de los abrazos de oso. Te esperamos.

11 de diciembre de 2020

En nuestros onces, Rodrigo, siempre pienso en ti. Aunque sean ya demasiados. Aunque vayamos acercándonos inexorablemente a diecisiete años de ausencia.

Si estuvieras, ay… Siempre me pregunto qué dirías o harías. Si aún vivieses entre nosotros, nada sería igual. Ojalá, cariño. Pero hace demasiados onces que no estás.

Espero volver a abrazarte. Mucho llevo ansiándolo. Me acompañan siempre la duda y la esperanza, una a cada lado, tan contrarias como hirientes. Manda señales cuando puedas, porfa. No dejes de volar, sé feliz y espéranos.

Te mandamos cariños, sirtakis, pelis, juegos, canciones y libros. Tenemos para ti millones de abrazos, risas y besos. Nunca dejamos de añorarte. Papá, G y yo te queremos. No te olvidamos. Siempre cuatro.

Puente de la Constitución y la Inmaculada 2020

Con esta imagen que tanto se te parece, abrazo al niño que fuiste y que tanto añoro

Hola, cariño. Aquí te escribo, de nuevo. Son las seis y media de un sábado gélido y despejado. Los árboles han soltado ya todas sus hojas y el invierno está a la vuelta de la esquina.

Hemos tenido una semana atareada y estresante, de muchas gestiones. Nada particularmente complicado, aunque sí de ciertas incomodidades. Seguimos muy aisladitos y bien. Tu tía N un poco molida, me acabo de enterar, pero ya recuperándose.

El puente va a ser raro, como lo está siendo todo el 2020. No se puede salir de la comunidad de Madrid, pero hay gente por todas partes, con ganas de fiesta, llenando las calles. Anoche, por ejemplo, en un asunto improrrogable, nos sorprendió ver tanta multitud. Había largas colas, por ejemplo, para sentarse a tomar algo en las terrazas de Callao. A pesar del frío. Sin distancias de seguridad. La pandemia cansa y la responsabilidad social se debilita. Pero no te preocupes, nosotros somos discretos y prudentes.

Gracias por las ayudas, los guiños, los regalos sutiles que nos haces llegar de mil modos. Avivan la llamita de la esperanza y de la serenidad. Gracias por el joven que llamó a nuestra puerta y que se identificó con un «Hola, soy Rodrigo» que me emocionó. Era un sufrido comercial, de los de puerta a puerta, no nos interesaba lo que ofrecía, ni se enteró de que su nombre me hizo pensar en ti. Pero fue una casualidad hermosa.

Te queremos mucho, hijo. Vamos en tu busca. Espéranos.

Se acaba noviembre

Otra vez sábado, de nuevo te escribo. Hola, hijo, buenos días, desde nuestra casita, en una mañana de frío, nubes y lluvia.

Siento que estás muy lejos y muy silencioso, que hace mucho que no sabemos nada de ti, que dieciseis años y medio de ausencia es demasiado tiempo y muy poco a la vez. Y todavía me duelen tu cuarto vacío, la ropa y los libros de tu armario y la herida de tu muerte, repentina e injusta, en el corazón. Porque ahí sigue, abierta, por el bebé, el niño, el chaval, el joven, el hombre que fuiste y que no dejaron vivir.

Hace un año de la muerte de tu tío J. Pronto será Navidad y no vamos a poder reunirnos. La misma Ela lo prefiere. Así que todo es muy raro este 2020.

En medio de tanto extrañamiento, sigo pensando en ti. Sigo escribiéndote y cuidando este hilo sutil que nos une y que nació el mismo día en que te supe de tu existencia. Al principio era tan leve y apenas probable como ahora, pero llegó a ser firme y total cuando te tuve entre mis brazos, unos meses después. A esa experiencia me aferro. Ay, Rodrigo. Espero, como entonces, un nuevo reencuentro.

Haznos señas. Visita nuestros sueños. Cuida de todos y cada uno de nosotros, por favor, cariño. Para que nos alcance la esperanza. Y para que encontremos el camino que lleva hasta ti.

Con besos, sirtakis, juegos, canciones y libros, te mando millones de abrazos. Te queremos.