Nuevas sensaciones 

Buenos días muy atareados, Rodrigo. Entre exámenes, obras, relatos, tareas domésticas, alergia y calor primaverales pienso en ti.

Desde que escribí tu historia siento que todo está cumplido. Es una tranquilidad diferente, que te aleja de este mundo y a la vez nos arropa con mucho cariño. Tanto que me hace llorar.

Te queremos, hijo. Vamos hacia ti. Espéranos.

8 de abril 

Doce años sin mi madre y trece desde tu visita maravillosa. Estamos en una fecha más que simbólica y vosotros os hacéis notar, pues desde el jueves tu hermano tiene ya su casita.

Volverá cerca de nosotros en cuanto la arreglen un poco y eso nos ha llenado de emociones. Anda muy estresado, trabajando jornada y media, desde las siete que sale de casa, hasta las nueve que regresa. Es como una compensación cósmica por el tiempo en que no tenía nada, pero también agotadora.

Entre nuevas gymkanas vitales, Rodrigo, te mando todo nuestro amor. No dejes de pasarte por aquí, hijo. Te queremos.

Inconsistencia 

Te llamo y te pienso esta nueva mañana de sábado, Rodrigo. Entre mil obligaciones hago un espacio para ti. La vida me arrastra y estas letras me ayudan a no perder el norte.

Te llamo, sí. No dejes de inspirarme, hijo. Ni de hacernos señales de por dónde seguir. Cada día me pierdo al menos en un vericueto, gracias por  tus ayudas continuas. A pesar de que el tiempo lava tu presencia, o, mejor, su sensación mágica, siempre estás.

Te echamos de menos. Qué vacío terrible dejaste, cariño. Pero el amor sigue reuniendo nuestros mundos.

Camino de la normalidad

De pronto el jueves comenzó a nevar y era emocionante porque no lo hacía desde 2009. Eran las dos cuando empezó, y en poco tiempo todo se volvió hermosamente blanco. Caían copos enormes, como plumas de pájaro, de esos que vuelan, planean y tardan en posarse. Un espectáculo hermosísimo que duró apenas cuarenta minutos, qué lástima. Cuajó enseguida, aun encima del suelo mojado por las lluvias previas, pero se disipó también muy pronto. Todo el tiempo pensaba en ti, Rodrigo.

Siento la nieve un regalo que señala tu compañía, eso y el panfleto de una tienda de miniaturas que apareció en la luna de mi coche ayer por la mañana. Andas lejos porque ya no eres de este mundo, el cansancio y las mil ocupaciones nos despistan de tu estela. Pero tú estás siempre con nosotros, finalmente lo comprendo. Muchas gracias.

Una semana más tarde

Después de trece años escribiéndote, Rodrigo, sé que tras cada aniversario llega la calma de la mano de los renaceres primaverales.

Sigo contigo, corrigiendo y revisando mis letras sobre ti y nuestra tragedia. Tú nos envías señales cada vez más difusas, y sin embargo te siento. Lejano, pero amoroso. Y comprendo que esto es lo que tiene que ser. Y a veces hasta me conformo.

Pero sólo una fracción de segundo. Para luego repetirte: no dejes de marcarnos el sendero, hijo.

Nuevo once de marzo, trece años sin ti

Rodrigo, cariño,
no quiero pensar en ti en este nuevo once de marzo.
Yo prefiero recordarte riendo,
leyendo,
jugando,
contándome mil cosas,
pero no así.

Los prunos te hacen señas
con esas flores rosas que tanto te gustaban.
Han pasado millones de horas,
de días, de sueños,
y tú sigues sin volver.

Retengo las lágrimas y te cuento
que te quiero tanto como antes,
como luego, como siempre. Y que nunca
voy a dejar de esperarte.
Aquí estoy, no me olvides.

La casa
se ha vuelto silenciosa
pues ni tú ni tu hermano estáis ya aquí.
Pero te juro mil veces, hijo,
que estamos bien,
y que hasta a veces
surgen ratos de felicidad.

Vamos en tu busca, cielo,
y nos acompañamos en este camino
que tú nos vas marcando.
No dejes de enviarnos
brújulas y mapas.

Volveremos a abrazarnos.