
Hoy va lenta la conexión, o el PC, que ya es viejito, o esta pobre bitácora en la que te escribo y ojalá leas, Rodrigo. Son ya las once de la mañana y estoy en nuestra buhardilla tecleando estas pobres líneas y echándote en falta. Quizá parezca mentira visto desde fuera, pero veinte años y tres meses después de tu muerte aún me asaltan de forma inesperada la rabia, la pena, la angustia y el desánimo.
Me suceden cosas que quizá los ajenos consideren de suerte más que estupenda: publico libros, hago presentaciones, voy a certámenes, firmo en ferias… Todo en un nivel muy discreto y sencillito, de liga regional, de andar por casa. No me he convertido en la Allende, ni se me ha subido el pavo. Porque tu ausencia me mantiene los pies anclados a la cruda realidad de que no somos gran cosa. Y nada del mundo me salva de tu ausencia.
Ni un miligramo de vanidad. No me creo ni un segundo de gloria. Agradezco las oportunidades y sigo avanzando. Porque voy con Papá y tu hermano. Porque voy hacia ti.
Te sigo echando mucho de menos, hijo.









