11 de abril de 2021

Te escribí ayer y no sé si tengo mucho nuevo para hoy. Solo que estoy aquí como todos los días 11, porque vuelve a ser un once de los nuestros.

Diecisiete años y un mes llevo contándolos. Es ya una ausencia tan larga como una condena. Casi dobla la edad con la que te fuiste. Y la de tus amigos, tu hermano, tus compañeros, que todavía piensan en ti y te recuerdan con nostalgia y dolor.

Noto la tristeza pegada a la piel estos últimos meses, desde la muerte de vuestro compañero JCC. Ojalá estéis juntos, jugando a pilotar naves espaciales, o a ser personajes épicos del Señor de los Anillos. Ninguno de los dos teníais que haberos ido tan pronto. Esta segunda partida inesperada ha vuelto a hacer daño a toda la pandilla, aunque estuviera ya medio disuelta.

Ay, Rodrigo, cómo no sentirse concernidos, cómo no pensar en vosotros, en ti. Te sigo echando de menos muchísimo. Además estoy perdiendo fuerzas y esperanza, mira a ver si me puedes ayudar un poquitito.

Son las dos y cuarto de una noche de insomnio. Intentaré dormir. Pero antes aprovecho y te mando millones de abrazos y cariños. Ven a visitarme, anda, hijo. Porfa, pásate por el mundo intermedio de los sueños. Allá te espero.

Mediados de abril

Hola, cariño, buenos días. Son las siete de un nuevo sábado, ¿cómo estás?

Poco nuevo puedo contarte. Vivimos en la cotidianidad sencilla de la que siempre te hablo. Y que siga así, por favor. Lo único reseñable es que estoy revisando la segunda maqueta de mi novela, que espero que salga ya en mayo. Así que, para entonces, habrá nuevas noticias que rompan esta rutina, de la que no me quejo si es para bien.

Vivimos el presente, día a día, muy solitarios, viendo a poquísima gente. Ni a G y B. Os echo de menos.

Ojalá anduvieras por la casa, como antes. Por el barrio, como tu hermano. Pero ya que estás en otra dimensión y puede que tengas alguna influencia más que aquí, Rodrigo, échanos una mano. Cuídanos, anda, hijo. Ayúdanos a seguir resistiendo.

Miles de besos, abrazos y libros. Canciones, juegos y risas. Te queremos.

Dieciséis años sin mi madre

Fecha importante, este 8 de abril, por ti Rodrigo, por mi madre, y por Josefina, la de Juancar, vuestro amigo. Los cuatro estáis juntos ya ahí.

Me rondan la tristeza y el desánimo, pero siento vuestras señales sutiles, levisimas y reconfortantes a la vez. Gracias por el empujoncito de esperanza.

Sábado Santo 2021

Hola, cariño, buenos días. Aquí estamos otra vez, haciendo la llamada de contacto semanal, porque eso es esta costumbre de escribirte cada sábado.

Estos últimos días llueve, aunque la primavera avanza en hermosura, y sigue nuestro aislamiento. Vivimos muy solitarios, a la espera de que nos llamen para recibir la vacuna contra la COVID-19.

Nos queda un buen trecho para conseguirlo, aquí, en Madrid. Los amigos asturianos, en condiciones similares, ya tienen la primera dosis puesta, pero en esta Comunidad autónoma las cosas llevan otro ritmo y mucha peor gestión. Al menos tu Ela, a sus 88, está ya vacunadísima. Esa suerte tenemos, porque otros de su edad todavía andan esperando, los pobres.

Poco más te puedo decir. Reviso galeradas, escribo, leo, charlo con Papá, vemos series o jugamos con el PC, ya sabes, cosas sencillas. A veces es un poco frustrante estar tan solateras, pero es lo que manda la prudencia en estos tiempos extraños.

A G y B apenas los vemos, por prudencia elemental; sin embargo, nos hablamos a menudo por teléfono. Pienso en ti. Te echo en falta. Quisiera tenerte cerca. Añoro tu voz, tu risa y tu amorosa compañía. Mándanos señales, hijo. Y lucidez. Y paciencia. Por favor, Rodrigo, envíanos grandes dosis de iluminación para saber desenvolvernos en cada circunstancia.

Espero tu abrazo virtual, que nos cuides y ampares, que salgas a esperarnos. Nosotros vamos en tu busca. Y te queremos.

Último sábado de marzo

Por fin se acaba este mes fatídico. A nosotros tampoco nos fueron propicios los idus de marzo, ¿verdad cariño? Hola, Rodrigo, buenos días.

Nada nuevo vivimos bajo el sol. Continuamos en la misma sencillez, en una monotonía simple y buena. No queremos más sobresaltos. Que todo siga así, por favor, anodino y suave. Sin sustos. El miedo anticipatorio ya lo sufrimos por nuestra cuenta. No hace falta corroborarlo.

Esta primavera, después de la gran nevada, va más lentamente que otros marzos. Aunque llega tan hermosa como siempre. Las camelias están exuberantes, el césped verdea con mucho ánimo, la yedra rebrota y brilla, con sus dos colores varigatos. El lyquidambar ya apunta hojitas nuevas, pero los otros tres árboles del jardín grande aún están desnudos, porque fueron podados rudamente tras el paso de Filomena.

Salimos poco, a lo imprescindible, y a dar breves paseos. Escribo mi tercer proyecto, sigo los avances de la publicación del primero, y pronto le buscaré acomodo al segundo, que todavía está varado y en espera.

Desde tu estrella luminosa, hijo querido, haz sonar las campanitas de tu risa. Cuida nuestros pasos, visita nuestros sueños, inspira nuestros pensamientos. No te olvidamos. Muchos besos.

Marzo siempre duele

Hola, hijo, otra semana más sin ti, otra semana de pandemia, restricciones, confinamiento, mascarillas y extrañeza vital. Al menos, consuelo ínfimo, tú no tienes que soportar todas estas cosas.

La vida sigue, nos arrolla con su ritmo desenfrenado. Le da igual que no estés, que nos duela el espacio vacío que dejaste a nuestro alrededor. Papá y yo hacemos camino juntos, vamos a buscarte, como te escribió el día fatídico, como titulamos tu libro. Y esa es nuestra realidad. Sea cual sea el tiempo que nos quede aquí.

Fue hermoso compartir casi veintiún años contigo. Es un tesoro que solo nos podrá arrancar la demencia, ojalá nunca llegue. Y mientras tanto, seguimos los tres, contigo en el corazón. Ojalá haya pronto unos peques con los que compartir tu recuerdo y a los que dedicar cariños. Ojalá tú puedas vernos y ayudarnos desde donde estás. Te esperamos.

Te mando flores rosas y hojas rojas del pruno, hierba y yedras reverdecidas, los primeros brotes del lyquidambar y las nuevas plantitas del macetón. También, las flores espectaculares de las camelias de la entrada, a punto de abrirse.

Y besos, abrazos, bromas, canciones, novelas, series y pasos de baile. Todo contigo. Te queremos.

Hay resaca emocional siempre

Te escribo como todos los sábados, aunque este no lo sea, Rodrigo. Es que la coincidencia de fechas nos hace revivir los traumáticos sucesos de 2004. Intento no pensarlo, pero el subconsciente le da vueltas, y en sueños vuelven las imágenes y las sensaciones: cómo te perdimos y buscamos el jueves 11, desesperadamente; la angustia indescriptible del viernes 12, cuando te hallamos en la morgue y nos mandaron a casa, a esperar el velatorio; y el desconcierto del sábado 13, en que, como en una pesadilla, tuvimos que velarte y pedir tu incineración. Tres días terribles que dieron paso a otros muchos meses, y años, de duelo y tristeza.

No quiero dejarme afectar por ello, sin embargo. Prefiero fijarme en la belleza primaveral que nos rodea y que anuncia siempre un renacer esperanzado.

Este año, tu pruno ha tenido una floración tan abundante, que los pétalos (que va perdiendo ahora) cubren todo el suelo de la entrada. Parecen nieve rosa, que el viento mueve, esparce y desordena. Sobrepasan los límites de nuestro pobre hogar, se extienden calle abajo o tapizan de colores las lunas del coche que aparcamos siempre a su sombra.

La pequeña camelia blanca luce una primera flor bellísima, y está anunciando unas pocas más. Y la roja, grandiflora, hipercargada de las suyas, pronto será un clamoroso reclamo carmín y verde.

Elijo quedarme con este derroche de hermosura. Con la esperanza de volvernos a encontrar. Con aquella energía, optimista y juvenil, que siempre te ha definido.

Miles de abrazos de oso. Te esperamos en casa. Te queremos.

11 de marzo de 2021

Hola, Rodrigo. Son las 7:00, la misma hora en que te sentí salir de casa un jueves como hoy, hace diecisiete años. Cómo podía yo pensar que nunca regresarías. Oí que cerrabas la puerta suavecito, para no despertarnos. Y nos dejaste solos para siempre.

En medio de varias tormentas políticas y mediáticas, el recuerdo social de lo sucedido «hace ya tantos años» se diluye. En 2020, por la pandemia. Este 2021, por múltiples mociones de censura y la convocatoria inesperada de elecciones en nuestra comunidad autónoma. Y sucede lo acostumbrado: que la urgencia informativa se lo lleva todo por delante.

Pero G, Papá y yo, lo sabes bien, no necesitamos ruido periodístico para recordarte. El plan era acudir juntos a los actos de Atocha, como llevamos haciendo todos estos años. Con la reducción de aforos por la COVID-19, temíamos no tener sitio, pero estas nuevas circunstancias evitarán que se acerquen multitudes. Así que estaremos solo los amigos. Para nosotros, fenomenal.

Después, como es ya costumbre, pondremos flores en tu lápida, y hablaremos de ti, y pasaremos juntos, los tres, este aniversario. Como otras veces. Como hacemos siempre. Porque es nuestra manera de sobrevivir tu ausencia injusta. Porque solo unidos somos capaces de soportarla.

No te olvidamos. Cuida nuestro camino, por favor. Porque solo siguiendo tu estela, llegaremos de nuevo a abrazarnos los cuatro, como antes. Te envío flores del pruno, besos, risas, libros, juegos, bailes, pelis y series, canciones, versos, chascarrillos y bromas: las cosas sencillas que podíamos estar compartiendo ahora. Si estuvieras aquí. Si estuvieras…

Te queremos, Rodrigo. Espéranos.

El fin de semana previo

Todavía recuerdo lo que hicimos aquel finde como el de hoy hace diecisiete años. Cosas sencillas y normales que intenté grabar en la memoria cuando te nos robaron. Porque las necesitaba para que te quedases un poco más con nosotros. Porque parecía imposible que hubiera sucedido tu ausencia, cuando nada había sido diferente, nada había anunciado el desastre.

Vuelven a coincidir las fechas exactas, en este 2021 el día 11 también es jueves.

Aún recuerdo que llevaste flores y bombones a tu chica, que tuvimos una comida familiar y un cumpleaños, que el pruno de la entrada había florecido y señalaba desde lejos dónde estaba nuestra casa. Que te parecía precioso. Que fue lo último que viste aquella mañana fatídica cuatro días después.

Y ya no sé cómo escribirte, Rodrigo, si no es echándote de menos y con lágrimas en los ojos. Cómo seguir viviendo sin ti, si no es esperando volver a encontrarte.

Te quiero, hijo. Nunca dejaré de quererte. Aquí vivo con Papá y tu hermano, pero no renuncio a ti. Llegaré hasta donde estás. Por favor, cariño, dime cómo alcanzarte. Necesitaré un mapa, hitos o señales. No dejes de mandarlas.

Abrazos de oso. Con todo mi amor: Mamá.

27 de febrero de 2021

Hola, Rodrigo, hijo muy añorado y querido. Anoto estas líneas de madrugada, tempranísimo. El pruno de nuestro jardín está a punto de florecer. Ayer ya tenía algunas pinceladas rosas, seguramente hoy sea el día de la gran explosión de color. Pero no sé todavía. Aún está oscuro. Mirarlo será lo primero que haga hoy. Y lo haré pensando en ti.

La vida monótona continúa, y ya sabes que Papá y yo no nos quejamos de ella, que la preferimos así, simplona, sin más sustos. Tras casi un año de pandemia, la luz de las vacunas brilla al final del túnel. Por fin han citado a Ela, para la próxima semana, que ya era hora, a sus 88 años.

Y leo en el grupo de WhatsApp del trabajo que también están llamando a algunos profes. No se conocen los criterios, excepto que serán los nacidos después de 1966, por cierto. Los mayores aún tienen que esperar por una vacuna más probada en esa edad, manda narices porque seguirán expuestos. Pero incluso entre los que cumplen esa premisa, nadie sabe por qué unos son llamados y otros no, qué o quién decide si van a sus centros de salud o al carísimo hospital de pandemias, medio inútil, que así busca hacerse notar.

Ciertos profesionales, entonces, van con los mayores de ochenta. Después será el turno de los de setenta. Y más tarde iremos los sesentones, como Papá y yo. Tal vez estemos ya vacunados para las fechas veraniegas. No sé. No queremos hacer cábalas inútiles.

Aquí nos tienes, cariño, voluntariamente confinados. Como hace la gente sensata, que, menos mal, es la mayoría. No son buenos tiempos, pero ojalá estuvieras aquí. Diecisiete años de ausencia son un exceso. Cómo es que todavía no has regresado, hijo, si aún te estamos esperando.

Te queremos mucho, Rodrigo. Te queremos. Te queremos.