
Hola, cariño, buenos días. Te escribo deprisa, porque no me alcanza el tiempo. Pero te escribo. Porque te quiero, porque te echo en falta y porque me niego a dejar de pensarte, hijo.
Ya es primavera y los prunos perdieron sus dulces y delicadas florecitas. Con lo que te gustaban, jo. Este año tocaba poda fuerte, así que han salido muy pocas. Ahora mismo la vista del jardín desde tu ventana solo muestra el verdor de la yedra y las ramas duramente recortadas. Si estuvieses aquí, te reirías. Pero es que no estás. Y yo solo puedo imaginarlo, entre la dulzura de recordarte y la pena de no tenerte cerca, ay, Rodrigo.
Siguiendo con el reporte jardineril, te cuento que tampoco han brotado aún las camelias, no sé por qué. Ha llovido mucho este invierno, quizás sea por eso. Hace veintidós años florecieron por primera vez, justo al poco de tu marcha injusta, así que tú nunca llegaste a conocerlas. Te habrían gustado. Me atrevo a pensar que te gustan ahora, dondequiera que estés.
Y poco más puedo escribirte, hijo. Nosotros tres estamos deseando que lleguen las vacaciones, porque necesitamos descansar. Sería estupendo que te vinieras con nosotros. Ojalá fuese posible. Y por qué no, me digo, medio triste, medio ilusionada.
Sí, Rodrigo, ven a casa, porfa. Y te damos mil abrazos. ¿Lo harás?


















