21 de marzo, ¿primavera?

Hola, cariño, buenos días. Te escribo deprisa, porque no me alcanza el tiempo. Pero te escribo. Porque te quiero, porque te echo en falta y porque me niego a dejar de pensarte, hijo.

Ya es primavera y los prunos perdieron sus dulces y delicadas florecitas. Con lo que te gustaban, jo. Este año tocaba poda fuerte, así que han salido muy pocas. Ahora mismo la vista del jardín desde tu ventana solo muestra el verdor de la yedra y las ramas duramente recortadas. Si estuvieses aquí, te reirías. Pero es que no estás. Y yo solo puedo imaginarlo, entre la dulzura de recordarte y la pena de no tenerte cerca, ay, Rodrigo.

Siguiendo con el reporte jardineril, te cuento que tampoco han brotado aún las camelias, no sé por qué. Ha llovido mucho este invierno, quizás sea por eso. Hace veintidós años florecieron por primera vez, justo al poco de tu marcha injusta, así que tú nunca llegaste a conocerlas. Te habrían gustado. Me atrevo a pensar que te gustan ahora, dondequiera que estés.

Y poco más puedo escribirte, hijo. Nosotros tres estamos deseando que lleguen las vacaciones, porque necesitamos descansar. Sería estupendo que te vinieras con nosotros. Ojalá fuese posible. Y por qué no, me digo, medio triste, medio ilusionada.

Sí, Rodrigo, ven a casa, porfa. Y te damos mil abrazos. ¿Lo harás?

El fin de semana de después

Hola, cariño, aquí estamos. Tu familia chiquita. Hemos pasado juntos muchas horas estos días difíciles. Ojalá veas nuestros esfuerzos y acompañes nuestro sentir.

Todos me dicen que ahora deberíamos descansar. No son conscientes de la larga lista de asuntos que aún tengo que resolver, que se han ido acumulando en esta agotadora semana de actividades y que no deben posponerse más tiempo.

Pero, mira, hijo, que esperen unas horas más. Porque antes que nada estás tú, Rodrigo. Así que lo primero que hago es escribirte a ti. Como todos los sábados. Aunque sean unas pocas líneas, medio deslavazadas, como estas.

Por favor, envíanos ayuda. Necesitamos mucha, muchísima; toneladas, realmente.

A cambio, (pobre regalo, aunque muy sentido), nosotros te mandamos montones de abrazos, bailes, cariños y risas. Venga, sí: toneladas también.

Te queremos hasta el infinito que ahora habitas. No te olvidamos. Siempre contigo: Papá, Mamá y G.

22 veces 11 de marzo

Llevamos ya mas años sin ti que los que pudimos vivir contigo, hijo.

Tu muerte inoportuna, malvada, injusta y desoladora ha cambiado nuestra perspectiva vital. Entre el antes y el después de ti.

Pero vamos a buscarte, Rodrigo. Como aquel 11 de marzo que no pudimos encontrarte porque te habías ido lejos. Se te habían llevado.

Desde el jardín, desde el pruno que cuida la entrada a nuestra casa, seguimos haciéndote señales.

Este año con pocas flores. Pero siempre con todo el cariño de nuestro corazón.

No nos olvides, hijo. Nosotros no te olvidamos. Nunca.

Y ya falta menos para volver a abrazarte.

Mientras tanto, cuida nuestro camino. Por favor.

Millones de besos: Papá, Mamá y Gonzalo.

Casi 11 de marzo

Nuestro pruno la primavera de 2025

Este XXII aniversario tengo menos tiempo para hablar contigo, hijo. Me asaltan mil obligaciones y la representación de todos tus compañeros de desdicha.  Echo en falta la disponibilidad de antes, cuando podía escribirte despacio. Pero no me agobio. Sé que sabes y que no tiene mayor importancia.

El próximo miércoles será 11 de marzo.

Demasiados días,  meses, años sin ti.

No ha cambiado el amor que nos une. Gracias por eso, Rodrigo. Seguimos queriéndonos. Los cuatro. Y yo sigo llorándote, como ahora mismo, cuando nadie me ve.

Ayúdanos, por favor.  Nunca dejes de venir a echarnos un vistazo, a curar nuestras torpezas, a iluminar nuestras decisiones.

Millones de abrazos de oso: Papá,  Mamá y Gonzalo.

28 de febrero

Ya estamos casi en el mes maldito. Nos escondemos tras  mil acciones pequeñas. Y tú,  Rodrigo,  parece que también andas oculto tras todas ellas,

Llenaremos estos días de obligaciones. Contigo doliendo en el corazón,

Nunca terminamos de entender tu ausencia. Mucho menos de aceptarla sin enfado.

Pero seguimos. Lo mejor que podemos.

Y, siempre,  siempre,  queriéndote muchísimo, al máximo,  sin desfallecer.

Millones de abrazos de oso: Papá, Mamá y tu hermano.

21 de febrero de 2026

Hola, cariño,  de nuevo te anoto unas pocas ideas, medio dormida. Es  lo primero que hago y pienso cada sábado: escribirte.

Vivimos semanas densas de trabajo por vuestra memoria. Juntos siempre Papá y yo. Y tu hermano.

Se acerca la fecha odiosa que nos recuerda el dolor de hace ya 22 años, y la larguísima sombra de la pérdida. Nunca estamos preparados. El tiempo parece que desdibuja los contornos de los recuerdos, pero las fechas señaladas vuelven a perfilar las ausencias y la pena, con una dureza inmisericorde.

Este año el viejo pruno apenas florecerá. Estamos cuidando sus últimas primaveras. Porque todo cambia. Y si hasta el jardín y sus árboles envejecen, como no vamos a ir en declive nosotros también. Ay, Rodrigo, hijo querido.

Pero seguimos. Continuamos. Resistimos. Siempre cuatro. Abrazos de oso y muchas risas: Mamá.

San Valentín 2026

Buenos días ventosos y fríos, Rodrigo. Hoy te escribo desde la oscuridad de otra madrugada sin sueño. Ojalá me leas,

El viento silba en las ventanas,  agita a los árboles recién podados, más desnudos que otros años, aparentemente más indefensos.

Papá y yo poblamos esta casa, que se nos hace enorme sin vosotros, pero a la vez está llena de vuestras vidas, experiencias y aventuras. Todavía brilla y suena todo lo que compartimos aquí.

Porque aquí,  en piña los cuatro,  resistimos. Siempre queriéndonos, siempre unidos.

Special son, sadly missed, we love you,

Abrazos, abrazos, abrazos: Mamá.

11 de febrero

A un mes del aniversario, agobiados por las obligaciones, te enviamos muchos, muchísimos besos y abrazos de oso.

Este año está siendo agotador.

Pero siempre te queremos.

Febrero loco

Llueve tantísimo, que media España está inundada. Por ciertas alteraciones en las corrientes del Polo, ha cambiado la posición de los anticiclones y recibimos las borrascas del Atlántico que antes no nos afectaban. La vida se ha vuelto extraña. Aún más. Y tú todavía ausente,  aún sin volver a casa.

En la vorágine de preparativos del 22 aniversario,  se dice pronto,  veintidós años ya, te pienso. Y te escribo,  y te llamo, y te añoro y te envío millones de toneladas de cariños.

Papá,  tu hermano y yo, siempre juntos,  te llevamos en el alma,  como parte indivisible, de continuo un «nosotros cuatro».

Por eso te compartimos besos, libros, pelis y series, canciones, bailes caseros y chistes malos, todo como antes, como si siguieses aquí.

Y te queremos.

Sábado otra vez

Hola, cariño, hoy te anoto esas líneas desde la buhardilla que hace tanto compartimos, y que ahora anda siempre ausente de ti.

Llevamos unos días de terribles aguaceros, sin embargo esta mañanita ha amanecido con sol. Me parece un lujo ver el jardín tan brillante, aunque sea invierno, y que la la yedra luzca como nueva. Contemplo los árboles, que siguen sin hojas, y comprendo de pronto que la vida sigue, en ciclos, continuos, inmisericordes. Y que nosotros solo somos unas pobres briznas que existimos un instante fugaz.

Y me duele mucho, me destroza el alma, que el tuyo fuese tan brevísimo, Rodrigo.

Pero quiero repetirte que no nos rendimos. Que no nos dejamos dominar por la tristeza. Que seguimos contigo en la lucha diaria. Viejitos y cansados, pero adelante.

Millones de abrazos de oso, en piña, contigo, somos siempre cuatro: Papá, Mamá y G.