Hoy es mi cumple. Hoy comeremos con tu hermano. Me hago viejita y tú todavía sin llegar a casa, Rodrigo. Te esperamos con todas nuestras fuerzas, pero no volviste. La casa es enorme sin vosotros. Sin ti.
Hola, cariño, cómo pasa el tiempo. El próximo finde es mi cumpleaños y voy añadiendo dígitos a una edad que empieza a ser provecta.
Y me pongo a imaginar cómo serías, de estar aquí. Parecido a tu hermano, supongo. Y me envuelve la tristeza de no poder compartir vida contigo. Y me enfurruño. Y termino llorando.
Ojalá pudiera regresar a los momentos compartidos, hijo querido. Ojalá supiera.
Aquí seguimos enteros, razonablemente bien, luchando contigo y por ti.
Hola, cariño. No tengo nada nuevo ni interesante que contar, pero te escribo estas líneas. Para que nunca olvides que te quiero, que te sigo la pista y que comparto la añoranza tuya con Papá.
Poco más puedo decirte, hijo. Pero, ya lo sabes, es la pura verdad.
Tú, porfa, Rodrigo, nunca dejes de ayudarnos. Porque es que recorremos este camino difícil, a menudo desencantados, o tristes, o llenos de dudas, estrés y malestar.
Hola, hijo, buenos días. Hoy, tras veintidós años y un mes de ausencia, te seguimos esperando y escribiendo.
Canta un pájaro en la oscuridad, ya cercana el alba, y luego regresa el silencio de esta mañana de sábado. El mundo loco está inmerso, más bien enfangado, en guerras absurdas, innecesarias y estúpidas. Y, a la vez que una misión espacial regresa a la luna, en un alarde de maravilla científica, muchos locos evitan las vacunas, en otro alarde, ahora de estupidez acientífica. Eso somos. Lo mejor y lo peor. La inteligencia y la vergüenza.
Tu pequeña familia resiste en medio de todo este jaleo, Rodrigo. Con tu nombre en los labios siempre.
Te echamos en falta. Ojalá estuvieses, ojalá vinieras.
Buenos días, hijo, desde casita. La calle, el barrio entero, parecen deshabitados. Se han ido todos de vacaciones, tu hermano también, y se les echa en falta. ¿Dónde andas tú?
Ojalá me leas, nos mires y nos cuides, Rodrigo. La memoria visual me falla, me da rabia cuánto te me desdibujas si no miro tus fotografías. Y añoro el sonido de tu voz.
Hay una nueva personita en camino, una niña de tu prima Alicia, que llegará después del verano. ¿La conoces ya? Es una alegría, nos da mucha esperanza que venga ya esa nueva generación.
Porque no pudimos conocer a tus hijos, y no sabemos si vendrá alguno de tu hermano, qué emoción saber, experimentar, que la vida sigue.
Sigue así de bonita. Aunque solo sea una sobrinanieta, aunque no la veremos mucho, es un regalo para que no estemos tan solos sin ti.
Hemos estado fuera una semana y hoy, sábado, que toca charla contigo, mi móvil no me dejó escribirte. Nah, un cambio de app, manías informáticas que tendré que resolver mañana. Mientras tanto, espero que valgan estas líneas desde la tablet. No importa que sea tarde y casi la hora de dormir. Los sábados siempre te escribo. Y te pienso.
Volver a casa acaricia el alma. Lo triste es que tú nunca estás para recibirnos. Ni nos das las buenas noches, como tu hermano. Ni mandas mensajes de voz… Jolines, Rodrigo, qué injusto…es que te echamos muchísimo de menos.
Hace un rato hemos pasado por el espacio 11-M dentro de Atocha, todo azul. Estaban limpiando el suelo, que es de color delicado y enseguida se llena de pisadas. Me acerqué todo lo posible, pero tuve que ver tu nombre desde lejos.
Ay, no solo tu nombre estaba lejos. También tú.
Buenas noches, hijo. Ojalá me leas. Dulces sueños.
Hola, cariño, buenos días. Te escribo deprisa, porque no me alcanza el tiempo. Pero te escribo. Porque te quiero, porque te echo en falta y porque me niego a dejar de pensarte, hijo.
Ya es primavera y los prunos perdieron sus dulces y delicadas florecitas. Con lo que te gustaban, jo. Este año tocaba poda fuerte, así que han salido muy pocas. Ahora mismo la vista del jardín desde tu ventana solo muestra el verdor de la yedra y las ramas duramente recortadas. Si estuvieses aquí, te reirías. Pero es que no estás. Y yo solo puedo imaginarlo, entre la dulzura de recordarte y la pena de no tenerte cerca, ay, Rodrigo.
Siguiendo con el reporte jardineril, te cuento que tampoco han brotado aún las camelias, no sé por qué. Ha llovido mucho este invierno, quizás sea por eso. Hace veintidós años florecieron por primera vez, justo al poco de tu marcha injusta, así que tú nunca llegaste a conocerlas. Te habrían gustado. Me atrevo a pensar que te gustan ahora, dondequiera que estés.
Y poco más puedo escribirte, hijo. Nosotros tres estamos deseando que lleguen las vacaciones, porque necesitamos descansar. Sería estupendo que te vinieras con nosotros. Ojalá fuese posible. Y por qué no, me digo, medio triste, medio ilusionada.
Sí, Rodrigo, ven a casa, porfa. Y te damos mil abrazos. ¿Lo harás?
Hola, cariño, aquí estamos. Tu familia chiquita. Hemos pasado juntos muchas horas estos días difíciles. Ojalá veas nuestros esfuerzos y acompañes nuestro sentir.
Todos me dicen que ahora deberíamos descansar. No son conscientes de la larga lista de asuntos que aún tengo que resolver, que se han ido acumulando en esta agotadora semana de actividades y que no deben posponerse más tiempo.
Pero, mira, hijo, que esperen unas horas más. Porque antes que nada estás tú, Rodrigo. Así que lo primero que hago es escribirte a ti. Como todos los sábados. Aunque sean unas pocas líneas, medio deslavazadas, como estas.
Por favor, envíanos ayuda. Necesitamos mucha, muchísima; toneladas, realmente.
A cambio, (pobre regalo, aunque muy sentido), nosotros te mandamos montones de abrazos, bailes, cariños y risas. Venga, sí: toneladas también.
Te queremos hasta el infinito que ahora habitas. No te olvidamos. Siempre contigo: Papá, Mamá y G.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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