Nuestros sábados

Hola, hijo, buenos días otoñales por fin. Te escribo arropada con mi cobertor favorito, muy temprano, en el silencio de apenas las siete, con la mañana aún oscurecida.

Echo en falta la libertad de viajar de antes. Ahora estamos atados a mil acontecimientos y actividades. Pero aprenderemos a sobrellevarlos. Prometido.

Tú no dejes de mirar hacia aquí,  Rodrigo,  porfa. Sigue cuidándonos.

Necesitamos sabiduría, serenidad, constancia y fortaleza. Tu ayuda y tu cariño, siempre.

Te queremos. No te olvidamos. Mil besos azules y mil abrazos de oso: Papá, Mamá y G.

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