
Otro once. Muchísimos desde que no estás y ese número se ha adueñado de nuestras vidas. ¿Qué tal todo, hijo?
Aquí avanzamos, que no es poco. Gracias por ayudarnos. No dejes de tenernos bajo tu mirada, cariño. Seguimos necesitándote mucho.
Hoy tu hermano tiene un concierto. Y la próxima semana nos vamos a Alicante. Los días están llenos de afanes, no nos aburrimos. Papá va contando las semanas que le quedan para jubilarse y nos reímos juntos los dos haciendo ese cómputo. También G, cuando se lo contamos. Por eso te lo escribo a ti, Rodrigo. No sé si me lees o me oyes, pero por si acaso. Ojalá sí.
Veinte años son muchos años. Ya no me asalta el agobio de añorarte de continuo. Ya consigo a veces que mis labios dibujen sonrisas cada vez que te pienso. Aunque las lágrimas siguen escondidas en cualquier rincón y pueden asaltarme de improviso. Eso no cambia.
Desde nuestra buhardilla te escribo y te quiero, hijo. No dejes de volar. Cuídanos, porfa.
Millones de abrazos de osos: Mamá.









