
Buenos días desde Alicante, querido Rodrigo. Hace calor, mucho más que en Getafe. Me he despertado muy pronto, quiero creer que por esa desconcertante sensación veraniega. Espero que tú estés bien, hijo.
Vinimos el martes, pero enseguida volveremos a Madrid, después de tres charlas en institutos alicantinos (La Nucia, Biar y San Vicente del Raspeig). Mira por donde hemos vuelto a recorrer comarcas de excursiones que hicimos antes. Contigo y los lalos. Ay, muy antes…
He hablado de ti en esos tres centros, a grandes grupos de alumnos y profes. Y he regresado con sensaciones difíciles de definir. No malas, porque las charlas salieron bien, pero sí impactantes, ya que mi cerebro no deja de intentar analizarlas.
Nunca antes había tenido tres charlas seguidas en tres dias consecutivos. Reflexiono sobre el asunto a las 4;17, demasiado temprano, y comprendo las tres charlas me han afectado emocionalmente.
Las experiencias han sido distintas, todas buenas aunque cada una con sus pequeñas peculiaridades. Pero mi subconsciente las recuerda una y otra vez. Creo que no solo para sopesar los resultados, sino al estilo postraumático que me caracteriza.
Menos mal que he venido con papá y he comentado cada detalle con él. Su apoyo es importantísimo, porque me ayuda a descargar angustias y a enfocarme en los detalles positivos.
Ay, hijo. Siento que todo este ajetreo, ir y venir, conocer a ditintas gentes, me afecta. Siento que esta triple exposición emocional deja huella anímica en mí. Cómo no, por otra parte. Si no fuese así, no sería humana.
Por eso te escribo hoy, hijo, un poco desmadejada. Pero no te preocupes, se ne pasará pronto. Tú vuela alto. No dejes de volar, cariño. Ni de cuidar de esta pobre familia tuya.
Mil abrazos de oso. Te quieren hasta ese infinito que habitas: Papá y Mamá.









