
Ya se ha instalado el otoño, han pasado veinte sin ti, y tú sigues ausente, hijo querido.
Envejecemos. Últimamente siento que me falla este corpachón regordete y poco ágil. Papá está más flaco y se le marcan manchas y arrugas en el rostro. Y tú sin regresar, Rodrigo. Se hace larga y durísima la espera.
Nos van cercando el tiempo y los achaques. Ley de vida, dicen. Tu hermano nos acompaña por ti y por él, amorosamente. Vivimos veinte años contigo y otros tantos sin ti. Y sigo sin aceptar tu muerte innecesaria.
Te escribo cada sábado desde hace todo ese tiempo y aún se me inundan los ojos al teclear cuantísimo te añoramos.
No quiero ponerme triste, te mando abrazos de los nuestros. Vuela, cariño. Pero vuelve a casa cuando puedas. Te esperamos.









