
Hola, Rodrigo, buenos días del día de la fiesta de la Aso. En unas horas nos vamos para allá y estaremos rodeados de niños. ¿Cómo andas tú?
Aquí la vida toma velocidad y luego para, así que la transitamos como a trompicones. Siempre dolorosamente sin ti. Siempre con toda la serenidad que podemos.
Como te decía, vamos a rodearnos de niños y de su maravillosa energía, pero con un filo de dolor. Porque en nuestra familia no los hay. Y somos poquísimos, cada vez menos, en cada reunión navideña.
La verdad, cariño, sin nuevas generaciones no hay esperanza de futuro. Es duro aceptarlo, pero es lo que hay. Ya resulta áspero vivir sin ti y sin tus hijos, Rodrigo. Y la pena se acentúa sin los de tu hermano, que va pareciendo que no serán.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y que la vida da muchas vueltas. No sé qué decirte, Rodrigo. En nuestra diminuta familia parece que se diluye, se hace diminuta y levísima. No dejes tú de ayudarnos, porfa, a mantenerla como llama encendida.
Te queremos, hijo. Te queremos.









