
Me marean las cifras que marcan el tiempo, Rodrigo. Cómo puede ser que hayan pasado veinte años, diez meses y veinte días sin ti. Sigo encontrando inaceptable el hecho de tu ausencia.
Te escribo tras una semana desagradable, que añado al cómputo vital para olvidarla, entera llena de incómodos malestares de flaca salud.
Seguimos aquí, hijo. Como podemos.
Jamás te olvidamos.









