
Buenos días, Rodrigo. Hoy te estoy escribiendo desde el salón, porque en la buhardilla no hay quién pare. Hace demasiado calor, incluso con el aire acondicionado a tope.
Todavía está oscuro, no son ni las cinco. Bonitas horas, ¿verdad, cariño? Es que duermo poco y mal, afligida por las temperaturas y por el dolor agudo de mi rodilla lesionada.
Y así resulta que me despierto tempranísimo, cada día un poco antes que el anterior. Y entonces, como me huye el sueño, indefectiblemente, pienso en ti.
Eres mi compañero de insomnios. Ay, pobre hijo, qué desastre de madre que te da el tostón cada madrugada.
Tú vuela alto, por favor, y no me lo tengas en cuenta.
Millones de abrazos de oso: Mamá.









