
Con tu hermano, contigo en el corazón, recorremos las calles atestadas de esta ciudad eterna.
Ojalá estuvieras aquí estos pocos días. Mañana regresamos a casa y tampoco nos esperas allí.
La vida sigue funcionando, extraña y cruel, desde tu marcha. No me explico cómo es que no implosionó, entonces; cómo puede ser que no nos haya pedido disculpas ni una vez durante estos veinte años, ocho meses y veinticinco días de tu ausencia forzada.
Me despierto en medio de la noche y te escribo estas líneas, Rodrigo. Porque no te olvidamos. Y te queremos.









