8 de marzo de 2025

Hola, cariño, buenos días. Mírame.  Aquí estoy, en casa, muy tempranito, a las puertas de un nuevo aniversario, y otra vez sumida en el desconcierto. La vida de hace veintiún años, tu ausencia repentina y terrible, la certeza dolorosa de tu muerte, hijo, se me vuelven extrañeza e incredulidad.

Pero como no es la primera vez que me sucede, intento no  agobiarme. Dejo fluir las sensaciones.  No las juzgo, aunque me molestan por extrañas, ajenas a lo que deberían ser. Me digo que no las he buscado, que como vinieron se irán.  Procuro no sentirme culpable por lo que no provoco ni controlo. Solo a ratos lo consigo.

Llueve, como aquellos días.  Los árboles empiezan a florecer, aunque no tanto como entonces,  o en otras magníficas ocasiones. Y es que se hacen viejos. Como nosotros,  Rodrigo.

Nunca terminamos de asumir, de asimilar, de acostumbrarnos al hueco que has dejado.

Lo que jamás cambia es nuestro amor.

Millones de besos y abrazos de oso: Papá,  Mamá y G.

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