
Hola, cariño, buenos días. Mírame. Aquí estoy, en casa, muy tempranito, a las puertas de un nuevo aniversario, y otra vez sumida en el desconcierto. La vida de hace veintiún años, tu ausencia repentina y terrible, la certeza dolorosa de tu muerte, hijo, se me vuelven extrañeza e incredulidad.
Pero como no es la primera vez que me sucede, intento no agobiarme. Dejo fluir las sensaciones. No las juzgo, aunque me molestan por extrañas, ajenas a lo que deberían ser. Me digo que no las he buscado, que como vinieron se irán. Procuro no sentirme culpable por lo que no provoco ni controlo. Solo a ratos lo consigo.
Llueve, como aquellos días. Los árboles empiezan a florecer, aunque no tanto como entonces, o en otras magníficas ocasiones. Y es que se hacen viejos. Como nosotros, Rodrigo.
Nunca terminamos de asumir, de asimilar, de acostumbrarnos al hueco que has dejado.
Lo que jamás cambia es nuestro amor.
Millones de besos y abrazos de oso: Papá, Mamá y G.









