Veintiún veces 11 de marzo

Llueve. Como aquella mañana maldita en que estrenabas paraguas. Ese con el que jugaste y reíste la tarde previa, el que luego apareció roto en dos pedazos en tu mochila.

Son las 4:15 y llevo una hora dando vueltas en la cama, perdido el sueño, pensando en ti.

Y en que en unas horas iremos a Atocha, la estación en que te mataron, hijo,  hace ya veintiún años. Uno más de los que pudiste vivir, malditos sean los locos asesinos. Demasiado tiempo ya sin ti.

Aunque, la verdad, cariño, no importa el cómputo de los años. Tu ausencia duele siempre, y para siempre. Y se vuelve insoportablemente aguda en las fechas señaladas.

Te confieso que temo los aniversarios. Tienen la odiosa capacidad de remover la pena, de reabrir las heridas aparentemente curadas, de torcer la serenidad consegida a costa de enormísimo esfuerzo.

Yo preferiría pasarlos deprisa, en el anonimato; apenas sentirlos, que sucediesen en un parpadeo y desaparecieran como una exhalación.

Pero tenemos la responsabilidad de velar por tu recuerdo, por la memoria fiel de lo sucedido. Y eso hacemos, Rodrigo,  aunque nos cuesta mucho. Cada año más que el anterior.

Ahora que solo somos Papá, tu hermano y yo, iremos juntos al lugar de tu asesinato. Y pasaremos el día hablando de ti y pensándote.

¿Vendrás tú, cariño, a acompañarnos? ¿Te sentarás en esa silla sobrante en cada lugar en que nos paramos a comer? Tu asiento vacío se hace más patente que nunca en los meses de marzo. También este veintiuno sin ti.

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3 comentarios

  1. Me duelen el alma y el corazón cada año, cada odioso 11 de Marzo. Pero tambien me duelen los demás dias del año, porque te quiero amiga, y aunque te, vea, te lea o te piense, sé que el dolor lo llevas escondido.
    Un gigante abrazo de oso para los cuatro!!

  2. María Jesús Rivas Lorenzo

    Qué bonito! Y qué triste! Impensable el dolor.

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