Junio

Cuando empieza junio, siempre recuerdo que llegaste  un par de semanas antes de la fecha prevista. A estas alturas ya no sé cuál exactamente, si era el 5 el 6 o el 7, me falla la memoria. Aunque sí me acuerdo bien del detalle chusco de que coincidía con la del nacimiento de la  madre fundadora del cole en que trabajaba entonces. Y que las monjitas aquellas me proponían su nombre para ti. Bonifacia se llamaba la buena mujer en cuestión. Casi nada.

Fuiste Rodrigo y no Bonifacio. Menos mal. Pero te marchaste como viniste, hijo querido, antes de tiempo.

Dos semanas de antelación son cosa llevadera. Pero no los sesenta años de vida posible que robaron aquellos locos asesinos. Ese tiempo fue, es y será siempre demasiado antes. Demasiadísimo.

Aquí nos contamos esa anécdota manida una y otra vez. Como si hacerla costumbre y recordarte con ella pudiese paliar el enorme hueco que has dejado,  cariño. Aquí seguimos echándote en falta cada día. No te olvidamos. No queremos olvidarte, hijo.

Y te queremos. Siempre.

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