Buenos días, Rodrigo. Hoy te estoy escribiendo desde el salón, porque en la buhardilla no hay quién pare. Hace demasiado calor, incluso con el aire acondicionado a tope.
Todavía está oscuro, no son ni las cinco. Bonitas horas, ¿verdad, cariño? Es que duermo poco y mal, afligida por las temperaturas y por el dolor agudo de mi rodilla lesionada.
Y así resulta que me despierto tempranísimo, cada día un poco antes que el anterior. Y entonces, como me huye el sueño, indefectiblemente, pienso en ti.
Eres mi compañero de insomnios. Ay, pobre hijo, qué desastre de madre que te da el tostón cada madrugada.
Tú vuela alto, por favor, y no me lo tengas en cuenta.
Buenos y tórridos días de verano, Rodrigo. Desde casa y nuestra buhardilla te escribo estas pocas palabras, como cada sábado.
Estamos en plena re-edición de tu libro en Amazon, y todavía surgen pequeños problemas. Espero que estén resueltos pronto, pero no subiré imágenes hasta que todo esté completamente bien. Aunque ya te digo que me gusta mucho la portada y que estoy deseando compartirla.
Por lo demás, lo acostumbrado. Después de unos días fuera, agradecemos que nos arrope la rutina doméstica. Más adelante, algún otro viajecito haremos, ya te lo contaré, cariño.
Ay, hijo, resulta que mañana comemos con tu hermano. Y ahí, cuando estamos los tres juntos, es cuando más se nota que no estás. Ojalá, siempre te lo digo, vinieses también tú. Da igual el tiempo que pase, da igual haber sobrepasado los veinte años de ausencia, te echamos en falta siempre. En lo cotidiano y, de forma muy llamativa, cada vez que pasa algo diferente, bueno o malo, pero especial.
Es que, jolines, hijo, qué solos nos hemos quedado sin ti.
Por eso te mando millones de abrazos y besos, de libros y canciones, de juegos y músicas, de fotos, viajes, pelis y series. Para compartirte las cosas que te gustaban y sentir que todavía nos sirven de conexión. También te envío toneladas de muecas y de bromas, porque sigo añorando tu risa y quiero imaginármela sonando por las escaleras.
Hasta la próxima, Rodrigo. No nos olvides, porfa. Te quiere hasta ese infinito que habitas: Mamá.
Llevamos una semana fuera y ya queremos volver a casa. Mañana lo hacemos. Hoy es nuestro último día por aquí. Disfrutamos de estos paisajes, de los amigos, de las maravillosas temperaturas, de la Semana Negra, pero siempre de la mutua compañía Papá y yo.
Poco más puedo decirte. Ya me gustaría tenerte por aquí, como a tu hermano.
Amanece. Te escribo en el silencio de esta casona entre valles. Hay niebla. Y una ermita del siglo IX frente a mis ojos.
No te olvidamos, Rodrigo. Por favor, sigue velando nuestros pasos. Millones de abrazos de oso: Mamá.
Hoy, como la Lloca, como las madres de los que se fueron lejos, te llamo y te echo muchísimo en falta.
Hablaré de mi último título en la Semana Negra. Es la tercera vez que vengo a presentar un libro mío y la primera en que estará tambien tu hermano. Me emociona que le hiciese tanta ilusión venirse hasta aquí.
Y entonces me asalta la morriña, y añoro que estuvieras también tú. Aunque quizás estés, a tu modo, me digo a mí misma. Ay, ojalá nos veas y nos oigas, Rodrigo.
Llueve. Hace hasta frío. Es curioso llegar de una de calor en Getafe y encontrarse aquí una temperatura tan deliciosa. Pero no todo es fácil, pues mi artrosis se queja un poquito más con este clima.
Qué le vamos a hacer, así es la vida, una mezcla de contradicciones.
No te olvidamos, hijo querido. Por eso te mandamos millones de abrazos de oso. Bueno, por eso, y porque te queremos un montón.
Ya estamos juntitos Papá y yo, el lunes, que es día uno y su cumple, empiezan las vacaciones. Y en septiembre, la jubilación. Seremos dos pensionistas. Se me hace raro vernos tan viejos. Él dice que no lo somos todavía, que ahora simplemente mayores, pero no sé yo, hijo. Me duelen las rodillas, me cuesta andar por la artrosis y, en general, solo podemos ir a peor.
Haremos viajes, aunque nos va costando cada vez más, porque para quedarse en casa siempre hay tiempo. A saber cuánto nos alcanzarán las fuerzas y la energía emocional.
Te echamos en falta en estos momentos especiales. Gracias a que tu hermano nos arropa por ti y por él, el pobre, intentando llenar el hueco que dejaste, se esfuerza mucho.
Tú, porfa, hijo, envíanos señales de que no te has derretido en la nada. Ay, Rodrigo, aún te lloro mientras te escribo.
No te olvidamos, no nos dejes del todo tú. Millones de abrazos de oso: Mamá.
Ya sabes que casi no quedan ejemplares de tu libro, apenas alguno en las librerías online mas fuertes, y como las distribuidoras no lo encuentran, no lo sirven. Por eso no pude tenerlo ni en la tertulia jurídica que hicimos para el vigésimo aniversario, ni en las Ferias del libro a las que acudí últimamente.
Así que estoy revisando las galeradas de una nueva edición, ahora muy modesta, solo para que esté disponible en Amazon. Pero eso sí, con cubiertas y maquetación profesionales.
Releer me llena el alma de melancolía y de añoranza, hijo. Me está costando. Y también es duro para el maquetador y portadista. Como lo fue, por cierto, en la editorial anterior. Es que tu muerte y tu ausencia nos llenan los ojos de lágrimas a todos.
Te escribo con una cierta congoja. Menos mal que comemos con tu hermano. Y con tus amigos, E y N, y su peque.
No dejes de venir a vernos, ni cuidarnos a todos, Rodrigo, por favor. Muchos abrazos de oso: Mamá
Hoy va lenta la conexión, o el PC, que ya es viejito, o esta pobre bitácora en la que te escribo y ojalá leas, Rodrigo. Son ya las once de la mañana y estoy en nuestra buhardilla tecleando estas pobres líneas y echándote en falta. Quizá parezca mentira visto desde fuera, pero veinte años y tres meses después de tu muerte aún me asaltan de forma inesperada la rabia, la pena, la angustia y el desánimo.
Me suceden cosas que quizá los ajenos consideren de suerte más que estupenda: publico libros, hago presentaciones, voy a certámenes, firmo en ferias… Todo en un nivel muy discreto y sencillito, de liga regional, de andar por casa. No me he convertido en la Allende, ni se me ha subido el pavo. Porque tu ausencia me mantiene los pies anclados a la cruda realidad de que no somos gran cosa. Y nada del mundo me salva de tu ausencia.
Ni un miligramo de vanidad. No me creo ni un segundo de gloria. Agradezco las oportunidades y sigo avanzando. Porque voy con Papá y tu hermano. Porque voy hacia ti.
Son las ocho. He abierto todas las ventanas y la casa huele a lluvia próxima y a jazmín. Buenos días, hijo. Aquí seguimos los tres, comunicándonos a menudo, sin olvidarte nunca.
Pronto llegarán las vacaciones de verano y las últimas en activo de Papá, que se jubila en septiembre. Es la novedad, pues en los otros ámbitos todo sigue razonable y discretamente bien.
Y mejor que continúe así. Cuando las perspectivas de futuro nos dan vértigo, intentamos no temer lo inopinado y avanzar las obligaciones del día a día. Porque sabemos que lo terrible puede surgir en cualquier instante. Como tu muerte y tu desaparición repentina, maldita y para siempre.
A veces lo conseguimos.
No esperamos grandes cosas para el futuro próximo. Es bastante triste, pero es lo que hay, y así tenemos que vivirlo.
Nos tenemos los tres, los cuatro contigo, siempre juntos. Y eso es suficiente.
Te queremos, Rodrigo. No dejes de velar por nosotros, que estamos muy solitos y somos muy pocos.
Millones de abrazos de oso: Mamá.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
Archivos
Gestionar el consentimiento de las cookies
Para ofrecer las mejores experiencias, utilizamos tecnologías como las cookies para almacenar y/o acceder a la información del dispositivo. El consentimiento de estas tecnologías nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. No consentir o retirar el consentimiento, puede afectar negativamente a ciertas características y funciones.
Funcional
Siempre activo
El almacenamiento o acceso técnico es estrictamente necesario para el propósito legítimo de permitir el uso de un servicio específico explícitamente solicitado por el abonado o usuario, o con el único propósito de llevar a cabo la transmisión de una comunicación a través de una red de comunicaciones electrónicas.
Preferencias
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para la finalidad legítima de almacenar preferencias no solicitadas por el abonado o usuario.
Estadísticas
El almacenamiento o acceso técnico que es utilizado exclusivamente con fines estadísticos.El almacenamiento o acceso técnico que se utiliza exclusivamente con fines estadísticos anónimos. Sin un requerimiento, el cumplimiento voluntario por parte de tu Proveedor de servicios de Internet, o los registros adicionales de un tercero, la información almacenada o recuperada sólo para este propósito no se puede utilizar para identificarte.
Marketing
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para crear perfiles de usuario para enviar publicidad, o para rastrear al usuario en una web o en varias web con fines de marketing similares.