Ya nos quedan pocos días con tu hermano en casa. La suya está casi a punto. Han sido unas semanas dulces, un regalo amable de esta vida malvada que a veces nos cura las heridas con sus propios y sorprendentes ungüentos.
Por lo demás, sigue el otoño con su melancolía característica y nos tomamos unos pocos, escasísimos, días de descanso.
Poco más puedo contarte, Rodrigo. Que te añoramos y que ojalá no se te hubieran llevado de aquí sigue martillando en mi cabeza, pero no quisiera ser una pesada que te repite lo de siempre y que te agobia diciéndote cosas que tú no puedes cambiar.
Ahora bien, escribirte que te quiero no me lo quita nadie, hijo.
He cambiado la costumbre de escribirte apenas me despierto, tecleando en el móvil, como hacía los últimos años. Por eso hoy es más tarde y te hablo desde la buhardilla, sentada a la mesa de mi PC, tú ya sabes dónde porque todo sigue en el mismo sitio que antes, cuando andabas por aquí.
Hoy cumple mi hermana, parece que por fin terminan la obra en la casa de G y se ha instalado el otoño sin paliativos, hermoso como siempre lo son en esta ciudad. Pienso en ti.
En tu risa, que se quedó pegada a las escaleras; en tus habitación, tus libros y esa cama que nos recuerda que fuiste, viviste, exististe una vez y fuimos felices juntos. A ratos. Como es la verdadera felicidad.
A la casa de tus amigos E y N acaba de llegar H. Supongo que lo has conocido al Otro lado. Para la de K y J está otro en camino. Y nos ilusionan como si fuesen tuyos. Pero hazte notar, cariño. A veces es insoportable que no estés.
Veo mal. Por eso ya no te escribo con el móvil. Dice el doc que tengo cataratas. Anda, como mi abuelo y como mi madre. Genes. Qué le voy a hacer. Eso se opera rápido, me dicen. Y fácil. Y bien. De modo parecido a la miopía que una vez pensamos para ti y era innecesaria para mis pocas dioptrías. Ya ves. Al final, me toca.
No dejes de ser feliz, hijo. No te olvides de mandarnos pistas para encontrarte. Vuela alto. Te queremos. Te quiero. Muchos besos, risas, libros y árboles rojos de otoño. Te abraza con todas sus fuerzas: Mamá.
Hace dieciséis años, un día 25 como hoy, tu abuelo, mi padre, se os unió allá donde quiera que estéis, Rodrigo.
Este 22 también se nos ha marchado su hermana, la tía Pepita. Anteayer la despedimos, en el lugar donde más tiempo vivió y finalmente está enterrada, en Becerril de la Sierra.
Mis abuelos maternos en los 80, el tío Carlos en los 90, tú, cariño en 2004, mis padres en 2005 y Elo en 2006, C y Manolo en 2009. J en 2019, JC y la tía Pepita en este 2021. Os repaso a todos. Una lista imparable de adioses.
Interrogantes horrorosos: quién será el siguiente, cuándo y cómo. Porque las despedidas no son cronológicas ni están debidamente anunciadas.
Desde este mundo extraño en el que vivimos os mando millones de cariños, hijo. Te queremos. A ti. A todos. Esperadnos.
Ayer fue el cumple de tu tío J, el segundo que espero hayais celebrado juntos. Hoy empieza un puente hasta el martes en nuestra pequeña ciudad, por el cambio de las fiestas (de mayo a septiembre) debido a la pandemia. Y el lunes se levantan gran parte de las restricciones en la comunidad de Madrid, porque con las vacunas parece que podemos ir volviendo a la normalidad. Eso esperamos. Aunque seguimos con mascarillas y cuidados mínimos.
¿Y tú qué tal?
G sigue con nosotros y la reforma va avanzando en su casita. Creo que queda menos de un cincuenta por ciento de trabajo. Y ya pronto podrán volver a su vida cotidiana.
Poco más puedo contarte, Rodrigo. La rutina vital esta, tan absurda sin ti, sigue adelante y yo procuro vivirla con consciencia. La aprovecho, porque sé que no hay vuelta atrás. Pero te añoro siempre. No dejes de pasarte a echarnos un vistazo, porfa, cariño. Te queremos. Muchísimo.
A veces atisbo qué hay al Otro Lado, ese en el que estás, como se ve en la foto: haciendo extraños equilibrios que enseguida se me desmoronan. Te lo digo de nuevo, vente por aquí y ayúdanos. Anda.
Besos, abrazos, canciones, libros, series, pelis, juegos nos hablan de ti. Te los compartimos. Recibe miles de cariños de la pesada de… Mamá.
Fue hace ya veinte años. Sin saberlo, fuimos testigos en directo del principio del mal. Estábamos en casa, comiendo con la tele de fondo. Los cuatro. Juntos.
Treinta meses después sucedió aquí. Te asesinaron con cruel premeditación, con absurdas, malvadas ansias de causar el mayor daño posible.
Te arrancaron de nuestra familia y nos dejaron solos, para siempre sin ti.
Hoy recordamos.
Sentimos la misma ausencia y el mismo dolor que otros muchos en USA, en Gran Bretaña, en Francia… en tantos lugares donde la locura yihadista atacó. El fanatismo, la imposición y la locura.
Te escribo desde casa, Rodrigo. Con tu nombre en los labios y tu recuerdo en el corazón. No te olvidamos. No nos olvides, hijo. Haz que nos volvamos a encontrar.
Hola, Rodrigo, buenos días, qué tal. Una semana llevamos compartiendo con G sus tres días de obra. De momento, todo bien. Disfrutando de la mutua compañía aquí, en esta casa, y apenas empezando la reforma en la suya.
Ha llovido por primera vez en todo el verano. Torrencialmente, eso sí. Y ya no hace tanto calor. Que G ande por aquí ha recargado todo con su energía joven, con lo que me siento mucho más animosa.
También estamos muy alegres por la llegada de H, el niño de E y N. Ha tenido que ser antes de tiempo, por razones médicas, y todavía está en la incubadora, pero progresa adecuadamente.
Espero que sigas pasándote por aquí, que compartas alegrías y afanes con nosotros. Por favor, cariño, sigue echándonos una mano.
El calor me ha despertado demasiado pronto, ya no puedo dormir más. Son las cinco y media, es sábado, toca escribirte, Rodrigo. Perdona si no lo hago con suficiente lucidez.
Todos en general (los amigos y conocidos, tu hermano) regresan de sus vacaciones. Me llegan sus ondas nostálgicas de ciclo que acaba, y las entre optimistas y resignadas de comienzo de un curso nuevo. Sin embargo, en mi percepción personal no ha habido ruptura alguna. Llevamos meses haciendo las mismas cosas, siento que vivo en un presente continuo.
Hasta ahora. Porque en pocos días G empieza una reforma en su casa y se refugiará aquí con nosotros. Confieso que ese cambio me asusta, pero creo que nos vendrá bien salir de la rutina. Será el antídoto perfecto para no acomodarnos.
Tengo que contarte que tu hermano se esfuerza un montón, se multiplica, para cubrir tu ausencia. Que procura ayudarnos, agradecernos, apoyarnos por él y por ti. Es un amor en ese sentido, pero sigue siendo rarísimo que tú no estés.
Y como no me conformo, quiero contar también contigo, hijo. Con lo que tú puedes hacer, desde la distancia, en tu mundo sutil. Así que, échanos una mano, porfa, en este mogollón en el que nos hemos metido. Que todo salga razonablemente bien. Que resulte llevadero.
Y en el mientras tanto, seguimos yendo a buscarte, cariño. Con besos, abrazos, risas, libros, series, pelis, música y juegos. No te olvidamos, Rodrigo. Te queremos.
Hay veces en que pienso que no voy a volver a verte, Rodrigo. Y lloro.
Hoy es uno de esos días.
Hay ocasiones en las que me exijo a mí misma mi deber de asumirlo.
Hay fases en que acepto el inmenso dolor de constatar que esta existencia absurda es todo lo que tenemos.
Entonces te pido ayuda, Rodrigo. Te ruego que me mandes avisos, señales de vida para sobrellevar estos largos años sin ti con esperanza de reencuentro.
Y van llegando canciones, pelis, visitas de amigos, llamadas, serendipias sorprendentes…
Podría contar muchísimas, pero se me olvidan. Solo sirven para momentos fugaces.
Luego, mi pobre mente diminuta regresa al escepticismo y a la pena de tu muerte, hijo querido.
Este sábado entre los cumpleaños de tu prima C y de tu hermano, a las seis de la mañana, te escribo con el alma dolorida. No sé si recibes mis escritos, pero yo sigo intentando hacértelos llegar.
Te quiero, Rodrigo. No te olvido. Te abrazo en la distancia. Espérame.
El cáctus de la ventana de la cocina ha florecido dos veces este verano. Dos hermosuras de poco más de veinticuatro horas. Belleza efímera. Vida breve que disfrutamos al contemplarlas, que añoramos con nostalgia cuando vemos su levísima consistencia.
Así fuiste tú.
Te cruzaste unos años en nuestro humilde sendero. Creíamos que seguirías caminando cuando tu padre y yo ya no estuviéramos, que serías compañero leal de tu hermano, que veríamos a tus hijos y, con un poco de suerte, a los hijos de tus hijos.
Pero no fue así.
Y desde hace demasiado tiempo buscamos cómo continuar este viaje en que no estás.
Sigo sin saber qué hacemos en este mundo extraño, plagado de asuntos miserables y a la vez belleza y dulzuras extremas.
Después de la fase de buscar desesperadamente y de la de acumular conocimientos varios, por ver si alguna cosa de todo ello nos servía, estamos en la de aceptar que nunca encontraremos la respuesta.
A lo que no renunciamos es a hablarte, a decir tu nombre, a pedirte ayuda, a esperar el reencuentro. No dejes de volar, Rodrigo. Te queremos.
Ayer estuvimos con tu hermano y con Rodo. Hoy madrugo mucho y te escribo. A menudo pienso en que la felicidad es que estuvieras aquí.
Luego me doy cuenta de que es tu ausencia la que me hace valorar tu compañía. Una paradoja enloquecedoramente absurda.
Te quiero, Rodrigo. Estés donde estés. Con millones de abrazos, canciones y juegos, libros, pelis y viajes sigo diciéndote que no te olvidamos. Vuela alto. Volveremos a vernos.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
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