
En otro de nuestros onces, pienso en ti, hijo. Diecisiete años y tres meses de injusta condena llevamos separados. Espero contra toda esperanza volverte a encontrar.
Ayúdame, Rodrigo.
Te quiere mucho: Mamá.

En otro de nuestros onces, pienso en ti, hijo. Diecisiete años y tres meses de injusta condena llevamos separados. Espero contra toda esperanza volverte a encontrar.
Ayúdame, Rodrigo.
Te quiere mucho: Mamá.

Buenos días, Rodrigo. Son las seis, hace calor y tenemos las ventanas abiertas, cantan los pájaros.
Poco nuevo bajo el sol. Seguimos las rutinas de siempre, la vida sencilla de nuestra edad y condición.
Aunque hoy será especial. Hoy vienen algunos de tus amigos a visitarnos. Después de meses de aislamiento, y con la disculpa de recoger la novela. También se pasará tu hermano. Nos reuniremos en el jardín, para estar al aire libre. Y me inunda la nostalgia. Ojalá estuvieras tú.
Ojalá.
Te echo de menos, hijo.
Me rondan la pena y la desesperanza. Por favor, Rodrigo, échame una mano. Haz sonar los cascabeles de tu risa.
Te queremos. Te quiero. Pienso en ti. Hasta pronto, cariño, mil abrazos: Mamá.

Hoy te escribiré unas líneas rápidas, Rodrigo. Como otros sábados, lo primero que hago, nada más despertarme, es hablar contigo. Y esta vez no quiero decir nada de pandemias, aislamiento, vacunas o restricciones. En esta ocasión, no apuntaré ni una palabra sobre el miedo y las sensaciones de irrealidad que todavía vivimos.
Hoy solo te cuento que hace calor y se acaba mi segundo curso sin clases, de jubilauta. Y que muchos amigos han participado en la preventa de NINA. Con lo que se van cumpliendo mis mejores expectativas para esta nueva etapa vital.
Desde que cumplí los sesenta tiendo a hacer cálculos del tiempo que me podría quedar. Es una tontada, lo acepto, pues nadie lo sabe; nadie está exento de irse en una fracción de segundo a cualquier edad. Pero a mis años esa es una tendencia razonable, permíteme decirte.
Papá me comenta, cuando se lo explico, que pueden ser lustros, décadas. Y tiene razón. Pero no pasa nada por tener el asunto al menos un poco pensado. Sin miedo. Sin alharacas. Simplemente siendo consciente.
Eso, cariño. Nada más. Que te quiero mucho y te agradezco las ayudas que me mandas. Que vamos a buscarte. Que nos vengas tú al encuentro cuando puedas. Y que te mando millones de besos y abrazos con Papá.

Felicidades, Rodrigo. Hoy, desde casita, en la oscuridad de la madrugada, pienso en ti. En el día de 1983 en que naciste. En los veinte cumpleaños que compartimos contigo. En lo que duele tu ausencia.
Como regalo secreto y simbólico, usé esta fecha tuya de tu cumple para terminar Nina. Escribí: Getafe, 24 de mayo de 2020. Y, después, mi nombre.
Era cosa entre tú y yo. Solo los más cercanos podían darse cuenta. Por supuesto estabas en las dedicatorias iniciales. Esto era el abrazo de oso que se nos quedó pendiente y que siempre quiero darte. Esto es, y lo digo en presente, la nostalgia de tu compañía, la añoranza de tu opinión de lector empedernido. Y que te quiero.
Tú me devuelves el regalo. Porque el sábado me anunció el editor que hoy llegarían los libros. Tengo que dedicarlos y devolvérselos para que mis lectores los reciban cuanto antes. O repartir en mano los que hayan solicitado entrega local. Hoy. Tu cumpleaños. Antes de lo previsto incluso por ellos. Contra todo pronóstico, porque la impresión se adelantó aprovechando un hueco inesperado.
Gracias, cariño, por tu ayuda. Con estas coincidencias reanimas la esperanza. Te quiero mucho. Espero que te guste la novela. Pero, qué digo, tú no necesitas esperar a que llegue el envío. Tú ya has dicho que te gusta.

Querido hijo, aquí me tienes, ha pasado otra semana anodina más. Suben las temperaturas, se anuncia el calor, la gente se lanza a salir a la sierra, a las playas, a las costumbres de antes con ansia. Papá y yo, por contra, seguimos medio confinados. No nos tienta la locura general.
En un par de días será tu cumpleaños. Harás treinta y ocho de cómputo numérico, y nosotros viviremos la tristeza de dieciocho sin tu compañía.
No sé para qué hago estas cuentas tristes, que duelen tanto. Los noventa de mi madre de anteayer y los tuyos de pasado mañana. Parece que no me queda otra cosa contigo ya más que recordarte, hijo. Bien que me duele, pero es lo único que tengo. Por eso no renuncio a ti, ni me conformo. Rebelde hasta el final, hasta que me salgas al encuentro y nos demos ese abrazo que se nos quedó pendiente.
Son las cinco y media. Me he despertado demasiado pronto hoy. Todavía es de noche. En esta oscuridad silenciosa te escribo con el móvil. Porque te quiero mucho. Porque voy a seguir hablándote aunque haya poquitas novedades que decir.
Vuela alto, Rodrigo. Cuídate mucho, sé feliz. Hasta pronto. Con besos, risas y libros, con enorme amor te abraza: Mamá.

Otro sábado más estoy aquí redactando las líneas que unen nuestros dos mundos. Poco nuevo tengo que contarte, pero no dejo de escribirte. No quiero romper la conexión. Buenos días, cariño. Espero que todo te vaya bien.
Aquí andamos en fase de vacunas. La primera fue B, que recibió una dosis por empleada sanitaria, luego me llamaron a mí y hace unos días a Papá. Las segundas dosis ya veremos cómo y cuándo llegan. Supuestamente, en diez o doce semanas nos citarán de nuevo para las nuestras. No se sabe qué van a hacer con las de los trabajadores esenciales, de los compañeros de B o de los míos, además de otros muchos como policías o fuerzas de seguridad. Ahora que todo se va calmando no parece haber tanto interés. Supongo que lo harán ya por sus rangos de edad. Quizá para fines de agosto también incluyan a los de vuestros años y les toque a tu hermano y tus amigos.
Hace calor, se ha acabado el estado de alarma y la gente se echó a las calles como si todo hubiese concluido completamente. Ya no quieren pandemia. Están hartos. Como si su fatiga sirviese para acabar con el virus de un solo golpe. Hacen fiestas, llenan las calles y las playas. Se lanzan a terrazas y centros comerciales, sin distancias, incluso sin mascarillas.
Nosotros evitamos las multitudes, pero ayer mismo nos cruzamos con tres jóvenes sin mascarillas en nuestros paseo por el parque. Como si el virus hubiera desaparecido. Ojalá las vacunas sean contrapeso suficiente a este descontrol popular.
Esta tarde veremos a tu hermano. En exteriores. No dejes de cuidarle, de cuidarlos a B y a él, de velar por nosotros. Ay, cariño, ya sabes que te queremos. Te echo mucho en falta. Te mando miles de risas y libros, pelis y juegos. Y millones de abrazos de oso apretados y dulces, desde casita, de los nuestros.
Nos leemos pronto. Con todo nuestro amor: Mamá y Papá.

Diecisiete años y dos meses. Una larga condena es tu ausencia. Te echo de menos. Si estuvieras, qué harías, dirías. ¿Cómo serían nuestras vidas contigo a nuestro lado?
Nunca te olvido. Y menos en nuestros onces. Abrazos de oso: Mamá.

Buenos días de sábado otra vez, hijo. Te escribo, como es habitual, tecleando en el móvil. Muy temprano. En medio de esta larga monotonía pandémica.
El jueves vacunaron a papá. Fue un llamamiento rápido. Recibió el aviso el mismo día, con apenas ocho horas de margen. Al menos ya fue. Ahora hay que dejarle tiempo al sistema inmunitario.
El lunes empezó la preventa de mi primera novela publicada. Han respondido muchos amigos, menos mal. La preventa dura, sin embargo, varias semanas. Te iré contando.
Tu hermano y su mujer siguen bien. Los vemos poco, pero estuvimos juntos el día de mi cumpleaños, (en el exterior y con mascarilla, por supuesto).
Las restricciones empiezan a aflojar la próxima semana. La gente ya no las soporta y puede ser que se produzcan rebrotes. Parece que, sin embargo, serán menos graves gracias a la constante vacunación. Yo añado, que también a la responsabilidad de muchos ciudadanos sensatos.
Y eso es lo que te puedo escribir. Ya me gustaría tener noticias tuyas, desde tu universo paralelo. Agradezco, en cambio, las ayudas y guiños que considero tuyos y que alimentan mi esperanza. Sigue enviándonos esos rayitos de luz, por favor, Rodrigo.
Te queremos. Vamos a buscarte. Hasta pronto.

Buenos días, Rodrigo. Hoy es el cumpleaños de tu primo Dani y mañana cumplo yo. Mayo es nuestro mes más señaladito, por nosotros dos, y por mi madre, que nació un día 20, tú mismo el 24 y tu prima Alicia el 26. En estas fechas especiales es cuando más se nota tu ausencia. Ay, hijo, son demasiados cumples míos sin ti y tuyos sin tarta ni velas. Te añoro mucho.
Empieza hoy también un finde largo de tres días, pero de esos de ahora, paralizado aún por las restricciones de la pandemia. Y el martes 4 es laborable pero especial, porque tenemos una convocatoria extraordinaria de elecciones en Madrid. Un despropósito.
La presidenta las convocó de urgencia, por ver si lograba una mayoría que la dejase gobernar sin pactos lo que hasta ahora han sido veinte meses de desgobierno. Ojalá le salga mal su envite. Pero las encuestas la pintan como ganadora, por eso se lanzó en plancha, sin importarle estar en plena pandemia de COVID-19.
Tú nunca llegaste a votar en unas generales, pero lo hiciste dos veces en las autonómicas. Fue cuando ese mismo partido político compró a dos diputados regionales para no perder el poder. Ahí siguen todavía. Ahítos de latrocionio y corrupción, cargados de supuestos argumentos, de esos vergonzantes que insultan a la inteligencia, pero demagógicamente populistas.
La vida sigue siendo esta serie interminable de sucesos, cotidianos, extraordinarios, banales o significativos. Me duele no tenerte aquí porque te echo en falta muchísimo, pero a la vez sé que no es gran cosa lo que te pierdes de esta loca existencia.
Te quiero, hijo. Espero reencontrarte en otro espacio-tiempo que nos sea más propicio. Y mientras tanto te he dejado un montón de libros nuevos sobre la cama. Si estuvieras, seguro que los leías y comentabas conmigo. Ay, sí… Si estuvieses aquí.
El lunes le toca el turno a mi novela. Por favor, cariño, échame una mano. Porfavorito.

Buenos días días, Rodrigo. Son las seis y media de un nuevo fin de semana. La rutina se rompe hoy, porque me han citado para la vacuna contra la COVID-19. La primera dosis.
Ahora ya solo pienso en cuándo se la pondrán también a Papá. Espero que sea muy pronto. Y a tu hermano. Porque B, por sanitaria, hace ya semanas que la recibió.
Quizás para el verano todos, el país entero, estemos en mejores condiciones. Quizás estos tiempos sean ya el principio del fin. Después de trece largos meses de incertidumbre.
Y así resistimos, hijo. Prudentes, centrados en nuestros quehaceres, saliendo solo lo imprescindible.
Ay, Rodrigo, te siento tan lejos… Tanto como siempre y, qué extrañas son las ausencias, más que nunca. No sé cómo llamarte, acercarme a ti, cariño, tras estos diecisiete años de separación obligada.
Vamos a buscarte. Papá me lo recuerda cuando me agobio. Sí. Pero es que no estás. Quiero volver a encontrarte, pero mientras tanto no me hablas, no ríes, no vienes y vas, ni me escribes mensajitos de lo que piensas o haces.
Por eso te los mando yo. Te quiero mucho. No te olvidamos. Date una vuelta por nuestros sueños, haz sonar los cascabeles de las estrellas. Aquí nos tienes, esperando tus noticias. Millones de besos: Mamá.