Nuevamente sábado

Te escribí ayer, pero no quiero dejar de ponerte unas líneas, como cada sábado. Buenos días, Rodrigo.

Poca cosa nueva tengo que contarte. Seguimos con el mismo aislamiento social, excepto pequeñas visitas de tu hermano, cada finde. Hacemos la compra una o dos veces por semana, lo habitual antes de todo este jaleo y que ahora se muestra costumbre prudente que conviene mantener.

Hemos eliminado, sin embargo, las actividades en recintos cerrados. No tengo cursos previstos para este año, excepto si son por vídeo conferencia. Es casi un confinamiento voluntario, pero teniendo la posibilidad de romperlo a ratos, con alguna visita cultural. Por supuesto con todas las cautelas que se nos ocurran.

Valoramos, también, alguna salida esporádica para ver cómo empieza el otoño por los alrededores, pensando en que es más seguro andar por parajes naturales que por la ciudad. Ahora que, por fin, baja el calor y se puede salir por ahí.

Y eso es todo. Así de simple. La pandemia nos condiciona la vida, como puedes ver.

Recordamos con cariño y emoción lo que compartimos contigo, pero Papá y yo siempre hablamos de ti en presente. Esperamos tu ayuda y consuelo ahora en el día a día. Y confiamos en que saldrás a buscarnos cuando nos llegue la hora. No dejes de hacernos señas que alimenten la esperanza del reencuentro. Porfa, hijo.

Te queremos.

11 de septiembre de 2020

Hoy es uno de nuestros onces más señalados. Por los ataques terroristas que precedieron a los nuestros. Porque marca medio año más, cada vez, en el cómputo terrible de tu ausencia.

Dieciséis años y seis meses. A partir de esta fecha inicio el descuento que me acerca a marzo. Al próximo diecisiete. Ay, hijo, demasiado tiempo sin ti. Para siempre sin ti. El resto de nuestras vidas, marcadas por tu muerte, viviendo en la extrañeza del vacío que dejaste.

Con mi jubilación y con la covid, nuestras existencias han dado un nuevo quiebro. Estamos más aislados, más ajenos, en rutinas nebulosas de precauciones. Y esa nueva ruptura también te aleja a ti, porque desdibuja los recuerdos de la cotidianidad a la que estaban ligados.

Pero no te preocupes, Rodrigo. Esperamos que estés bien. Y seguimos viviendo contigo en el corazón ♥. Vamos a buscarte, ya sabes. Nunca dejes de señalarnos el camino.

Besos, besos, abrazos y risas. Siempre cuatro: Papá, G, tú y yo.

Ha llegado septiembre

Sí, ya estamos en septiembre y hay indicios del otoño en cada rincón. Las noches se han hecho más largas y frescas, tu árbol favorito tiene ya algunas hojas amarillas y la ciudad está recobrando su ritmo cotidiano.

Te escribo en el silencio de las ventanas cerradas y la oscuridad de las seis. Como cada sábado pienso en ti mientras tecleo. Hoy comemos con tu hermano y su mujer. Vienen a casa a pasar unas horas con nosotros. He preparado su plato favorito porque fue su cumpleaños hace poco. Como siempre. Aunque ya nos vimos por entonces en su casa y lo celebramos juntos, recupero con nostalgia aquella costumbre cumpleañosa nuestra. Intento recordar qué pedías tú y no me acuerdo. Me llegan ideas vagas de pasta y comida italiana. Y me pone muy triste, Rodrigo, constatar cuánto se me diluye la memoria.

Luego me digo que no debo aferrarme al pasado, porque es engañoso y no estás allí. Te añoro, hijo, pero te prefiero cerca, acompañando mis pasos en el presente, a tu modo sutil. Cuida de tu hermano, de papá, de B y de esta madre tuya que te echa tanto de menos.

Hace un año exacto que me jubilé. Quiero creer que sigues estando a mi lado en esta nueva etapa vital. A veces muy lejos, pero conmigo. Llevo un tiempo de fase roma, pero no me dejo intimidar. Gracias por cuidarnos, cariño. Tú vuela alto. Y échanos una miradita cada vez que puedas.

Te queremos, Rodrigo. Muchos besos y abrazos de oso, libros, pelis, canciones, juegos, viajes, series, disfraces y risas. Hasta pronto.

Último sábado de agosto de 2020

Hola, hijo, buenos días. Hoy te escribo muy temprano, porque me he despertado de madrugada. Son apenas las cinco y media.

La temperatura ha bajado diez grados, entra un aire muy frío por la ventana. Me desazona una sirena que suena un ratito, a lo lejos, no sé si es una ambulancia, posiblemente sean los bomberos. Pero enseguida desaparece y regresa la calma. Se acaba el verano y nosotros seguimos bastante aislados, saliendo poco, apenas a dar un paseo cada tarde y a los imprescindibles.

En noches como esta echo la vista atrás y encuentro que el tiempo pasado me impacta. 29 años llevamos en esta casa, 16, la mitad de ellos, sin ti, Rodrigo. Y siempre añoro tu presencia. Y me duele tu muerte prematura e injusta.

Recuerdo aquellas fechas de finales de agosto de 1991, que fue cuando vinimos aquí. Solo se había instalado un vecino. Y tu hermano terminó de aprender a montar en bici sin ruedines, arriba y abajo, aprovechando que teníamos nuestra corta calle fondo de saco vacía de coches y a nuestra total disposición.

Papá y yo habíamos dejado el barrio de nuestra juventud y la cercanía de la familia. Vosotros habíais dicho adiós al colegio y a los primeros amigos. Nos vinimos a un lugar desconocido, pero por fin nuestro. Y que nos ilusionaba. Ay, hijo. Qué maldito destino a la vuelta de unos pocos años te estaba aguardando…

No me hago mala sangre al respecto. Sabemos lo que ocurrió, pero no lo que nunca llegó a suceder y que podría habernos afectado en otras circunstancias. Vivir casi veintiún años contigo fue una suerte y un honor, Rodrigo. Nunca renunciaremos a ti.

Desde esta casita que amaste, que nos arropó entonces y todavía es nuestro refugio, te escribo, hijo. Papá y yo siempre hablamos de ti y mantenemos la esperanza del reencuentro. ¿Llegarás entonces a reconocer a estos ancianos padres que te echan en falta y te quieren?

No te olvidamos. Haznos señas, sobre todo cuando perdemos el rumbo. Cuida de tu hermano. Y no dejes de sonreír. Pensarte sonriendo es el mejor antídoto para la pena.

Millones de abrazos, series, libros, bailes y juegos. Ven a vernos en sueños, anda, porfa. Con todo nuestro cariño: Papá y Mamá.

22 de agosto de 2020

Hola cariño, buenos días.

Se me pasan los días sin sentir, ya casi se agota el verano, pero cuando echo la vista atrás, sé, porque me duele en cada hueso y en cada músculo, que es demasiado tiempo para estar sin ti. Desde 2004, cuento 16 años, 5 meses y once días. Una eternidad de ausencia.

Te pienso en este cuaderno virtual, te llamo, te pido ayuda, te cuento cosas, te echo en falta. Hoy, a las puertas del cumpleaños de tu hermano, que es mañana, me duelen todos los que tú no has podido vivir.

Él va a hacer 36 y tú tienes uno y medio más, pero solo en las cuentas que te llevo yo en la memoria. Desde los 20 de tu marcha forzada y repentina ya casi doblamos tiempo. Y me duele pensarlo e imaginar esos 40 para los que queda poco y que marcarían el mismo cómputo contigo que sin ti.

Querido Rodrigo, qué lejos estás, cuánto te añoro. Espero tu sonrisa y tu abrazo virtuales. Y te dejo esta carta, nuestro recuerdo y nuestro cariño en ese lugarcito secreto que todavía compartimos. Que sigue siendo posible porque el amor nunca muere.

Volveremos a reunirnos. Mientras tanto, hay que mantener la esperanza. Yo lo intento con la escritura. Y queriéndote mucho. Espéranos, hijo. Vamos a buscarte.

A mediados de agosto

Buenos días, Rodrigo. Espero que estés feliz en tu mundo sutil, que hayas aprendido, disfrutado, sentido y experimentado al menos lo que aquellos locos fanáticos te arrebataron y no pudiste experimentar aquí. Y, por supuesto, muchísimo más.

En este planeta desquiciado nuestro, seguimos en vilo por el coronavirus, con unas vacaciones atípicas, sin turismo, controlando los contactos sociales, en medio de una economía depauperada y rebrotes múltiples que dan bastante prevención. Pero resistimos.

Hace un par de días, como supongo que sabes, murió el padre de C, tu amiga y, desde que faltas, también nuestra. Esperamos que le hayas salido al encuentro y que estéis riendo juntos los miles de chistes y chascarrillos que le gustaba contar. Y que envuelvas con tus abrazos curativos a todos los que se quedaron aquí llorándole. Por favor, cielo, no dejes de velar por ellos. Y por nosotros.

No te preocupes, seguimos bien. Todo resulta cada vez más raro, y se complica por momentos, pero bien. Tu hermano y B disfrutaron unos días de vacaciones y volverán a hacerlo en cuanto puedan de nuevo otros pocos más. Papá y yo, sin embargo, esperaremos todavía unas cuantas semanas. Puede ser que para entonces no nos dejen salir, pero tampoco nos afectaría demasiado. Nos importa mucho más que todo vaya mejorando. Y eso no sé yo. Habrá que vivirlo hora a hora, en este presente continuo y extraño.

No te olvidamos, Rodrigo. Vamos a buscarte. Seguimos los hitos que nos dejas, gracias por ese esfuerzo. Te mandamos risas y besos, libros y pelis, juegos y series, abrazos de oso y bailes.

Te queremos. Te pensamos y llamamos. Desde casita, con todo nuestro amor, te hacemos señas. No dejes de venir: Papá y Mamá.

Nuestros onces

Pienso en ti, Rodrigo. Te llamo. Te añoro. Te quiero mucho.

No me olvido de que hoy vuelve a ser once.

8 de agosto de 2020

Hola, Rodrigo, buenos días. Aquí estoy otra vez, charlando contigo en este lugarcito de encuentro de todas las semanas.

Ya imaginas lo que puedo contarte, que hace calor, que hay poca novedad, excepto mis miedos en cuanto a lo que nos espera. Seguimos en la pandemia, ahora con un rebrote que amenaza con multiplicarse exponencialmente. Lo que nos temíamos desde el principio y que se va cumpliendo.

Todo el planeta está infectado de COVID-19. Y en estas circunstancias adversas surgen lo mejor y lo peor de las personas. Me asusta pensar en los próximos meses. Tanto, que, mira la paradoja, me «consuela» que no tengas que vivir estos tiempos horribles. Te echo de menos, Rodrigo, como siempre, más que nunca. Sin embargo, no me atrevo a decir la frase habitual, el «ojalá estuvieras aquí». Sería una crueldad ponerte en esta tesitura.

Porque vamos a peor. Y no solo en cuanto a la enfermedad, sino en mi ya casi inexistente confianza en el género humano. En las primeras fases del confinamiento, pensé que las cosas no progresaban por ineficacia de los dirigentes de esta comunidad autónoma. Pobre ilusa, ay, mísera de mí, ay, infelice.

Ahora comprendo que sus decisiones fueron, son y serán deliberadas y conscientes. Y, lo que es peor, que las mantienen por sus convicciones y ansias económicas, sin importarles los ciudadanos que se puedan llevar por delante. Que, de hecho, se están llevando por delante.

Ya han costado miles de muertos en las residencias de ancianos. Ya han jugado con las vidas de los sanitarios sin pestañear. Les importan poco los viajeros amontonados en los transportes públicos. Y, por supuesto, van a hacer lo mismo con mis compañeros, los profesores, en cuanto vuelvan a las aulas.

Me asusta esa frialdad de los poderosos respecto a las bajas, que había estudiado en la Historia, y que estoy viviendo en primera persona en nuestro presente. Me sorprende, también, la inconsciencia de la masa. Así se explican los hechos tortuosos del pasado, por esa neblina de escasa percepción social, supongo.

No sé si puedes ayudarnos, hijo. Quizás te sea posible echarnos una mano. Por favor, cariño.

Pienso en ti. Y te mando todo mi amor. Te quiero mucho, Rodrigo. No te olvido. Abrazos gigantes: Mamá.

1 de agosto de 2020

Este es otro sábado más, tempranero y de verano, que te pongo unas Líneas, Rodrigo. Hace calor, duermo mal, sigo casi confinada, con papá, y pienso en ti.

Llevo años hablándote en este blog que tiene tu nombre, casi los mismos de tu ausencia. Espero que nuestras conversaciones sean el puente necesario entre aquellos tiempos felices del pasado que compartimos y los que nos esperan en ese futuro desde el que nos inspiras. Solo se me ocurre este recurso para mantenerte con nosotros en el presente. Por eso no cejo en mi empeño.

Por eso, también, hemos llenado la casa de fotos tuyas. Me miras desde una de ellas ahora mismo, mientras escribo. Gracias a ellas no se me diluyen tus rasgos, tus facciones, tu sonrisa, y tu forma de guiñar los ojos mientras te reías.

El miedo vuelve por oleadas, la situación de pandemia es agobiante, el calor enerva, las mismas rutinas que ayudan a veces, son un estresor más en otras ocasiones. Resistimos, hijo. Aunque la vida se ha vuelto más extraña, anodina y alienante que nunca.

No te olvidamos. No dejes de mirar por nosotros. Te mando cariños de todos. Vuela alto, Rodrigo. Sé feliz. Y espéranos. Te queremos.

Último sábado de julio de 2020

Hola, Rodrigo, feliz finde. Espero que te vaya bien, aquí no tenemos motivos de queja, excepto tu silla vacía. Todo parece fluir con normalidad. Vivimos con poco contacto para evitar riesgos, seguimos teletrabajando, sin vacaciones, en una cotidianidad sencilla y rara.

No nos vemos con casi nadie, solo mantenemos contactos telefónicos, pero el miércoles vimos a Ela y a tu tío JM, por cuestiones de papeleos todavía pendientes desde la muerte de J. Con el confinamiento, la burocracia va más despacio, aunque por fin se encarrilan los asuntos, menos mal.

Y ayer, por unos pequeños arreglos de canalones, estuvimos un ratito también con tu hermano. Poco más se puede contar últimamente, la vida ha vuelto a una rutina extraña, sosa y anodina. Pero no necesitamos más sobresaltos, por favor. No importa que sea así.

Pienso en ti y en lo lejos que estás, hijo. Nunca me acostumbro a tu ausencia, te echo de menos en cada vuelta del camino. ¿Qué dirías en estas circunstancias? ¿Cómo sería todo si estuvieses aquí? Ojalá pudiera oír tu voz y tu risa, tus ideas, tus dificultades, tus sueños…

No te olvidamos, ya lo sabes. Nos mantenemos expectantes, esperando el reencuentro, Rodrigo. Mientras llega, sigue cuidando de nosotros, por favor. Desde que se te llevaron, somos pocos, estamos asustados y la existencia se nos hace amarga.

Hasta pronto, cielo, muchos abrazos, canciones, películas y series, risas y juegos. Ya sabes cuánto te queremos. Vuela alto. Sigues en nosotros, hijo. Con cariño: Papá y Mamá.