Últimos días de primavera

Entre exámenes e informes se acerca el final de junio y de mi cotidianeidad. Desde que tengo uso de razón he medido el tiempo en cursos escolares, ¿cómo lo viviré ahora? Querido hijo, todo se me vuelve ajeno, y en ese desconcierto tu ausencia se agranda.

Hago la cuenta atrás y apenas quedan catorce días de trabajo. Luego llegarán unas vacaciones tan anheladas como otras veces pero de las que no tengo que regresar. ¿Dónde andas, Rodrigo? ¿Me ves envejecer? ¿Volveremos a encontrarnos?

Te mando abrazos desde esta casa nuestra que tanto amaste. Papá ha conseguido por fin que el trocito verde del jardín tenga el césped bonito. Y yo he cosechado una cala (de momento, espero que alguna más) después de una década de total escasez. El sótano y la gran mesa de juegos se ha convertido en zona de costura, y tu cuarto está invadido de papeles, aunque conserva todos tus libros y  tus trastos en el armario. ¿Estás ahí, cariño?, ¿me oyes?

Nunca desisto de quererte, de escribirte o de esperar el reencuentro. Hasta prontito: Mamá.

Añoranzas escolares

Regreso ahora de la fiestecita fin de curso que llevamos celebrando solo unos años. La graduación de segundo de bachillerato es más solemne, pero esta de los demás grupos, muy casera, me resulta tierna, sencilla y entrañable.

Hubo diplomas, canciones y mucho jaleo. Fue casi igual que como sucedieron las tuyas. Y de pronto, en aquel salón de actos en el que tú también estuviste, me invadió una nostalgia infinita.

Saber que era mi última celebración, tu recuerdo, dulce y triste a la vez, y la música, que tanto me afecta siempre, casi pudieron conmigo.

Pero me aferro a la esperanza.

Sueño contigo

Acabo de despertar de un sueño agitado y en los últimos instantes me has dado un gran abrazo.Todavía lo siento. Era cálido y blando, te dije que te había echado de menos y tú me contestaste «Y yo a ti».

La conversación me pareció rara, verte era cotidiano y a la vez extraño. Por un momento (Gonzalo también estaba cerca, en casa, escaleras arriba, contigo), no me constaba que te hubieras ido. Andabas rodeado de libros, no sé si con el ordenador o en tu cuarto, pero en la planta de arriba. Luego regresó la certeza de que te fuiste hace ya quince años y dos meses.

Algo me avisó mientras sucedía, supongo que estaba entrando en el duermevela. Una parte de mi consciente sabía que era un regalo tenerte de nuevo, que estuvierais los dos, adolescentes, como antes, hace ya tanto tiempo…

Lo que recuerdo del sueño previo a tu presencia es que había un montón de gente que intentaba invadir la casa. Se había estropeado la cancela exterior y dejaba pasar a grupos de extraños personajes. Unos cuantos parecían charlatanes de esos que intentan convencer de lo imposible, otros eran maleantes, había incluso unos pocos ancianos muy mayores y flacos, totalmente despistados. Yo les empujaba fuera y les amenazaba con llamar a la policía. Y ellos intentaban colarse una y otra vez.

El resbalón de las puertas fallaba y pensé pedirle a tu padre  que les echara un vistazo cuando volviera del trabajo. Finalmente conseguí que todos se fueran y una vez en casa, agotada y ansiosa, descubrí que no estaba sola, que estabais los dos, tu hermano y tú, en vuestras habitaciones. Subí a contaros. Y fue cuando me diste ese abrazo que todavía siento. De inmediato me desperté.

Gracias por la visita onírica. En unas horas firmo tu libro en El Retiro, en la caseta 311 (tus números, menudo guiño de los tuyos, hijo), de La Feria del Libro de Madrid. Estás con nosotros. Te queremos.

Jueves sola en casa

Hoy empiezan las fiestas de Getafe, ¿te acuerdas, Rodrigo? Tu padre se ha ido al trabajo y yo tomo ahora la revancha del día de San Isidro que no celebramos en esta ciudad.

En la casa solitaria te echo de menos más que nunca.

Añoro los días de vuestra infancia y, sobre todo, aquella inocencia vital nuestra que nos permitía embarcarnos en cualquier asunto con el optimismo inquebrantable de la juventud.

Ya nada es tan fácil. Me ronda una pena negra que creía finiquitada. Y la ruptura de lo cotidiano la empeora. Sé que se produce porque vivo mis últimas jornadas escolares. También sé que me asalta cuando deja de arroparme la rutina.

Por eso intento no dejarme arrastrar por la tristeza. Echame una mano, hijo querido.

Te añoramos

Hemos pasado el día con tu tía N y con tu primo D. Siempre es un tiempo agradable con ellos. Tu prima C tenía trabajo, pero vimos unos cuantos de sus vídeos y reímos con ella como si hubiera estado también. Solo faltabas tú.

Tu hermano comentó que uno de sus conocidos cumple años tu mismo día y que eso le molesta mucho. Es una reacción visceral que no puede controlar y que regresa cada año. Pobre. Todos lo comprendemos, lo compartimos, sabemos de sobra de qué nos habla.

Es que te echamos muchísimo de menos, Rodrigo.

Feliz cumpleaños, Rodrigo

Hace treinta y seis años viniste al mundo, recuerdo el día y la emoción de tenerte entre mis brazos. Hoy me despierto entre la niebla existencial de que todo fue un sueño y la certeza terrible de tu ausencia. Y tengo la última fiesta de graduación justo esta tarde, un bonito guiño de tu parte. Te quiero, hijo.

¿Dónde iremos a buscarte?

De repente quiero hablar contigo, hijo. Y no se me ocurre ningún otro lugar para hacerlo que este rinconcito, liviano, apenas real, construido en ese código binario con el que tanto bromeábamos. Te echo de menos, Rodrigo. Te quiero.

Tercera semana de mayo

Llevo unos días difíciles, con los alumnos pequeños muy alterados y bruscos cambios de temperatura que los desconciertan más aún. No dejo de pensar en que es mi último curso. No deja de extrañarme que tú no estés.

Veo la alegría de tu hermano por mi próximo retiro y creo adivinar cómo sería la tuya. Pero no estás. Te echo en falta, hijo. Ojalá estuvieras aquí.

Once de mayo de 2019

Buenos días ventosos, de nuevo te saludo hijo. Esta semana se me ha pasado veloz como un sueño, qué extraño me parece todo…

Comprendo que son los últimos días y me cuesta vivirlos. Seis u ocho sesiones más con los alumnos pequeños, pues los de bachillerato ya terminaron, y se acabó el curso. Junio es solo de repaso y recuperación con menos estudiantes todavía. Después de treinta y ocho años docentes, me voy. Y tú sigues sin venir a verme, Rodrigo. Te esperé junto a la ventana, pero no regresaste a casa.

Ya he fijado la fecha para la despedida y hasta he apalabrado una actividad con Nacho Soriano: un par de horas en un scriptorium medieval. No soy mucho de ir a comer a un restaurante, mejor una celebración en nuestro insti, con mis compañeros. Ando mirando un servicio de catering cercano y ambas cosas se van a centrar en el día 27 de junio. En esa mañana. Ay.

Toda la vida en un entorno escolar: primero, como alumna (de los seis a los veintidós) y luego como profe, ¿qué voy a hacer ahora? Tengo muchas ideas en la cabeza y muchos sueños que cumplir aún, pero el vértigo vuelve a asaltarme según se acerca del momento. Y como siempre sucede en los cambios, noto enormemente tu ausencia.

A tu hermano lo vemos a menudo, casi cada semana. Y nos mantenemos en contacto por WhatsApp en cuanto se nos ocurre algo, pero tú, cariño, tú andas tan lejos, tan ausente… Te añoro demasiado para no llorar cuando te pienso.

Buenos días ventosos, hijo, vuela alto y visita nuestros sueños. Por favor.

El puente de mayo y mi cumpleaños

El ramo que me regaló Papá junto a tu foto de niño

No puedo escribirte en el móvil, tiene el teclado medio inoperante. Me molesta mucho esta obsolescencia programada que me hace más difícil la comunicación contigo, con tu hermano (al que mando audios en whatsapp, pobre, cuando me desespero) y con la gente en general. El aparatejo va bien, solo le falla eso, no quiero cambiarlo, pero me temo que será inevitable.

Buenos días, cariño, desde esta casa que compartimos contigo trece años y desde la que te esperamos, llamamos y buscamos hace ya quince. Todo se hace viejo sin ti. Yo también, como me recuerda el día de mi cumple.

Estoy pasando el puente con mucha relajación, después de otros findes corrigiendo como loca. Papá y yo hemos evitado salir fuera a conciencia, huyendo de los gentíos, pero disfrutamos en casa del jardín y de la primavera maravillosa que nos llena de flores y nos arropa con un clima cálido. Damos buenos paseos y siempre te llevamos en los labios y en el corazón.

Se acaba el curso, todavía voy haciendo nuevas presentaciones de tu libro, esta vida loca continúa y le sigo el paso lo mejor que puedo, a trompicones a veces, lo más consciente y honestamente que puedo. Con los pequeños inconvenientes obvios nuestras existencias prosiguen fluidas, hasta que algo vuelva a truncarlas. Este mundo es así, sentimos que no podemos quejarnos de otra cosa que no sea tu muerte injusta y la dolorosa separación impuesta. Te añoramos, Rodrigo, te echamos mucho en falta. Ojalá estuvieras aquí.

Mientras vuelve el momento del reencuentro, no te olvidamos. Sigue poniendo hitos, hijo, para que no perdamos el tumbo. Con todo amor: Mamá.