Puente de Constitución e Inmaculada

Saludos desde un sábado muy frío, rodeados de fiestas y con un montón de exámenes sobre la mesa. Lo que ya conoces de sobra de estos días prenavideños, qué puedo contarte, Rodrigo, que tú no sepas ya.

Papá y yo caminamos de la mano con sosiego, charlando, acompañando a tu hermano, intentando hacer vida normal. Pero a veces sucede algo esperanzador, como el día 6, cuando fuimos al teatro y un personaje se llamaba como tú y su nombre, que rimaba dos veces, nos sorprendió por un momento maravilloso y nos infundió de nuevo una chispa de magia.

Luego la vida regresa a sus tintes grises y no podemos quejarnos, somos afortunados ciudadanos del primer mundo, no podemos perderlo de vista. Aunque te echamos muchísimo de menos, solo tu ausencia rompe la perfección de una existencia acomodada por la que nos debemos sentir afortunados. Aunque nos cueste.

Ay, hijo, qué paradoja. Lo habríamos dado todo por tenerte a nuestro lado, pero no hubo elección posible, y agobiarse con los «si hubiera» apenas sirve para autoinfligirse un dolor innecesario.

Desde estas fechas de fiesta y gentío pensamos en ti, como siempre, querido Rodrigo amoroso de los abrazos de oso. Montones de achuchones, cielo. No te olvidamos.

 

Diciembre 2017 

Escribirte cada semana me da una perspectiva temporal diferente del cómputo del tiempo, Rodrigo. En esta segunda parte de mi vida, en la que tú no estás, fluyen los días a trompicones. Unas veces con agilidad aterradora, otras con morosidad agobiante. Nunca me acostumbro del todo a esas oscilaciones. Quizás porque, como al hecho de tu ausencia, no quiero acostumbrarme. 

De nuevo vivo estos días de vorágine de final de trimestre. Ya apenas me inmutan. Luego pienso que pueden ser los penúltimos, que mis rutinas vitales podrían cambiar en breve. Y lo conocido y tantas veces descrito adquiere un nuevo valor. Y reflexiono sobre ello. 

Todo cambia. Ta panta rei, que decían los griegos. Es lo único cierto. 

Entre certidumbres y rutinas que me arropan y novedades a la vuelta de la esquina, como siempre, te llamo, te añoro y te quiero, hijo. Vuela alto, pero no dejes de mirarnos. Espéranos. 

Paso a paso 

Qué lejos andas, hijo. Cuánto tiempo ha transcurrido ya desde los dulces y fríos noviembres contigo, cuando hacíamos cálculos para las fiestas navideñas, y hasta nevaba. Todo ha cambiado, incluso el clima no es el mismo. 

Os echo de menos a tu hermano y a ti. Añoro la vida sencilla e inocente de entonces. Luego comprendo que la de ahora es la que toca y que tengo que vivirla con consciencia. 

A tu hermano le veré esta tarde, y lo cierto es que  hablamos  a menudo. A ti te llamo desde lo más hondo de mi corazón, que es el único sistema que tengo para comunicarme contigo. 

Te  quiero muchísimo, Rodrigo. No renuncio a nuestras charlas. Aunque a veces me sienta poco empática, aunque me asuste que estés tan lejos; aun teniendo miedo de haber perdido la conexión.

El jardín tiene un verde nuevo en la pradera, los árboles están ya casi desnudos, la camelia del macetón luce sus primeras flores… Desde casa te hago señas Rodrigo. ¿Nos sientes, cariño? ¿Puedes echarnos un vistazo? Nunca te olvidamos, ¿y tú? Haznos señas de complicidad, déjanos oír tu risa. 

Un finde repleto de actividades 

A veces la vida corriente se transforma en una gymkana. Obligaciones y sucesos, ocio y casualidades, todo junto, han venido a coincidir en estos pocos días. Aun en medio de tanta vorágine pienso en ti.

Cuando me falla la confianza del reencuentro, tú la apuntalas. No sé cómo te las apañas. Y mi perenne tendencia al escepticismo resulta siempre derrotada por nuevas señales que mantienen la esperanza.  En ti.

Estamos en fase  «ocupadísimos», pero no te olvidamos, Rodrigo. Desde algún sitio te ríes y sentimos esos cascabeles. Y nos animan a continuar.

Tú sabes de sobra que te queremos, pero te lo voy a repetir siempre. Te queremos, hijo. Montones de abrazos de: Papá, Mamá y G. 

Catorce onces de noviembre sin ti 

11-11 es una fecha simbólica que a menudo nos acompaña.  Catorce noviembres cuento ya de ausencia, trece años y ocho meses desde que te fuiste.

Hace una eternidad estabas aquí, hijo querido, la vida era sencilla y parecía clara. Hoy sabemos que puede ser malvada, repentina y  cruel,  mientras  tu hueco en la casa todavía duele.

Siempre. Con notas menos acres, pero  duele. Con fases de extrañeza, de rabia, de alejamiento emocional, de certeza, de autoimpuesta serenidad…

No te olvidamos, Rodrigo. Y sabemos de sobra que  tú tampoco dejas de pensarnos. Vuela alto, cariño, pero vuelve  tus ojos hacia nosotros: tu familia, tu casa y tus amigos. Y sonríe. Que se escuchen también los cascabeles de tu risa.

Te queremos. Y aunque nos separe la laguna de la muerte, el amor no decrece. Pensamos en ti. Te llamamos. Te echamos en falta. Ojalá estuvieras aquí.

Mil cariños, risas, bailes, canciones, besos, juegos  y muecas. Te abraza con toda su fuerza: Mamá.

Cambios

Pasan los días y la vida con suavidad. Se me juntan los ayeres y los mañanas en una monotonía de sucesos sencillos y esperables. Tu hermano, tu padre y yo seguimos las sendas que nos han correspondido, paralelas y cercanas, echando en falta la tuya, Rodrigo. Ojalá estuvieras aquí.

Solo sucesos simples rompen esa monotonía, como una poda importante del pruno de la entrada o arreglos de pintura en la buhardilla. Pequeños hitos, nada demasiado fuerte. Pero no dejes de venir a vernos. En cada momento vital te necesitamos cerca, hijo. 

Te queremos. Lo sabes pero es algo que debe repetirse. Te queremos. Nunca dejes de volar, ni de cuidarnos. Vamos a buscarte. Montones de abrazos, risas y besos. Todo mi amor: Mamá. 

Noche y día de difuntos 

Pienso en ti. En cuánto te gustaba la película de «La vida es bella». En qué me dirías si pudieras venir por un momento.

Te quiero, Rodrigo. 

Tu infancia 

Esta imagen de un chavalín jugando a hacer pompas de jabón me ha inspirado hace un momento, Rodrigo.  Me hizo recordarte niño. Como un par de días atrás, cuando casi  te sentía por la casa, especialmente en tu cuarto. Y te entreveía escondido entre el armario y la cama, para darme un susto.

Luego vino tu hermano a pasar la tarde con nosotros y me pareció que tú también estabas. Que hay parte de ti en nosotros, que sobrevivirá en la nueva generación que Gonzalo ya sueña, que nunca te irás del todo aunque sea tan duro no tenerte aquí.

Sabes que te queremos, pero te lo digo de nuevo. Sigue volando alto, hijo. Espéranos.

Siempre te pienso 

Cada vez que te escribo procuro conectarme con el amor que te profeso. Lo consigo haciendo el silencio en mi interior y recordando: el flequillo de tu infancia, por ejemplo; las estanterías llenas de  libros que tanto te gustaba leer y comentar; tu risa limpia, ojalá pudiera volver a oírla, resonando por la casa; el calor de tu mano en la mía siempre helada, cuando íbamos juntos al cole; tu manera personal y añorada de dar largos trancos al caminar…

Hay días en que nuestra vida conjunta fluye con facilidad,  y otros que se atora y parece ajena y extraña. Como hoy.

Pero te escribo siempre,  te pienso siempre,  inundada de amor, hijo. Porque ni siquiera esa puñetera, agria y maldita  muerte que nos separa podrá nunca romper nuestro nexo común. Te quiero mucho, Rodrigo. No te olvido. Volveremos a abrazarnos, nunca dejes de volar. 

Puente de octubre 

Estos días de vacaciones para tu hermano y de descanso para papá y para mí muestran de nuevo el hueco que dejaste aquí, Rodrigo.

Echo de menos el niño que fuiste, el adolescente, el joven… Todo lo que nos robaron vuelve una y otra vez. Nunca termino de comprenderlo. Nunca lo acepto.

Y por si fuera poco, nos ningunean. Como si no hubiérais sido víctimas del yihadismo, ya solo se habla de las de los últimos años, esa es la excusa para hacernos desaparecer.

Te quiero, hijo. Me parece que nunca dejaremos de ser incómodos para esa gentuza.