11 de octubre de 2019

Hola, hijo, buenos días. Te escribo un día antes porque es once. Nuestros onces siempre nos reúnen, aunque el puro conteo diga que te arrancaron de nuestro lado hace quince años y siete meses.

Aquí la vida sigue con su ritmo pausado, una cosa tras otra. Nuestra familia avanza de forma sencilla en lo cotidiano, ojalá estuvieras aquí, en estos momentos simples pero gustosos que ya no nos dejan compartir contigo. Por ahora, menos mal, no hay nada especialmente reseñable, con tu tío J en casa, bajo tratamiento. Solo podemos esperar a ver cómo se desarrollan las cosas. No tenemos más opción que avanzar nosotros, con energía, o dejarnos llevar por este río vital que nunca para. Así que estamos serenos, progresando en modo suave, después de los últimos momentos de aguas bravas que ya te conté.

Tenemos algunas salidas previstas como única apuesta para este trimestre, no nos atrevemos a mucho más. Aunque papá y yo compartimos la pena de sentirte muy lejos y la nostalgia de tu compañía. Por favor, cariño, ayúdanos a no perderte del todo la pista.

Te queremos.

De nuevo es sábado y te escribo

Hola, cariño, buenos días. Ha vuelto a pasar una semana y sigo con la sensación temporal anímica distorsionada. Ya estamos en casita, hemos regresado a las supuestas rutinas, pero nada encaja bien todavía.

Papá y yo pasamos diez hermosos y entretenidos días en Portugal, fue un periodo muy agradable. Ahora intentamos que la vida fluya de nuevo con sencillez, aunque no siempre lo conseguimos. Se me siguen haciendo extraños los nuevos usos, pero ya no añoro lo conocido que perdí. Voy de descubrimiento en descubrimiento, cada vez más feliz.

Mientras tanto, seguimos los pasos de tu hermano, por favor, hijo, ayúdale todo lo que puedas, porque nos atenaza siempre el miedo de no poder cuidarle y el espanto de perderle como a ti. Mi estrés postraumático se reactiva con el tráfico que sortea cada día, me asusta la vida, ya nunca dejará de agobiarme. Se ha vuelto muy difícil vivir desde que tú no estás.

Te mando nuestros abrazos. Muchos y apretados. Te quiero mucho, Rodrigo. Ven a vernos cuando puedas, visita nuestros sueños, déjanos señales para poder con esta vida y ser capaces de encontrarte en la que ahora te acoge. Hasta prontito.

Un saludo desde Coimbra

Hola, cariño, buenos días otoñales. Tengo la sensación de que no te escribo desde hace demasiado tiempo y, sin embargo, solo son los siete días de siempre, mi último apunte fue hace una semana. Estamos de vacaciones, por primera vez en un mes septiembre, y eso distorsiona mi percepción temporal.

Esta ruta por el norte de Portugal me hace pensar en mi infancia y en mis padres, que adoraban a este país, nos trajeron a mis hermanos y a mí cuando éramos críos, y venían a menudo. Están siendo días serenamente maravillosos de exploración, descubrimientos, paseos y novedades.

Ando más distraída, qué menos con tantos incentivos, pero siempre pienso en ti. Ojalá hubiéramos venido contigo alguna vez. En cada momento especial, te echamos en falta, Rodrigo. Papá y yo te seguimos incluyendo en nuestras conversaciones, además creemos firmemente que andas con nosotros siempre, a tu modo sutil. Ya sabes que no te olvidamos. Te queremos muchísimo, da igual cuánto tiempo pasemos sin ti. No dejes de velar nuestro camino, hijo. Hasta pronto.

Otoño 2019

Son las siete de un sábado gris, tenemos alerta naranja por DANA y lluvias torrenciales y pronto nos iremos de vacaciones nuevamente. Por primera vez en nuestras vidas, en otoño.

Me ronda siempre tu ausencia, Rodrigo. Vivimos sin ti como hemos conseguido aprender, nuestras existencias tienen tintes de normalidad y continuamos, como tú habrías querido, como quieres, en presente. Pero subyace el hueco que dejaste y nunca se podrá llenar. Aunque no duela tanto como los primeros años, está siempre ahí.

Lamento no poderte unir a nuestros planes extraordinarios como viajes o fiestas, pero mucho más que no nos acompañas en el día a día. Menos mal que tu hermano anda cerca, esta casa se ve muy vacía de vosotros dos y de los tiempos felices de vuestra infancia.

Tu muerte, tu marcha repentina, tu asesinato horrendo ha marcado a fuego mi psique con miedos difícilmente reductibles. Con ellos convivo, en vez de contigo.

Aquí sigo, hijo, en la lucha. No te olvido. Te quiero siempre y te mando montones de bailes, risas, juegos y abrazos. Porfa ven a verme al mundo intermedio de los sueños.

Mediados de septiembre

De nuevo es sábado y te escribo. Sigo inmersa en las sensaciones de irrealidad de mi cambio vital y continúan aflorando los miedos. Son vaivenes emocionales que te alejan de mí. Solo te encuentro en la naturaleza.

Ahí estás siempre, Rodrigo, incluso en el trozo chiquito de nuestro jardín. Salgo al porche cada mañana e intento conectarme contigo a través de la lluvia, los árboles y el viento. No te vayas del todo, por favor, cariño. Sonríenos.

Yo mientras tanto procuro adaptarme a la nueva vida. Y tengo tantas cosas que hacer que se solapan unas con otras, me aturullan y me enfado porque el tiempo no me cunde como esperaba. Échame una mano, hijo, por favor. Ven a vernos, mantén el contacto. No nos olvides.

Nosotros jamás lo haremos. Te esperamos siempre, te llamamos siempre, vamos tras tus pasos. Te queremos.

11 de septiembre, quince años y medio

Hoy es la fecha de las torres gemelas, la que marca la mitad del año en el calendario familiar este nuestro de tu marcha. Ay, cariño, cómo va pasando el tiempo y siempre sin tu amable compañía.

Hoy es el día también del principio de curso, el primero en treinta y ocho en que yo no ejerzo como docente. El primero de muchos más en que (qué raro, qué exótico, parece imposible) no tengo que ir al cole. Porque antes de profe fui alumna, desde los cuatro años, y me había acostumbrado a medir el tiempo de septiembre a julio.

Tengo los días ocupados en todo lo que antes no pude, me siento afortunada al disponer de esta oportunidad, pero siempre andan cerca los miedos, Rodrigo. Tu tío J. lo primero. Nuevas eventualidades, luego. Así es esta existencia que nos ha tocado vivir.

Hoy, 11 de septiembre de 2019, te escribo, hijo querido. Como todos los onces, creo que no me he saltado ninguno. Y para decirte, como siempre, cuánto te quiero. Antes o después nos encontraremos, Rodrigo. Esta vida loca, como río de aguas turbulentas, lleva hasta ti. Te abrazo desde la distancia. No te olvido.

7 de septiembre

Buenos días preotoñales, Rodrigo, te saludo desde esta casa que compartimos hace ya tanto tiempo pero que todavía te echa en falta.

Hoy, sábado como casi siempre, es también el aniversario del tío Carlos, tu única experiencia con la pérdida de un ser querido. Le seguías añorando poco antes de que saliera a buscarte. Tu nombre está escrito junto al suyo en la lápida familiar. Quién iba a adivinar que tú serias el siguiente…

Estos días voy a trompicones, entre el miedo y la alegría, el desánimo y las ganas de hacer cosas. Supongo que tardaré en recobrar la serenidad de la rutina vital. El miércoles, en un acto de la Aso, conocimos a otra superviviente de Atocha, de Getafe, en tu andén. Nos contó sus miedos desde entonces y fue un rato emotivo. Pero, ay, por qué tú no saliste corriendo como ella, cariño, por qué tú no.

Lloro de nuevo. Nunca me acostumbro a tu ausencia. Ojalá pudiera darte los miles de besos y abrazos que se me quedaron pendientes. Ojalá oyera de nuevo tu voz, y tu risa.

Desde aquí te hago señas, hijo. No te olvidamos. Ven a vernos al mundo intermedio de los sueños.

Último día de agosto

El tiempo de las vacaciones ha pasado y el lunes debo volver al insti, aunque, eso sí, por poco tiempo, porque el miércoles me jubilo.

En un par de días, entonces, habrá cambiado mi vida para siempre, y resulta que en este momento tan importante tú no estás. Te echo muchísimo de menos, Rodrigo.

Aquí te seguimos añorando, nombrando y teniendo en cuenta. Han pasado quince años y medio, no se lleva igual tener 45 que 60, y tú sabes lo poco que me importa hacerme vieja y que me habría cambiado por ti sin dudarlo un instante si se me hubiera dado la oportunidad.

Nuestra casa sigue esperando tu regreso, hijo, con árboles, con flores, con libros, con juegos, con canciones y risas como los que compartimos el breve tiempo que nos dejaron vivir juntos. Desde ella te hacemos señas. No dejes de mirarnos, de mandarnos mensajes de esperanza, de ponernos hitos, de venir.

Te queremos. Vuela alto, cariño. No te olvides de ser feliz.

Un día de finales de agosto

Todavía está oscuro y pienso en ti, hijo lejano, ausente de nuestras vidas desde hace demasiado tiempo, añorado siempre.

Me siento sola sin vosotros, tu hermano y tú. Lo normal sería que cada uno estuvierais haciendo vuestras vidas, lo sé. Por eso me duele tanto que tú estés injustamente lejos. Me encantaría poder llamarte por teléfono para comer juntos, o para conversar, como hago con tu hermano. Solo tengo este rinconcito virtual donde te escribo.

La enfermedad de tu tío J me pone de nuevo ante la presencia incuestionable de la muerte. La tuya, la mía propia, la de todos los que me rodean y en especial los que quiero. El estrés postraumático no descansa, me ronda con miedos e incertidumbres que combato como puedo y que se reavivan con la constatación terrible de nuestra mortalidad.

Vamos a buscarte, Rodrigo. No sé en qué orden, unos antes que otros por unos azares que desconozco, no hay prevalencias por edad, demasiado me duelen tus jóvenes veinte años. Sigo pidiéndote ayuda, cariño. Sigo sin saber enfrentar esta existencia. Déjanos hitos para el camino.

Cumpleaños de tu hermano

Ayer celebramos el cumple de G, los tres juntos, sin ti.

Hice pulpo, recordando que de niño siempre era eso lo que pedía tu hermano como comida especial. No faltaron, por supuesto, los langostinos, con lo que te gustaban a ti también, Rodrigo. Y a punto estuve de poner superchufitrocos de postre, en un alarde de nostalgia, pero se impuso el sentido común y dejamos la cosa en flan con helado.

Ya anda G novato con su cochecito nuevo, échale una mano, por fa. Pensamos en ti. No te olvidamos.