El puente de la Constitución

Buenos días, cariño. Desde casita te pienso, te escribo y te llamo. ¿Qué tal va todo en tu mundo de luz? Me encontré un dibujo tuyo de 1995. No es que no supiera que lo tenía, es que me pilló de sopetón, en una carpeta con direcciones y teléfonos de antiguos compañeros, mientras hacía limpieza general. Lo que no recordaba era que hubieras rellenado tus datos por el envés.

Me emocioné. Y compartí mis lágrimas con tu padre y tu hermano en nuestro grupo de familia en WhatsApp. Les dije que les quiero. Ellos también me escribieron su amor. Solo nos faltabas tú, por eso te incluyo ahora y te lo cuento a ti también.

Hoy comemos juntos los cuatro. Ojalá pudieras unirte al evento. Será una cosa casera, a base de ensalada, sopa y tortilla de patata. Hace demasiado tiempo que no cocino para ti, que no vienes a comer, que no charlamos. Te echo muchísimo en falta, Rodrigo.

Por favor, hijo, no dejes de velar por nosotros, de mandarnos señales que templen nuestra pena. Volvimos a ver el enorme camión con tu nombre en el mismo puente poco antes de la marcha de J. Cuando es el momento te haces notar. Con eso sobrevive nuestra esperanza.

Te queremos. Mil abrazos de oso, en piña.

Con la pena rondando

Buenos días, hijo. Te escribo temprano, como siempre, apenas son las siete y ya llevo un buen rato leyendo. Este es el último sábado de noviembre, enseguida llega la Navidad, y la enfrentamos más solos y tristes con nuestra familia empequeñecida por la muerte de J.

Tu hermano se mantiene en contacto, llama, pone mensajes a menudo. Lo hace porque así lo siente y yo se lo agradezco infinito. Ojalá estuvieras aquí y tú también nos llamases, y él no tuviera que preocuparse por nosotros en solitario. Y nosotros no tuviéramos que saberle tan solo, sin un hermano que le ayude como papá ha acompañado a J en su enfermedad.

Eso es lo que tenemos, sin embargo, una familia pequeñita y en declive. Muchas sillas vacías (la tuya es la más dolorosa) y nuestra lucha por seguir adelante.

Espero que estés bien, Rodrigo, que os hayáis encontrado todos y que nos podamos abrazar de nuevo cuando me citen a mí. Tengo miedo, pero me aferro a esa esperanza. Aunque a veces es tan diminuta que se me escapa entre los dedos.

Te quiero mucho. Nunca te olvido. Ayúdanos.

Javier

Se marchó contigo. Ela está inconsolable. Se pregunta por qué ha tenido que soportar tantas desgracias, su madre, su hermano, tú, Rodrigo, y ahora su hijo.

Es el eterno interrogante existencial. Y yo no tengo respuestas, cariño. Solo tu ausencia y la esperanza de que hayas salido a buscarle.

Mediados de noviembre

Otro sábado tempranero en el que escribirte, Rodrigo. El tiempo ha cogido carrerilla y vuela. Tu hermano, papá y yo seguimos con nuestras rutinas habituales, con el añadido de las visitas a J. A veces nos puede la ansiedad, otras el desánimo. Y así seguimos.

Papá se acerca a verle entre semana, a costa de malcomer, y los cuatro nos sumamos los domingos. Está ingresado en una residencia de paliativos en la otra punta de Madrid.

Después del primo M es otro compañero de generación. Apenas nos quedan ya de la anterior, Ela y las dos tías, así que sentimos que la edad nos acerca a nuestros finales. En teoría, claro, porque lo inesperado está siempre ahí, amenazante.

Ay, hijo querido, qué solos nos estamos quedando. Cada vez somos menos. Y se siente tu ausencia injusta como una amputación. Añoro tu compañía y a la vez me alegro de que no tengas que sufrir estas malas experiencias.

El martes muchas personas me hablaron de ti. Lo sentí como una señal de que sabes lo que nos pasa y estás esperando a J. Gracias por los guiños de complicidad. Te quiero.

Once del once de 2019

Como todos los onces, hoy te pienso, te añoro, te llamo y te quiero. Ay, Rodrigo. Cada día estoy más aterrorizada por el lento y duro declive de tu tío J. No sirve prepararse, no hay nada que hacer de antemano, cada despedida es distinta y ninguna pierde su aspereza. Me asalta el miedo del estrés postraumático que creía domeñado, un hilillo de pánico que amenaza convertirse en torrente. Papá carga con decisiones terribles anímicamente y yo le apoyo en todo y camino a su lado lo más serena que puedo. Y tu hermano también.

Échanos una mano, hijo. Estamos aquí, solos sin ti, asustados por esta vida miserable. Aunque siempre, siempre, siempre te queremos.

Día de la Almudena

Hoy no sé qué decirte, Rodrigo. Me debato entre comentar contigo el deterioro rápido de tu tío J, pedirte que lo acompañes en el camino al mundo que ahora te acoge o abandonarme a la desesperanza.

Me cuesta mucho, más que nunca, sentir tu compañía. Me digo que estas sensaciones de miedo suelen ir y venir ir por rachas, que volverán tiempos mejores. Pero aquí estoy, sufriendo, y cuando el dolor de la noche oscura ataca, poco se puede hacer.

Ayúdame a mantener una llamita prendida, cariño. Porque luego, con esa luz y ese calorcito templaremos. Nunca te olvidamos, hijo. No dejes de velar por nosotros.

Nostalgia tecnológica

Acabo de recibir un email acerca de cambios en los grupos de Yahoo. No me acordaba yo de ellos, pero fueron importantes en nuestros primeros tiempos informáticos. Así conocimos Efeyl, y a tus amigos, y recogimos sus condolencias y sus escritos sobre ti.

Si tú estuvieras aquí apenas nos daría el asunto para una conversación chiquitita sobre cuánto han evolucionado las redes sociales. Como no estás, me invade la nostalgia informática. Ay, Rodrigo, cuánto me enseñaste. Y cuánto seguí aprendiendo aunque no estuvieras, por ti, contigo a mi espalda, susurrándome desde tu mundo cómo desenvolverme entre programas, aplicaciones, bitácoras, redes sociales y páginas web. Todavía lo haces.

Te sigo echando de menos, hijo.

Días de los Difuntos y los Santos

Hola, Rodrigo.

Son ya dieciséis festividades de 1 de noviembre las que te he pensado, llorado y rezado. Y sigue dándome mucho coraje la denominación «difuntos». Me enrabieta hasta límites tan insospechados, que me sorprende incluso a mí misma. No asimilo, no quiero, no acepto que tú estés muerto. Lloro de impotencia y de irrealidad.

Aquí no estás. Incineramos tu cuerpo inerte. Tu esencia se desprendió de lo terreno sin que pudiéramos evitarlo, lejos de nosotros. A eso le llamamos morir. Y yo sigo sin aceptarlo. Te quiero vivo, te siento en otro lugar pero tú mismo. Por favor, cariño, no dejes de acompañar mis lágrimas con tus señales curativas.

Te quiero. Nunca dejaré de amarte ni de añorar tu compañía. Abraza a mis padres y abuelos, a los tíos, a todos los que andan allí ya contigo. En este día en que es tradicional recordaros, os mando mil luces, rezos, flores y cariños.

Con tus amigos

Hoy tenemos otra boda. Es la cuarta a la que nos invitan esos chicos que nos dejaste cuando se te llevaron a la fuerza. S y D no te conocieron, pero casi como si lo hubieran hecho. Y desde luego, algunos de sus invitados sí. Hoy pasaremos el día con varios de tus maravillosos amigos de entonces, que te buscaron y esperaron el maldito 11 de marzo, que te echaron de menos, Rodrigo, escribieron anécdotas y condolencias, y nos llenaron a nosotros de todo el afecto que sentían por ti.

Nos adoptaron tras tu asesinato. Compartimos con ellos, con los novios también, muchas horas de juegos, de preparación y de complicidad durante todo este tiempo de tu ausencia. Nos llena de orgullo y alegría reunirnos de nuevo para algo tan hermoso, especialmente ahora que ya no nos vemos tanto como antes.

La vida sigue. Tú llevas fuera quince años y siete meses, te quedaste para siempre anclado en los veinte. Mientras, tus amigos, como tu hermano, se hacen mayores. Que se casen es lo normal en estos momentos vitales. Colecciono fotos de las bodas de todos los que han compartido alguna en Facebook. Sigo sus avatares casi a diario, como si fueran familia, un poco como hijos, porque así los considero; bueno, con permiso de sus padres verdaderos, claro.

Va a hacer sol y buena temperatura. No dejes de venir un ratito, cariño. Todo lo hacemos contigo en el corazón. Muchos abrazos de oso.

19 de octubre de 2019

Buenos días de otoño, lluviosos y grises, Rodrigo, ¿cómo estás? A veces siento que no andas demasiado lejos y que me envías señales de esperanza, otras, sin embargo, me parece que estás en un universo muy remoto y me asalta la duda de que podamos volver a encontrarnos. Te echo de menos siempre, y te llamo, y te pienso.

Últimamente me enfado más, supongo que porque tengo más tiempo, pero también porque he vuelto a viajar en transporte público. Cuando compruebo cuántos miles de personas nos movemos por la ciudad sin que nos pase nada tan terrible como te sucedió a ti, me indigno. Qué mala suerte la nuestra, cariño, que estuvieras en el lugar equivocado a la maldita mala hora en que te mataron.

Es complicado seguir sin ti, con un miedo siempre latente, sufriendo por tu hermano y por papá, con este estrés postraumático subterráneo que asoma demasiado a menudo. Por favor, hijo, tú vuela a tu aire en tu mundo y sé feliz. Pero no nos olvides.

Te seguimos echando en falta. Tu voz, tu risa, tus historias, los libros que leías y contabas con tanta pasión, los juegos, la música, el sonido del teclado de tu PC, rapidísimo, los pasos a grandes trancos, el brillo de tus ojos… Y no hay nada que llene el vacío que dejaste.

Te mando montones de abrazos, Rodrigo, con hojas de tu árbol, viajes, charlas y carcajadas. Aquí siempre te esperamos. Y te queremos.