Sensación de extrañamiento 

Catorce años es mucho tiempo. 

Te pienso. Y tu halo se ha vuelto apenas perceptible. Te hablo, te quiero, añoro la cercanía, la familiaridad, lo cotidiano de la convivencia. 

Catorce años es mucho tiempo de estar separados. Pero muy poco para derrotar el cariño que te tengo, Rodrigo, hijo muy amado. 

Un sábado cualquiera 

Un sábado cualquiera de febrero, como el de hoy, Rodrigo, vuelvo a escribirte que la vida avanza sin ti pero contigo en el corazón. 

El viernes hice mi última, espero, gymkana por el Barrio de las Letras, una jornada agotadora agitando a treinta alumnos. Como no suelo usar el cercanías a menudo, iba pensando en ti. En ese camino cotidiano para miles de usuarios que te alejó de nosotros, ay, malditos terroristas, para siempre.

Entonces, como una señal de que nos acompañas con él, de que no estamos solos, subió tu hermano al mismo tren y al mismo vagón. 

Así que me refugio en nuestra familia,  pequeñita desde que te fuiste, hijo. De tres en apariencia. Pero siempre de cuatro. 

Una cierta mejora 

Buenos días somnolientos, hijo. He dormido poco pero estoy más animada que estas últimas semanas. Me han venido muy bien los días de descanso y, sobre todo, los trece  ejercicios seguidos de relajación del curso que hicimos papá y yo entre el viernes y el sábado.

Encaro la segunda mitad del trimestre con serenidad. Aunque la fecha fatal de tu muerte me espera a la vuelta de la esquina, me pertrecho de esperanza.

No dejes de volar alto, Rodrigo. Te queremos. 

Añoranza nueva y vieja 

Hijo, te echo de menos. Te busco entre los recuerdos desgastados de tanto revisarlos  y te encuentro descolorido como ellos. La proximidad del aniversario encona el dolor de tu ausencia, Rodrigo. No parece importar el tiempo transcurrido, la pena negra vuelve y me hace llorar.

Tú fuiste, tú eres mucho más que esas lágrimas de hoy, cariño. Por eso resisto. 

Te quiero. Te queremos. No dejes de mostrarnos el camino que lleva a tu encuentro. Espéranos. 

Unos días de descanso 

Hoy es tan temprano como otras veces, pero no tengo que trabajar y puedo quedarme un rato más en la cama. Ojeo las noticias del día y pienso en ti.

Hace catorce febreros  comprabas un osito de San Valentín a tu novia, terminabas los exámenes de tu tercer cuatrimestre universitario y vivías contento tus veinte años plenos de amigos, aficiones, estudios y amor. Hasta que la locura yihadista te arrebató todo en un instante. No importa cuánto tiempo pase, siempre me duele la vida que no te dejaron vivir.

Desde esta casa que compartimos contigo, papá y yo te mandamos los millones de besos y abrazos que no pudimos darte durante estos ya casi catorce años. Y los juegos, risas, encuentros, viajes, comidas familiares, charlas o cualquier otra cosa similar que se nos quedaron pendientes. Nunca renunciamos a ti, Rodrigo, hijo. Te queremos como entonces. Te queremos.

Lunes de una semana corta 

Me despierto temprano, como siempre, con el hormigueo de tu ausencia y del efecto aniversario. Papá me dice que luche contra esas sensaciones, que las fechas no son más que maneras de contar el tiempo. Y tiene razón. Pero mi subconsciente sigue por su cuenta y no consigo parar el runrún.

Te pensé y te cité  en Atenea Nike, nuestro lugar de encuentro pactado, y tú acudiste,  aunque yo apenas podía  mantener la atención en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia.

Al final desperté  sintiéndome muy simple por no ser capaz de soñarte y retenerte a mi lado, por distraerme  como una niña pequeña.

Ese desastre  soy yo. Pero te quiero. Aunque no sepa, conseguiré hacerlo mejor, hijo. Voy a buscarte y te encontraré. Tú, mientras tanto, por favor, déjame pistas.

Once de febrero

A un mes del aniversario vuelvo la vista hacia el pasado y encuentro muy larga y dificil la senda que me ha traído hasta aquí. Del camino futuro no sé, pero no hace falta ser sabio para intuir más penas y despedidas, solo basta con acercarse a ser viejo, y estoy en ello.

 

Ojalá rondaras por aquí,
protestando del frío,
del trabajo, de la perra vida
y sus puñeteras trampas,
discutiéndome alguna cosa tonta,
-como le gusta hacer a tu hermano-,
riendo, hablando, compartiendo
tu tiempo a ratos con el nuestro…
¿Dónde andas?

Muy lejos, ajeno
a esta existencia miserable nuestra.
Hazte notar, cariño,
que te echo mucho en falta.
Visita nuestra casa,
o el mundo intermedio de los sueños donde antes
era posible darte un abrazo,
dejarte regalos y habitar tu infancia.

 

Trabajo embrutecedor 

Exámenes, clases y reuniones de la mañana a la noche merman mi sentido de la realidad. Parece que solo vivo para el trabajo, estoy cansada y le pierdo el ritmo a la esperanza. Porque en todo ese batiburrillo te pierdo la pista. Y te echo en falta más que nunca.

Mañana será viernes y podré dormir lo necesario. Y la próxima semana, de tres días, me propongo una terapia de descanso y relajación. A ver si te encuentro haciendo el silencio. Como antes. 

Porfa, no dejes de venir. 

Y otro finde 

En este invierno loco vuelven a prevenirnos por bajada fulminante de temperatura y amenaza de nieve, pero yo sigo tristona y no me hago ilusiones sobre una posible nevada.

Ayer tuve una noticia esperanzadora que no me anima del todo porque ya estoy escarmentada por mil desilusiones. Ojalá salga bien. 

Y te pienso, Rodrigo. Te echo en falta y te lloro. Todavía, cuando nadie me ve, ahora que ya creía que estaba más que superada esa etapa. Porque lo está, claro que sí. Esta es otra fase nueva de una pena que me asalta a traición y luego huye.

Nunca dejan de sorprenderme los mil matices del dolor de haberte perdido. 

Desanimada 

Aunque evito pensarlo, la fecha siniestra de tu aniversario está en mi subconsciente. Marzo se cerca y me amenaza con sus abrazos gélidos. Ay, Rodrigo, serán catorce años ya. Por favor, hijo échame una mano, que ando muy perdida.

Besos y abrazos, risas y guiños, te quiero, Rodrigo, nunca te olvido, ¿andas por ahí? ¿Me oyes?