Y otro finde 

En este invierno loco vuelven a prevenirnos por bajada fulminante de temperatura y amenaza de nieve, pero yo sigo tristona y no me hago ilusiones sobre una posible nevada.

Ayer tuve una noticia esperanzadora que no me anima del todo porque ya estoy escarmentada por mil desilusiones. Ojalá salga bien. 

Y te pienso, Rodrigo. Te echo en falta y te lloro. Todavía, cuando nadie me ve, ahora que ya creía que estaba más que superada esa etapa. Porque lo está, claro que sí. Esta es otra fase nueva de una pena que me asalta a traición y luego huye.

Nunca dejan de sorprenderme los mil matices del dolor de haberte perdido. 

Desanimada 

Aunque evito pensarlo, la fecha siniestra de tu aniversario está en mi subconsciente. Marzo se cerca y me amenaza con sus abrazos gélidos. Ay, Rodrigo, serán catorce años ya. Por favor, hijo échame una mano, que ando muy perdida.

Besos y abrazos, risas y guiños, te quiero, Rodrigo, nunca te olvido, ¿andas por ahí? ¿Me oyes?

Porfa, una ayudita 

Hoy que tenemos todos un día muy cargado, tu hermano especialmente necesita que le eches un vistazo amoroso. Anda, cariño, ¿no hay nadie ahí contigo con quien contar? ¿Puedes tú mismo?

Te queremos. Ojalá estuvieras aquí, pero ya que se te llevaron y estás en un lugar más poderoso, porfa, no dejes de ayudarnos. Mil besos. Mil abrazos. Montones de sirtakis agradecidos.  Jo, cuánto te añoramos, Rodrigo.

Un instante 

Antonio Pampliega

Supe de los tres jóvenes periodistas españoles secuestrados en Siria en su momento. Pero no conocí los detalles concretos. Me alegré de su vuelta y ni siquiera sabía que uno de ellos había sufrido la tortura especial del aislamiento. No le ponía nombre, ni cara.

Pero ayer, de pura casualidad, mientras zapeaba una fase de anuncios de nuestro programa favorito de sobremesa, me topé con una entrevista a Antonio Pampliega.

Un joven que hablaba de su secuestro y de su familia con gestos y palabras tan parecidos a los tuyos, que por un momento te tuve cerca. Y supe que tú habrías dicho algo parecido si hubieras podido regresar, como él, a nuestros brazos amorosos.

Llevo dos días llorando de nuevo por tu ausencia injusta.

Te recuerdo siempre 

Pasan los días, Rodrigo. Se han ido ya demasiados para tener nítido  el tiempo  que viví contigo. Los recuerdos se desdibujan y me hace llorar cualquier detalle que borre esos momentos que compartimos. 

Por ejemplo, y mira que es una tontada, cambiar la cancela exterior de nuestra casa. Estallo en lágrimas absurdas. Como  si conservarla tuviera algún valor emocional enorme. 

Pero es que pienso en que te oí cerrarla, lo último que te sentí, cariño, y se  me rompe el corazón.

Y así seguimos esta vida sin ti, en aparente normalidad, pero echándote siempre muchísimo en falta. 

Caminando hacia el décimo cuarto aniversario 

Vivo el presente, sin querer hacer muchas cuentas, pero los onces malditos señalan los meses y años en que no estás, Rodrigo. 

Nadie dice tu nombre. Solo papá y yo. Y alguna vez tu hermano, que te recuerda en anécdotas de vuestras vidas  compartidas, ay, ya lejanas.

Se acerca marzo, cauteloso y feroz. Y no quiero que llegue. Porque otra vez tendremos que aguantar las  alusiones conspirativas para hacer caja de pseudo-periodistas sin escrúpulos. Y el ninguneo de los que se saben responsables pero también impunes. Aunque sea lo de siempre desde hace catorce años, duele, hiere tan hondo como el primer aniversario, y el segundo, el tercero, el quinto y el décimo todos sumados. 

Como siguen doliendo tu silla vacía, tu cuarto desolado, tu cama tristísima, tu vida arrebatada por unos locos ajenos y luego despreciada por  otros malvados  de aquí, de entre los nuestros: los que debieron cuidarte y solo buscaron librarse de toda culpa, los que se hermanaron  a los asesinos en catadura moral.

No me gusta este trimestre que me acerca a la fecha espantosa de tu muerte, el suceso más horrendo de mi vida. Lo transito con angustia soterrada. Hijo querido, ojalá  pase pronto este trago y pueda contarte cosas más dulces.

Otra semana que empieza 

Hola, hijo, buenos días de un lunes helado. Pienso en ti cuando todavía está oscuro, pero queda poco tiempo para que suene el despertador. Tecleo arrebujada entre las sábanas, sintiendo que el frío muerde mis brazos. Tenemos temperaturas bajo cero y un viento de la sierra que huele a nieve. Te echo de menos.

Por fin suena la alarma odiosa del despertador y somos dos los que te hablamos.  Cada día madrugamos más. Pero incluso  en las actividades cotidianas que ya no compartimos contigo  desde hace casi catorce años,  seguimos pensando en ti.  

Te queremos, Rodrigo. Papá y yo, desde esta mañana congeladora,  te abrazamos con todo nuestro corazón. No te olvidamos. 

WhatsApp 

Sigo teniendo tu número de móvil en la agenda telefónica del mío. Con una foto tuya, joven y sonriente, de tus dieciocho. Han  pasado casi catorce años, pero no quiero borrarte de ella, del mismo modo que no sales de mi vida aunque ya no estés, aunque unos locos canallas  te asesinaran.
Y anoche, de pronto, te descubrí en WhatsApp. 

No sé si reciclaron tu número hace mucho y solo ahora su nuevo dueño ha instalado esa App, o si la resignación es reciente, qué más da. Lo que me alucina es ver tu foto activada junto a la frase «última vez ayer a las 20:11», o que esta mañana,  madrugadora como yo,  marque «hoy a las 6:57».  

Por un instante  glorioso pude fantasear con lo que deberían haber sido nuestras existencias, la tranquilidad de saberte  cerca, a punto de irte al trabajo. Me habría gustado tanto comprobar que sigues bien, que todo fluye por los cauces cotidianos… Escribirte, que me escribieras, darte las buenas noches, las charlas típicas de esa red con tu hermano y con tu padre. 

 Ya no estas, pero por un momento volví a  sentir que somos verdaderamente cuatro. Como antes. 

Contando onces 


No me gusta nada contar el tiempo que no estás, y en especial me molestan los dos meses previos a la fecha maldita de tu asesinato. Son los anticipos terribles, los siento como la espera fatídica de una tragedia anunciada.
11 de enero. A sesenta días del aniversario. Te echo de menos. Te quiero. 

Se acaban las fiestas 

Pasamos ayer un día familiar y entrañable. Casi parecía que estabas tú. Nos hiciste guiños sutiles y tu hermano, qué encanto, hizo su papel y el tuyo. Nos reímos mucho. 

Llueve sin parar, tal vez termine nevando por aquí tanto como por Segovia, (anda la A6 medio colapsada). Te escribo en la penumbra de esta mañana invernal.

Abrazos de oso, Rodrigo. No te olvidamos.