
Esta semana se me ha hecho larguísima. Leo mi post anterior y me parece que lo escribí hace al menos un mes. La boda de tu hermano, ay, cariño, fue solo hace ocho días, pero tengo que repetírmelo para que la distorsión temporal no se apodere de mí.
Te pienso niño, por eso he elegido un dibujo infantil, porque de pronto tus ocho o diez años me resultan más cercanos. Hace demasiado que no estás aquí con nosotros, hijo, se me acaban los trucos para sentirte a mi lado. Me fío de la intuición y me aferro a lo que te me traiga de nuevo, y esto creo que funciona.
Papá y yo te llamamos con todas nuestras fuerzas, Rodrigo. Vemos a tu hermano, charlamos un poco, hacemos arreglos domésticos, damos paseos… Somos dos, a veces, con él, tres, y, contigo, siempre cuatro.
Te queremos.





Empiezo un curso de despedidas. No habrá otra primera semana de programar el calendario y las secuenciaciones como esta que estoy viviendo. Y luego seguirán desapareciendo los pormenores del día a día, los del otoño, poner exámenes y corregirlos, la Navidad y la Semana Santa, y todo el continuo acostumbrado hasta el mes de junio.
El tiempo pasa deprisa y despacio a la vez, pero siempre inexorable. Hijo querido, vamos avanzando en esta vida que nos tocó vivir sin ti como podemos. Echándote mucho en falta, indignados con la mala suerte, el destino o lo que quiera que sea que te/nos pasó.










