Eclipse lunar

Buenos días, Rodrigo. Vuelve mi tendencia a despertarme muy temprano. Son las seis menos cuarto. Te escribo tecleando en el móvil, medio adormilada, mientras el ruido del tráfico entra por la ventana abierta. Se nota más porque sopla un airecillo fresco que se agradece y lo trae hasta aquí.

Otro sábado llega, tras una semana en casa. Tu hermano se ha ido con amigos a la playa y nosotros estamos casi del todo preparados para volver a la rutina (papá de trabajo y yo de escritura).

Te pienso. Te recuerdo. Te añoro. Te quiero. Ay, hijo, vuela bien alto y no nos olvides, porque vamos siguiendo tus pasos.

En casa

Me resulta extraño regresar a casa y que no haya nadie. Ni tu hermano, ni tú. Aunque este es el tercer verano desde que se independizó y vive cerca, fueron treinta años con su compañía y todavía, a ratos, me asalta la sensación de irrealidad.

Es dolorosa la ausencia, especialmente la tuya, Rodrigo. Pero resistimos. Queriéndote siempre.

Otra vez sábado

Volvemos a casa después de unos días fuera. Todavía es de noche. Te escribo, como tantos otros sábados, pero esta vez desde un lugar ruidoso y sereno a la vez. El ir y venir del tráfico entra por las ventanas abiertas junto con la brisa de la ría cercana, pero si te alejas apenas unas decenas de metros de la carretera, se encuentran parajes muy hermosos y tranquilos. Ayer estuvimos varias horas en uno de ellos. Y en el silencio de la naturaleza siempre estás tú.

Acompaña también nuestro camino de vuelta, hijo. Te queremos.

Santiago de Compostela

Esta noche, sin venir a cuento, te lloré de nuevo, hijo. No importa que hayan pasado catorce años y cuatro meses, todavía te echo en falta. Luego salimos de excursión a Finisterre y a tu modo nos acompañaste. Gracias.

Viajes

Buscando menos temperaturas nos hemos venido al norte. Sigue haciendo bastante calor, pero solo si te expones al sol, y es muy llevadero porque refresca mucho por la noche. Compruebo con alegría, además, que tener  la mente ocupada aleja la angustia existencial.

Te escribo unas líneas como cada sábado, y cada vez que se me ocurre, ahora que tengo más tiempo. Pero no importa estar lejos de lo cotidiano, antes de dormir, igual que en casa, te llamamos  papá y yo, ¿tú nos oyes?

Creo que sí. Gracias por los guiños, vamos en tu busca. Nunca te olvidamos.

Claro que pienso en ti 


Inmersos en actividades y charlando con amigos vamos enjugando el estrés del curso. Ya el tercer verano en que tu hermano es independiente, puede parecer a veces que tú también andas tu vida cerca, como él. En esos destellos momentáneos atisbo cómo podría ser la existencia de a cuatro que nos fue robada. Luego la realidad se impone y te pienso, te añoro y te pido que no te olvides de volar alto. 

Buenos días, Rodrigo. Te queremos. 

Un sábado más

¿Qué puedo contarte, Rodrigo? Esta vida sin ti sigue su marcha loca, camino de los quince años de tu muerte injusta. Tu hermano hace su propio sendero, le seguimos viendo en sus proyectos musicales de ocio y nos preguntamos qué harías, qué dirías tú.

Sigo agotada, una semana no alcanza para diluir este cansancio que empieza en lo laboral pero se tiñe de otras mil contingencias. Porfa, hijo querido, ayúdame a recuperar el aliento y la energía, porque sin ellos la esperanza y el sogiego desaparecen. Te echo mucho en falta.

Vacaciones 

Siempre que salgo de la rutina entro en fase de irrealidad. Intento orillar las preocupaciones laborales mientras te escribo, hijo. Tecleo en medio de la noche porque me he despertado muy temprano. Como tantas veces desde que te arrancaron de nuestro lado son las cinco y no puedo conciliar el sueño. Tu asesinato rompió para siempre mi capacidad de dormir de un tirón.

Hace buena temperatura, apenas entran ruidos por la ventana abierta y se me ofrecen los dos meses próximos de vacaciones como un regalo y una oportunidad. Pero, a la vez, muestran que ni tú ni tu hermano estáis ya aquí.

Me envuelven la nostalgia y el vértigo mientras hago revista de mi vida y la organizo en tres fases: la de mi familia de origen, hasta los veinte. La de trabajo, pareja y familia propia, hasta ahora mismo, los cincuenta y muchos. La de la vejez, en breve, en unos meses, en cuanto llegue a los sesenta y me jubile.

Qué larga y qué corta es esta existencia, Rodrigo. Ojalá estuvieras aquí, hijo querido. Cuánto te añoro. 

Te quiero 

Cuando estoy cansada, lo esperable en el final del curso, me vuelvo roma y obtusa emocionalmente. Pero te mando todo mi amor, Rodrigo.

Elijo esta imagen de un niño se te parece y me llena de nostalgia. El flequillo, la ropa, los brazos extendidos y el intento de guardar el equilibrio son muy tuyos. Y te pienso. Y te mando cariños. 

Cuando estoy poco empática, me cerca la desesperanza. Pero tú siempre estás ahí y me cuidas. Cuánto te quiero.