Nuestros onces

En este nuevo día once me despierto contigo, porque te he soñado.

Llegábamos  papá y yo a un extraño hotel de altos muros y puerta fortificada que solo se abrió a tu requerimiento. Somos tres, dijimos, como tantas otras veces en las que tú ya no nos acompañas. Pero ese tercero, de pronto, eras tú, Rodrigo, qué alegría.

Entramos juntos y allí, en un hall muy luminoso y dorado, una recepcionista con tono profesional aunque algo seco nos hizo saber que no había habitaciones, que estaba todo lleno. A pesar de tu simpatía y de que intentaste ser amable, no dijo ni una palabra más.

Nos fuimos. Tú llevabas en las manos una consola o tableta o similar, con cierta forma de coche de carreras, que acababas de conseguir. Aún estaba en su blíster de plástico, nuevecita, sin estrenar. Comentaste muy animado que servía para algún tipo de mediciones o cálculos,  que te venía muy bien para lo que estabas haciendo, como si  estuviéramos al día de tus actividades. Hablabas con normalidad, parecía que nos veíamos todos los días, así que la escena trancurría en un ambiente cotidiano y sereno.

Luego me desperté. No sé qué pasó luego, no hubo desenlace ni despedidas. Se cortó la comunicación, porque como tal la entiendo, pero me ha encantado verte y seguir sintiendo la misma serenidad esperanzada de nuestro encuentro unas horas después. Y hasta tengo una interpretación del asunto: que nos haces saber que aunque todavía no hay sitio para nosotros, nos esperas en la recepción del Otro Lado. Aunque solo nos hayamos acercado en sueños.

Gracias, Rodrigo. No veas cómo te queremos.

Día de la madre 2018 

Con tu hermano. Con papá. Sabiendo que nos acompañas a tu manera. 

Te queremos, Rodrigo. Vuela alto, cariño. Y déjanos hitos para seguirte. 

Cinco de mayo 

Buenos días, hijo, como tantas veces, te escribo al amanecer. Estos momentos entre la noche y el día que te dedico  son un pobre sustituto de las charlas que nos robaron. Y hoy necesito hablarte especialmente, pues tras la declaración del fin de la banda terrorista ETA  se reavivan como nunca la pena, la melancolía y el vacío.

Los que nos dijeron que había sido  ETA tu asesina (y les creímos en las primeras horas), los que intentaron manipular nuestra desgracia para tapar sus vergüenzas, ahora presumen de no haber cedido nunca a su chantaje de terror. Cuando las negociaciones tuvieron que hacerlas otros, ellos presumen ¿de qué?, ¿del uso partidista de las víctimas y su dolor?, ¿de haber retrasado este final?

Lloro por los asesinados, sus familias y amigos como lloro por ti. Mucho antes tenía que haberse producido esta disolución. Y se suma el espanto de que las víctimas no han recibido las mismas disculpas: ETA ha diferenciado entre ellas. Las de las fuerzas armadas, según la banda terrorista, eran objetivos militares, y como en cualquier guerra  solo por las bajas civiles piden perdón. Lo triste es que la contraofensiva sucia del Estado les dio cierta credibilidad en su momento. Y ahora se aferran a esa circunstancia. Por eso no me gusta escribir  derrota. Es un término bélico que no quiero usar.

Desaparece ETA bastante más tarde que otros grupos terroristas europeos, parece otro ejemplo espantoso de nuestro proverbial retraso secular. Pero aun tardía es una magnífica noticia. Aunque no resuelva el daño ni el dolor de las víctimas, les queda el triste consuelo que todos los que tenemos esa condición sentimos: que nunca más nadie tenga que pasar por las mismas terribles experiencias.

Lamentablemente otros tipos de terrorismo, como el yihadista que te mató Rodrigo, sigue amenazándonos. Ojalá nuestra sociedad haya aprendido de los errores cometidos hasta ahora y no vuelva a repetirlos. Ojalá todas las víctimas podamos sentir el apoyo incondicional del Estado y que no seremos usados  como arma política.

Mi cumple

Otro año sin ti, Rodrigo.

Te habría regalado todos los míos, me habría cambiado por ti, me habrían parecido suficientes los cuarenta y cuatro que tenía yo el día que te mataron para irme al otro mundo si podías qudarte tú, con tus veinte, y vivir muchos más. Pero nadie me avisó, no tuve esa opción. Maldita sea.

Así que hoy acabo de cumplir cincuenta y nueve, catorce ya sin tu compañía. Y no me asusta la edad. Al final de mi camino estarás tú esperándome, hijo.

Hemos comido  y luego pasado la tarde  papá, tu hermano, B y yo. Teníamos mucho que celebrar, además,  porque se casan pronto. Además, entre nuestros juegos y risas seguro que también andabas tú.

No te olvido.

El puente largo 

Otro parón temporal entre ajetreos. Sol. Lluvia. Primavera loca de calor y frío. Exámenes cada mañana y muchos ratos compartidos con papá. Tu hermano se fue unos días a la playa, pero hemos quedado para comer en mi cumple. Y tú sigues ausente de nuestras rutinas. Aunque te piense, ya no es el vacío de los primeros tiempos. Y sin embargo, los años me cargan más que nunca de melancolía. ¿Dónde estás, hijo? ¿Puedes vernos? ¿Estarás esperándonos el día de nuestra marcha?

Desde casita te mando cariños a montones, Rodrigo. Por favor, cuídate mucho y haznos señas. 

Te queremos. 

Casi mayo 

Nuestro mes. Ese en el que los dos, tú y yo, nacimos, Rodrigo.

Ojalá estuvieras aquí para celebrar juntos los dos cumpleaños. Qué pocos tuviste, hijo. Me habría cambiado contigo para que hubieras podido vivir todo lo que se te quedó para siempre en el tintero. Pero se te llevaron de aquí, cariño. Y desde entonces tengo tu ausencia clavada en el alma.

Me entretengo con los penúltimos exámenes ordinarios. Menudo tostón. Y te pienso. Y te quiero.

Siempre en el corazón 

Como tantos otros sábados te escribo cuando todavía no ha amanecido. Me despierto muy temprano y acallo la mente bulliciosa, con sus mil idas y venidas, para pensarte, hijo.

Catorce años es mucho decir. No estás tan cerca como los primeros tiempos, pero también es cierto que ni tú ni yo lo necesitamos tanto como entonces. Ojalá pudiera tener noticias tuyas, mi querido emigrado al otro mundo. Espérame allí, porfa. 

Intento no ser una pesada. Tengo  el mismo respeto por tu independencia que por la de tu hermano. Echo en falta tu voz, tu risa, que me narres tus aventuras y tus gigantes y apretados abrazos de oso. Y aunque añoro mucho tu compañía,  entiendo muy importante ese espacio vital, cariño. Y por supuesto te lo respeto. Te lo mereces. 

Vuela alto. Te seguiré llamando a ratos, ya imaginas, nunca te voy a olvidar, pero procuraré seguir siendo discreta y no importunarte.

Sabes cuánto te quiero, Rodrigo, pero te lo repito. Sé feliz, por favor. Que la dicha te colme siempre. Mil millones de besos con bromas y bailes. Te espero en el espacio intermedio de los sueños. Nunca deja de amarte tu cada vez más viejecita: Mamá. 

Un sábado cualquiera de abril 

Hay ocasiones en las que todavía tengo que hacerme a la idea de que no estás. La consciencia de tu muerte va y viene, y duele en oleadas. Me sorprendió anoche mismo, de forma repentina, mientras veía un informativo. Levanté la vista a la vidriera que da a la entrada y te sentí de nuevo por la casa andando, hablando, riéndote, siendo… Recordé de pronto, con mucha añoranza, cómo era tu vida sencilla entre nosotros. Y me emocioné. 

Nunca dejan de sorprenderme estos altibajos de sensaciones contradictorias. Porque el momento fue dulce y extraño, doloroso y ajeno a la vez.

Me asalta horrible el miedo de haberte perdido para siempre, brota la esperanza del reencuentro; siento la nostalgia de la familia completa de antes y me invade finalmente la constatación de que estamos, como el poeta, tristes y solos, cansados y viejos.

Así hacemos el sendero que nos lleva a tu lado hijo. Y mientras caminamos siempre, siempre, te queremos. 

Once de abril 

Hola, hijo, buenos días. 

Desde este lugar ajetreado y loco te pienso, te llamo y te quiero. Con todo mi corazón. 

Otro once. Siempre amándote. 

8 de abril 

Aniversario de mi madre y de tu visita maravillosa. Gracias por tu cariño, hijo. Gracias por darme la vida, mamá. Algún día, cada vez más pronto, nos volveremos a ver. Mientras tanto, os envío un gran abrazo emocionado. El amor sigue uniendo las dos orillas.