Unos días de descanso 

Hoy es tan temprano como otras veces, pero no tengo que trabajar y puedo quedarme un rato más en la cama. Ojeo las noticias del día y pienso en ti.

Hace catorce febreros  comprabas un osito de San Valentín a tu novia, terminabas los exámenes de tu tercer cuatrimestre universitario y vivías contento tus veinte años plenos de amigos, aficiones, estudios y amor. Hasta que la locura yihadista te arrebató todo en un instante. No importa cuánto tiempo pase, siempre me duele la vida que no te dejaron vivir.

Desde esta casa que compartimos contigo, papá y yo te mandamos los millones de besos y abrazos que no pudimos darte durante estos ya casi catorce años. Y los juegos, risas, encuentros, viajes, comidas familiares, charlas o cualquier otra cosa similar que se nos quedaron pendientes. Nunca renunciamos a ti, Rodrigo, hijo. Te queremos como entonces. Te queremos.

Lunes de una semana corta 

Me despierto temprano, como siempre, con el hormigueo de tu ausencia y del efecto aniversario. Papá me dice que luche contra esas sensaciones, que las fechas no son más que maneras de contar el tiempo. Y tiene razón. Pero mi subconsciente sigue por su cuenta y no consigo parar el runrún.

Te pensé y te cité  en Atenea Nike, nuestro lugar de encuentro pactado, y tú acudiste,  aunque yo apenas podía  mantener la atención en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia.

Al final desperté  sintiéndome muy simple por no ser capaz de soñarte y retenerte a mi lado, por distraerme  como una niña pequeña.

Ese desastre  soy yo. Pero te quiero. Aunque no sepa, conseguiré hacerlo mejor, hijo. Voy a buscarte y te encontraré. Tú, mientras tanto, por favor, déjame pistas.

Once de febrero

A un mes del aniversario vuelvo la vista hacia el pasado y encuentro muy larga y dificil la senda que me ha traído hasta aquí. Del camino futuro no sé, pero no hace falta ser sabio para intuir más penas y despedidas, solo basta con acercarse a ser viejo, y estoy en ello.

 

Ojalá rondaras por aquí,
protestando del frío,
del trabajo, de la perra vida
y sus puñeteras trampas,
discutiéndome alguna cosa tonta,
-como le gusta hacer a tu hermano-,
riendo, hablando, compartiendo
tu tiempo a ratos con el nuestro…
¿Dónde andas?

Muy lejos, ajeno
a esta existencia miserable nuestra.
Hazte notar, cariño,
que te echo mucho en falta.
Visita nuestra casa,
o el mundo intermedio de los sueños donde antes
era posible darte un abrazo,
dejarte regalos y habitar tu infancia.

 

Trabajo embrutecedor 

Exámenes, clases y reuniones de la mañana a la noche merman mi sentido de la realidad. Parece que solo vivo para el trabajo, estoy cansada y le pierdo el ritmo a la esperanza. Porque en todo ese batiburrillo te pierdo la pista. Y te echo en falta más que nunca.

Mañana será viernes y podré dormir lo necesario. Y la próxima semana, de tres días, me propongo una terapia de descanso y relajación. A ver si te encuentro haciendo el silencio. Como antes. 

Porfa, no dejes de venir. 

Y otro finde 

En este invierno loco vuelven a prevenirnos por bajada fulminante de temperatura y amenaza de nieve, pero yo sigo tristona y no me hago ilusiones sobre una posible nevada.

Ayer tuve una noticia esperanzadora que no me anima del todo porque ya estoy escarmentada por mil desilusiones. Ojalá salga bien. 

Y te pienso, Rodrigo. Te echo en falta y te lloro. Todavía, cuando nadie me ve, ahora que ya creía que estaba más que superada esa etapa. Porque lo está, claro que sí. Esta es otra fase nueva de una pena que me asalta a traición y luego huye.

Nunca dejan de sorprenderme los mil matices del dolor de haberte perdido. 

Desanimada 

Aunque evito pensarlo, la fecha siniestra de tu aniversario está en mi subconsciente. Marzo se cerca y me amenaza con sus abrazos gélidos. Ay, Rodrigo, serán catorce años ya. Por favor, hijo échame una mano, que ando muy perdida.

Besos y abrazos, risas y guiños, te quiero, Rodrigo, nunca te olvido, ¿andas por ahí? ¿Me oyes?

Porfa, una ayudita 

Hoy que tenemos todos un día muy cargado, tu hermano especialmente necesita que le eches un vistazo amoroso. Anda, cariño, ¿no hay nadie ahí contigo con quien contar? ¿Puedes tú mismo?

Te queremos. Ojalá estuvieras aquí, pero ya que se te llevaron y estás en un lugar más poderoso, porfa, no dejes de ayudarnos. Mil besos. Mil abrazos. Montones de sirtakis agradecidos.  Jo, cuánto te añoramos, Rodrigo.

Un instante 

Antonio Pampliega

Supe de los tres jóvenes periodistas españoles secuestrados en Siria en su momento. Pero no conocí los detalles concretos. Me alegré de su vuelta y ni siquiera sabía que uno de ellos había sufrido la tortura especial del aislamiento. No le ponía nombre, ni cara.

Pero ayer, de pura casualidad, mientras zapeaba una fase de anuncios de nuestro programa favorito de sobremesa, me topé con una entrevista a Antonio Pampliega.

Un joven que hablaba de su secuestro y de su familia con gestos y palabras tan parecidos a los tuyos, que por un momento te tuve cerca. Y supe que tú habrías dicho algo parecido si hubieras podido regresar, como él, a nuestros brazos amorosos.

Llevo dos días llorando de nuevo por tu ausencia injusta.

Te recuerdo siempre 

Pasan los días, Rodrigo. Se han ido ya demasiados para tener nítido  el tiempo  que viví contigo. Los recuerdos se desdibujan y me hace llorar cualquier detalle que borre esos momentos que compartimos. 

Por ejemplo, y mira que es una tontada, cambiar la cancela exterior de nuestra casa. Estallo en lágrimas absurdas. Como  si conservarla tuviera algún valor emocional enorme. 

Pero es que pienso en que te oí cerrarla, lo último que te sentí, cariño, y se  me rompe el corazón.

Y así seguimos esta vida sin ti, en aparente normalidad, pero echándote siempre muchísimo en falta. 

Caminando hacia el décimo cuarto aniversario 

Vivo el presente, sin querer hacer muchas cuentas, pero los onces malditos señalan los meses y años en que no estás, Rodrigo. 

Nadie dice tu nombre. Solo papá y yo. Y alguna vez tu hermano, que te recuerda en anécdotas de vuestras vidas  compartidas, ay, ya lejanas.

Se acerca marzo, cauteloso y feroz. Y no quiero que llegue. Porque otra vez tendremos que aguantar las  alusiones conspirativas para hacer caja de pseudo-periodistas sin escrúpulos. Y el ninguneo de los que se saben responsables pero también impunes. Aunque sea lo de siempre desde hace catorce años, duele, hiere tan hondo como el primer aniversario, y el segundo, el tercero, el quinto y el décimo todos sumados. 

Como siguen doliendo tu silla vacía, tu cuarto desolado, tu cama tristísima, tu vida arrebatada por unos locos ajenos y luego despreciada por  otros malvados  de aquí, de entre los nuestros: los que debieron cuidarte y solo buscaron librarse de toda culpa, los que se hermanaron  a los asesinos en catadura moral.

No me gusta este trimestre que me acerca a la fecha espantosa de tu muerte, el suceso más horrendo de mi vida. Lo transito con angustia soterrada. Hijo querido, ojalá  pase pronto este trago y pueda contarte cosas más dulces.