Nochebuena 

Es imposible no sentir que nos robaron la Navidad. Te aseguro que no hacemos escenas de melodrama, y que tu nombre ha salido sólo en la conversación con tu hermano, de vuelta ya de la cena en casa de Ela. Todo fluye con aparente normalidad. 

Pero nos faltas tú. 

Vacaciones de Navidad 

Alegría por disponer de unos días de descanso. Morriña porque tú no estás en estas fechas tan especiales. Así son siempre nuestras navidades desde que tuviste que marcharte, se te llevaron a la fuerza.

Pero luchamos, hijo. Peleamos contra la melancolía. En tu nombre, contigo en el corazón, por tu hermano, que se merece unas fiestas felices.

No te olvidamos, Rodrigo. Te queremos. Mil abrazos, risas, besos y canciones navideñas, por favor, sigue guiando nuestros pasos.

Una flor de pascua 

Me acerqué un momento a vuestra sepultura con un detalle floral. Leí el nombre del abuelo: Feliz Navidad, papá -le dije. Y luego el de mi madre. Después el tuyo, Rodrigo. Finalmente, el del tío Carlos. En orden inverso os pensaba y leía, de abajo a arriba, mientras dejaba la pequeña maceta y recolocaba las hojas rojas de la planta con cuidado y cariño.

Han pasado muchos años, podría parecer  que la serenidad es ya siempre mi compañera. Pero me rompí. La emoción me impedía hablar, las lágrimas brotaban por su cuenta y tuve que irme a llorar al coche.

Solo eso hijo. Que os quiero. Que vuestras sillas vacías duelen. Que nunca os olvidamos.

Nos volveremos a encontrar.

Casi en Navidad 

Buenos días desde este último sábado antes de las vacaciones, Rodrigo, ¿cómo estás?

Yo me debato entre el cansancio y las ganas de asueto, con unos cuantos exámenes que corregir todavía y cierto dolor de ausencia que evito todo lo que puedo.

Más serenos que nunca, papá y yo continuamos solos. Sin tu hermano, aunque esté cerca. Sin ti, que fuiste arrastrado muy lejos. Pero queriéndoos a ambos con la misma fuerza de siempre.

Otra Navidad, hijo. Muchas sillas vacías y la esperanza de que vengáis a ocuparlas a vuestra manera. Tú y los abuelos, y la familia del Otro lado que te arropa. 

Con esa pequeña confianza vamos adelante. Te queremos. Nunca dejes de volar muy alto. 

Once de diciembre 


Cada día once pienso en ti de forma especial, pero  los del mes de diciembre tienen dos añadidos muy particulares. El primero, la melancólica cercanía de las fiestas navideñas, cuando las ausencias se hacen más notorias y dolorosas. El segundo, la constatación de que en breve será de nuevo marzo y el aniversario de tu muerte.

Vamos hacia los catorce años sin ti, Rodrigo. Todo ese tiempo nos hemos perdido tu compañía. Es extraño, entre imposible e inaceptable, pero es.

Te queremos, hijo. Nunca te olvidamos. Espéranos.

Puente de Constitución e Inmaculada

Saludos desde un sábado muy frío, rodeados de fiestas y con un montón de exámenes sobre la mesa. Lo que ya conoces de sobra de estos días prenavideños, qué puedo contarte, Rodrigo, que tú no sepas ya.

Papá y yo caminamos de la mano con sosiego, charlando, acompañando a tu hermano, intentando hacer vida normal. Pero a veces sucede algo esperanzador, como el día 6, cuando fuimos al teatro y un personaje se llamaba como tú y su nombre, que rimaba dos veces, nos sorprendió por un momento maravilloso y nos infundió de nuevo una chispa de magia.

Luego la vida regresa a sus tintes grises y no podemos quejarnos, somos afortunados ciudadanos del primer mundo, no podemos perderlo de vista. Aunque te echamos muchísimo de menos, solo tu ausencia rompe la perfección de una existencia acomodada por la que nos debemos sentir afortunados. Aunque nos cueste.

Ay, hijo, qué paradoja. Lo habríamos dado todo por tenerte a nuestro lado, pero no hubo elección posible, y agobiarse con los «si hubiera» apenas sirve para autoinfligirse un dolor innecesario.

Desde estas fechas de fiesta y gentío pensamos en ti, como siempre, querido Rodrigo amoroso de los abrazos de oso. Montones de achuchones, cielo. No te olvidamos.

 

Diciembre 2017 

Escribirte cada semana me da una perspectiva temporal diferente del cómputo del tiempo, Rodrigo. En esta segunda parte de mi vida, en la que tú no estás, fluyen los días a trompicones. Unas veces con agilidad aterradora, otras con morosidad agobiante. Nunca me acostumbro del todo a esas oscilaciones. Quizás porque, como al hecho de tu ausencia, no quiero acostumbrarme. 

De nuevo vivo estos días de vorágine de final de trimestre. Ya apenas me inmutan. Luego pienso que pueden ser los penúltimos, que mis rutinas vitales podrían cambiar en breve. Y lo conocido y tantas veces descrito adquiere un nuevo valor. Y reflexiono sobre ello. 

Todo cambia. Ta panta rei, que decían los griegos. Es lo único cierto. 

Entre certidumbres y rutinas que me arropan y novedades a la vuelta de la esquina, como siempre, te llamo, te añoro y te quiero, hijo. Vuela alto, pero no dejes de mirarnos. Espéranos. 

Paso a paso 

Qué lejos andas, hijo. Cuánto tiempo ha transcurrido ya desde los dulces y fríos noviembres contigo, cuando hacíamos cálculos para las fiestas navideñas, y hasta nevaba. Todo ha cambiado, incluso el clima no es el mismo. 

Os echo de menos a tu hermano y a ti. Añoro la vida sencilla e inocente de entonces. Luego comprendo que la de ahora es la que toca y que tengo que vivirla con consciencia. 

A tu hermano le veré esta tarde, y lo cierto es que  hablamos  a menudo. A ti te llamo desde lo más hondo de mi corazón, que es el único sistema que tengo para comunicarme contigo. 

Te  quiero muchísimo, Rodrigo. No renuncio a nuestras charlas. Aunque a veces me sienta poco empática, aunque me asuste que estés tan lejos; aun teniendo miedo de haber perdido la conexión.

El jardín tiene un verde nuevo en la pradera, los árboles están ya casi desnudos, la camelia del macetón luce sus primeras flores… Desde casa te hago señas Rodrigo. ¿Nos sientes, cariño? ¿Puedes echarnos un vistazo? Nunca te olvidamos, ¿y tú? Haznos señas de complicidad, déjanos oír tu risa. 

Un finde repleto de actividades 

A veces la vida corriente se transforma en una gymkana. Obligaciones y sucesos, ocio y casualidades, todo junto, han venido a coincidir en estos pocos días. Aun en medio de tanta vorágine pienso en ti.

Cuando me falla la confianza del reencuentro, tú la apuntalas. No sé cómo te las apañas. Y mi perenne tendencia al escepticismo resulta siempre derrotada por nuevas señales que mantienen la esperanza.  En ti.

Estamos en fase  «ocupadísimos», pero no te olvidamos, Rodrigo. Desde algún sitio te ríes y sentimos esos cascabeles. Y nos animan a continuar.

Tú sabes de sobra que te queremos, pero te lo voy a repetir siempre. Te queremos, hijo. Montones de abrazos de: Papá, Mamá y G.