Siempre en el corazón 

Como tantos otros sábados te escribo cuando todavía no ha amanecido. Me despierto muy temprano y acallo la mente bulliciosa, con sus mil idas y venidas, para pensarte, hijo.

Catorce años es mucho decir. No estás tan cerca como los primeros tiempos, pero también es cierto que ni tú ni yo lo necesitamos tanto como entonces. Ojalá pudiera tener noticias tuyas, mi querido emigrado al otro mundo. Espérame allí, porfa. 

Intento no ser una pesada. Tengo  el mismo respeto por tu independencia que por la de tu hermano. Echo en falta tu voz, tu risa, que me narres tus aventuras y tus gigantes y apretados abrazos de oso. Y aunque añoro mucho tu compañía,  entiendo muy importante ese espacio vital, cariño. Y por supuesto te lo respeto. Te lo mereces. 

Vuela alto. Te seguiré llamando a ratos, ya imaginas, nunca te voy a olvidar, pero procuraré seguir siendo discreta y no importunarte.

Sabes cuánto te quiero, Rodrigo, pero te lo repito. Sé feliz, por favor. Que la dicha te colme siempre. Mil millones de besos con bromas y bailes. Te espero en el espacio intermedio de los sueños. Nunca deja de amarte tu cada vez más viejecita: Mamá. 

Un sábado cualquiera de abril 

Hay ocasiones en las que todavía tengo que hacerme a la idea de que no estás. La consciencia de tu muerte va y viene, y duele en oleadas. Me sorprendió anoche mismo, de forma repentina, mientras veía un informativo. Levanté la vista a la vidriera que da a la entrada y te sentí de nuevo por la casa andando, hablando, riéndote, siendo… Recordé de pronto, con mucha añoranza, cómo era tu vida sencilla entre nosotros. Y me emocioné. 

Nunca dejan de sorprenderme estos altibajos de sensaciones contradictorias. Porque el momento fue dulce y extraño, doloroso y ajeno a la vez.

Me asalta horrible el miedo de haberte perdido para siempre, brota la esperanza del reencuentro; siento la nostalgia de la familia completa de antes y me invade finalmente la constatación de que estamos, como el poeta, tristes y solos, cansados y viejos.

Así hacemos el sendero que nos lleva a tu lado hijo. Y mientras caminamos siempre, siempre, te queremos. 

Once de abril 

Hola, hijo, buenos días. 

Desde este lugar ajetreado y loco te pienso, te llamo y te quiero. Con todo mi corazón. 

Otro once. Siempre amándote. 

8 de abril 

Aniversario de mi madre y de tu visita maravillosa. Gracias por tu cariño, hijo. Gracias por darme la vida, mamá. Algún día, cada vez más pronto, nos volveremos a ver. Mientras tanto, os envío un gran abrazo emocionado. El amor sigue uniendo las dos orillas. 

Te quiero

Pasan los días, las semanas, los meses, los años sin ti, Rodrigo. Andas muy lejos, en La Comarca, o con los elfos, no sé, viajando de universo en universo. Vuela muy alto, cariño, que nuestro mundo imperfecto y caótico no te lastre.

Pero no te olvides de nosotros y de vez en cuando, por favor, sonríenos.

Sábado Santo 

Han vuelto el frío y la lluvia, tu nombre viene a mis labios en esta madrugada todavía oscura. Me duele saberte lejos, ajeno a esta vida, que es la única que yo tengo y conozco, sin poder verte evolucionar. Me sigue doliendo no escuchar tu voz, no tener llamadas tuyas, no recibir mensajes, no compartir universo contigo. 

Me aferro al amor que une nuestras almas, a pesar de la distancia, y a la llamita de esperanza de volver a encontrarte. 

Te quiero, Rodrigo. No dejes de volar muy alto. Nos veremos pronto. Nunca te olvido. 

Cuánto tiempo 

Me desazona el paso de los días.  Es cada vez más extraño el recuerdo de los años  que compartimos. Se diluye, se tiñe de inconsistencia y sueño. ¿Qué es la vida?  una ilusión, una sombra, una ficción…

Entonces nos mandas una serie de pequeños mensajes encadenados y respiro.

Nos volveremos a encontrar.

Fantaseando 

Entre los que te gustaban,  los de tu pequeña biblioteca personal y los míos hay miles de libros donde perderme y encontrarte, Rodrigo.

Quedamos en ellos. No dejes de venir. 

Y la vida continúa 

Exámenes, evaluaciones, notas, trámites… Al final llega el momento del descanso y me recluiré en casa, rodeada de las cosas que me arropan, con Papá y tu hermano cerca.

Serán unas vacaciones activas de mil recados y ocupaciones pendientes, de callejear Madrid, de entretenimientos varios.

Querido hijo, he sentido tus guiños sutiles e intransferibles, estos días, que me animan a proseguir. Y continúo. Como tú querrías. Como tú quieres.

Pero te echo muchísimo en falta. Y te quiero. Siempre.

Catorce años sin ti 

Cuando el aniversario  queda atrás, solo empieza un nuevo cómputo, los trescientos sesenta y cinco días para el siguiente. Mucho tiempo  para echarte de menos.

Llueve. Es el marzo más lluvioso desde que te fuiste, Rodrigo. Parece que el cielo sufre y llora las enormidades de este loco género humano.

Te pienso, te añoro, te llamo mientras escucho el repiqueteo de las gotas en los cristales. ¿Dónde estás, hijo?  ¿Por qué te siento tan lejos?

Anda, porfa, envíame cariños de los tuyos. Me pueden la tristeza y el cansancio. Por favor… 

Te quiero. No te olvido.