Seguimos aquí, entre olas de calor y dolencias variadas, ¿me lees, Rodrigo? Ojalá nos veas, ojalá me oigas. Te echo muchísimo de menos, hijo.
Pasan los días y sus afanes, el bochorno todavía no cesa, la gente está de vacaciones y nosotros, en casa, jugamos a la contra, para huir de las multitudes y de la temporada alta.
Y poco más puedo contarte, cariño. Cierta mejoría y nada más que sea medianamente significativo.
Hola, Rodrigo, buenos días de verano y vacaciones.
Hoy puedo contarte que estoy algo mejor de mis males artrósicos, aunque la recuperación va muy lenta. Y que hemos quedado con tu hermano nuevamente. Y que ya está disponible la segunda edición de tu libro.
Ha quedado muy a mi gusto, ahora que puedo decidir yo sola. Con una portada que hizo llorar a tus amigos, porque dicen que les recuerda mucho a ti. Y una maquetación delicada.
Ojalá no hubiera tenido que escribirlo, cariño. Ojalá estuvieras aquí.
La vida sigue sin tu compañía y cada vez nos sentimos más solos. Nuestra familia de tres se queda muy pequeña. Así que tú no nos dejes del todo, porfa, hijo. Vela nuestros pasos. Ayúdanos.
Millones de cariños y canciones. Te quiere con toda su alma: Mamá.
Buenos días, Rodrigo. Hoy te estoy escribiendo desde el salón, porque en la buhardilla no hay quién pare. Hace demasiado calor, incluso con el aire acondicionado a tope.
Todavía está oscuro, no son ni las cinco. Bonitas horas, ¿verdad, cariño? Es que duermo poco y mal, afligida por las temperaturas y por el dolor agudo de mi rodilla lesionada.
Y así resulta que me despierto tempranísimo, cada día un poco antes que el anterior. Y entonces, como me huye el sueño, indefectiblemente, pienso en ti.
Eres mi compañero de insomnios. Ay, pobre hijo, qué desastre de madre que te da el tostón cada madrugada.
Tú vuela alto, por favor, y no me lo tengas en cuenta.
Buenos y tórridos días de verano, Rodrigo. Desde casa y nuestra buhardilla te escribo estas pocas palabras, como cada sábado.
Estamos en plena re-edición de tu libro en Amazon, y todavía surgen pequeños problemas. Espero que estén resueltos pronto, pero no subiré imágenes hasta que todo esté completamente bien. Aunque ya te digo que me gusta mucho la portada y que estoy deseando compartirla.
Por lo demás, lo acostumbrado. Después de unos días fuera, agradecemos que nos arrope la rutina doméstica. Más adelante, algún otro viajecito haremos, ya te lo contaré, cariño.
Ay, hijo, resulta que mañana comemos con tu hermano. Y ahí, cuando estamos los tres juntos, es cuando más se nota que no estás. Ojalá, siempre te lo digo, vinieses también tú. Da igual el tiempo que pase, da igual haber sobrepasado los veinte años de ausencia, te echamos en falta siempre. En lo cotidiano y, de forma muy llamativa, cada vez que pasa algo diferente, bueno o malo, pero especial.
Es que, jolines, hijo, qué solos nos hemos quedado sin ti.
Por eso te mando millones de abrazos y besos, de libros y canciones, de juegos y músicas, de fotos, viajes, pelis y series. Para compartirte las cosas que te gustaban y sentir que todavía nos sirven de conexión. También te envío toneladas de muecas y de bromas, porque sigo añorando tu risa y quiero imaginármela sonando por las escaleras.
Hasta la próxima, Rodrigo. No nos olvides, porfa. Te quiere hasta ese infinito que habitas: Mamá.
Llevamos una semana fuera y ya queremos volver a casa. Mañana lo hacemos. Hoy es nuestro último día por aquí. Disfrutamos de estos paisajes, de los amigos, de las maravillosas temperaturas, de la Semana Negra, pero siempre de la mutua compañía Papá y yo.
Poco más puedo decirte. Ya me gustaría tenerte por aquí, como a tu hermano.
Amanece. Te escribo en el silencio de esta casona entre valles. Hay niebla. Y una ermita del siglo IX frente a mis ojos.
No te olvidamos, Rodrigo. Por favor, sigue velando nuestros pasos. Millones de abrazos de oso: Mamá.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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