Ya estamos en noviembre. Me he saltado a propósito el 1, que me agobia tanto, ya sabes. Aunque te pensé mucho. Y hasta te lloré, parecerá raro, pero es que no importa cuánto tiempo pase, te echamos enormemente en falta, hijo.
Pronto volvemos a salir de viaje. Papá y yo aprovechamos el tiempo que vivimos, porque sabemos que todo puede cambiar en un instante. Como te pasó a ti, cariño. Maldita lección de vida fue la de perderte.
Tu hermano se esfuerza en arroparnos, pero tu ausencia duele, duele todo el tiempo; aunque vaya cambiando, duele siempre.
Y seguimos, con toda la consciencia de que somos capaces. Quizá la felicidad sea vivir en la ignorancia, quién podría asegurarlo.
Algún día te volveremos a ver. Y nos darás los abrazos que se nos quedaron pendientes. No nos olvides, Rodrigo. Por favor.
Millones de abrazos de oso, muecas, series, libros y canciones. Te quiere infinito: Mamá.
«Y yo, perdida, ciega, no sé con qué alcanzarte, en donde estés, si con abrir la puerta nada más, o si con gritos; o si sólo me sentirás, te llegará mi ansia, en la absoluta espera inmóvil del amor, inminencia, gozo, pánico, sin otras alas que silencios, alas.»
Hola, cariño, buenos días. Hoy es otro sábado. He perdido la cuenta de todos los que te llevo escribiendo en estos diecinueve años de distancia entre tú y yo.
Lo sigo haciendo para no perderte el contacto, Rodrigo. Y por qué, quizás, dondequiera que estés, si te escribo, si te doy la lata, pueda llegarte alguna de mis pobres líneas. Ojalá.
Te espero todavía, hijo.
Espero que vuelvas.
Ya que aquel jueves maldito no pudiste, no te dejaron, esperaré a que regreses a buscarme cuando me llegue a mí la hora de cruzar la Estigia.
No elegiré el olvido que propone Caronte. Prefiero el sufrimiento de conservar todas las memorias, si así puedo reencontrarte.
No me/nos olvides tú, hijo, por favor.
Millones de besos y abrazos doloridos. Te quiere muchísimo: Mamá.
Buenos días, Rodrigo. Aquí seguimos, sin ti, aún con calor de verano, manga corta y sandalias.
Estuve hablando de ti en un instituto. Fue una buena experiencia, menos mal, después de la tan incómoda del verano. Y dentro de poco empiezan también las presentaciones de mi última novela. Esos son las únicos hitos que se salen de lo cotidiano.
La vida sigue. Siempre sigue. Inmisericorde. No importa quién falte.
Te añoramos mucho, hijo. No te olvidamos. Recuerda el camino a casa y haz que nos volvamos a encontrar.
Son las 5:30. Últimamente me despierto prontísimo. ¿Qué tal sigues, hijo? Nosotros razonablemente bien.
Poco a poco volvemos los tres a las rutinas de cada comienzo de curso, y todo sería genial si tú estuvieses, ay si estuvieras. No consigo aceptarlo, aunque hayan transcurrido ya casi veinte años. Siempre me faltas tú, Rodrigo.
Ojalá pudiese verte en sueños. Qué genial sería poder visitarte. O recibir mensajes tuyos.
Desde la buhardilla fantaseo volver a verte, hijo. Y te quiero.
Otra vez siento la rapidez con la que ha pasado esta semana, buenos días, Rodrigo. En pleno veranillo de San Miguel, te escribo estas líneas de desconcierto climático y vital.
Hoy comemos con tu hermano, incluso pasaremos la tarde juntos. Ojalá tú te unieses al grupo. Si pudieras venir…
Besos desde casa, desde el jardín que empieza a mostrar las señales del otoño. Vuela alto, hijo querido. Te queremos.
De nuevo te escribo, entre la nostalgia y la enormísima cantidad de tiempo sin ti, Rodrigo. Hoy, que empieza el otoño, te pongo estas líneas para decirte, como siempre, para siempre, que te echamos de menos.
Qué más puedo contarte, cosas sencillas y cotidianas, menos mal que no terribles. Y que sigan siendo así, por favor, que ya no queremos más pesares.
Aunque llegarán, quién lo duda, nadie tiene aquí bula especial de suerte para todo. Mientras tanto, somos felices en nuestra sencillez, aunque nos duela tantísimo el hueco que has dejado.
De nuestros onces este es el segundo más significativo. Por las torres gemelas. Por Chile.
Vestidos años hace de los atentados en Nueva York y Washington. Cincuenta del golpe contra Allende.
En seis meses serán veinte los años sin ti.
No te olvidamos.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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