En este aniversario vigésimo estamos hablando de ti, de vosotros, nuevamente, en los medios. Y eso remueve la tristeza y el dolor por vuestras ausencias.
Te abrazo en la distancia.
Te abrazo fuerte.
Ayer mismo, desde la pasarela sobre el andén 2 de Atocha, en una entrevista para la radio, te pensé con la misma incredulidad de hace veinte años. No podía ser, no podia ser que allí hubiera pasado todo, que allí, en ese lugar anodino, te arrancaran la vida.
Aunque hayan pasado veinte años sigo sin entender por qué te marchaste para siempre.
Y te echo en falta más que nunca.
Por favor, Rodrigo, quédate a mi lado, como en las fotos de entonces, cada vez que te vuelvo a llorar.
Te quiero. No te olvido, nunca lo haré. No nos olvides tú, hijo. Últimamente me aterra eso.
Te abrazo muchísimo. Con abrazos de oso. Ojalá los sientas.
Te escribo desde la oscuridad de las seis de la mañana, madrugadora como siempre. Buenos días, Rodrigo.
Lo que más nos impresiona últimamente es la rapidez con que suceden las semanas. Apenas un parpadeo y han pasado siete días, así nos sentimos.
Eso, la proximidad del aniversario y que se le da absurda importancia a los números redondos, como si las ausencias dolieran más en los años diez, quince o veinte.
Navegamos estas fechas, con sus actividades de homenaje y memoria, lo más sensatamente que podemos. Aunque la niebla existencial nos invade.
Cada vez te diluyes más en el pasado, hijo. Tengo que esforzarme para desechar las sensaciones de que fuiste solo un sueño.
Pasan las horas, los días, las semanas, los meses, los años… y sigo sin aceptar que no volvieras ese jueves maldito.
Júrame que no andas lejos, Rodrigo.
Y que nos vamos a reencontrar, por favor, cariño.
Ojalá sigas a mi lado como en tantas fotos. Ojalá.
Se pasan las semanas casi sin sentir, mientras se aproxima de nuevo el aniversario; redondo esta vez, lejanísimo en la consciencia colectiva; casi sueño, pesadilla tremenda, para tu pobre familia, Rodrigo.
Son las ocho de la mañana y te escribo desde la buhardilla, como tantas veces estos años sin ti, Rodrigo.
Se acaba enero, tempus fugit, y tenemos marcadas fechas importantes en cada mes, no nos envuelve el tedio, te lo aseguro, hijo. Así, poniéndonos hitos, vivimos lo mejor que se nos ocurre. Te echamos siempre en falta. Añoramos la familia que fuimos y la que ya nunca seremos porque nos faltas tú, tu pareja, tus circunstancias, tus hijos…
Eso es todo. A lo lejos, alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se conforma con haberte perdido...
Sin embargo, seguimos resistiendo. Contigo. Con tu hermano. Por vosotros dos.
Hola, Rodrigo, cariño, ¿qué tal estás? Ayer me despisté, pero nunca es tarde y te escribo hoy, domingo. Estuvimos juntos los tres y, cuando eso pasa, somos cuatro; porque tú, a tu modo, también estás.
Simplemente comimos y charlamos un ratuco. Es una gran ventaja estar tan cerca como para vernos cuando nos apetezca, pero no tanto como para invadir nuestras respectivas cotidianidades. Así es perfecto.
Sigo escribiendo y presentando mi último libro. Papá vuelve al trabajo después de disfrutar los últimos días de vacaciones de 2023. Y hacemos ya la cuenta atrás, pues le quedan pocos meses para jubilarse, por fin. Y aunque la cercanía del vigésimo aniversario nos incomoda, intentamos vivir con serenidad estos días, semanas, meses hasta entonces.
Tú, por favor, no dejes de cuidarnos. Porfa, porfa, porfa. Millones de abrazos, hijo querido. Y de besos. Y de canciones. Y de libros…
Miro la foto de la nevadona, Filomena, que fue por estas fechas, y me acuerdo de Juancar, y de ti, Rodrigo. Qué melancólico dolor de ausencia…
Vamos acumulando pérdidas y cada vez estamos más solos, y no llegan los relevos…
Por favor, hijo, sigue cuidándonos.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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