Siempre te pienso 

Cada vez que te escribo procuro conectarme con el amor que te profeso. Lo consigo haciendo el silencio en mi interior y recordando: el flequillo de tu infancia, por ejemplo; las estanterías llenas de  libros que tanto te gustaba leer y comentar; tu risa limpia, ojalá pudiera volver a oírla, resonando por la casa; el calor de tu mano en la mía siempre helada, cuando íbamos juntos al cole; tu manera personal y añorada de dar largos trancos al caminar…

Hay días en que nuestra vida conjunta fluye con facilidad,  y otros que se atora y parece ajena y extraña. Como hoy.

Pero te escribo siempre,  te pienso siempre,  inundada de amor, hijo. Porque ni siquiera esa puñetera, agria y maldita  muerte que nos separa podrá nunca romper nuestro nexo común. Te quiero mucho, Rodrigo. No te olvido. Volveremos a abrazarnos, nunca dejes de volar. 

Puente de octubre 

Estos días de vacaciones para tu hermano y de descanso para papá y para mí muestran de nuevo el hueco que dejaste aquí, Rodrigo.

Echo de menos el niño que fuiste, el adolescente, el joven… Todo lo que nos robaron vuelve una y otra vez. Nunca termino de comprenderlo. Nunca lo acepto.

Y por si fuera poco, nos ningunean. Como si no hubiérais sido víctimas del yihadismo, ya solo se habla de las de los últimos años, esa es la excusa para hacernos desaparecer.

Te quiero, hijo. Me parece que nunca dejaremos de ser incómodos para esa gentuza.

11 de octubre

Trece años y siete meses. Sigo contando el tiempo sin ti. Qué largo cómputo de onces desde el maldito jueves que te arrancó de nuestra familia para siempre.

Sigo también escribiéndote, aunque ahora no sea para conjurar la tristeza. Es para decirte que no te olvidamos, hijo.

Volveremos a abrazarnos.

 

Desde casa 

Te escribo cada sábado para hacer patente que no te olvido. Te cuento nuestras vidas aunque estoy convencida de que no te son ajenas. Te hablo cada mañana y cada noche, tu nombre entre los de tu padre y tu hermano, porque los tres sois los hombres de mi vida y os mando siempre todo mi amor incondicional.
En los primeros días, semanas, meses, incluso años, sentía que estabas cerca, rondando nuestro mundo. Y eso me consolaba un poco de tu ausencia dolorosa. Ahora te sé lejano. Y entiendo que debe ser así, pero me duele.

Sin embargo, querido Rodrigo, no me rindo.

Te quiero más allá de las sensaciones, de la proximidad, de la lógica y de la muerte. Nada me hará desistir de amarte y buscarte toda mi vida.

Nos volveremos a encontrar. 

Se acaba septiembre 

Buenos días de sábado calenturiento y seco. Las noches son frescas, menos mal, porque durante el día rondamos los treinta grados centígrados y la ciudad está en alerta por contaminación.

No terminamos de conseguir esa rutina que arropa aunque hoy sea el último día de septiembre. Los horarios de tu hermano ya no nos permiten quedar a comer un día a la semana y aún estando cerca nos vemos poco. En todo este devenir vital es imposible acostumbrarse a tu ausencia, sigue doliendo que faltas tú.

Me pregunto siempre qué harías, cómo afrontarías tus circunstancias, dónde y cómo serían nuestras vidas si no te hubieran arrancado de aquí.

Pero renuncio a enfadarme, a dejar salir la rabia, al menos por el momento parece ser que puedo. Elijo tu sonrisa, tus abrazos y tus palabras divertidas, las canciones y bailes que solíamos compartir.

Te quiero, Rodrigo. Y este amor cruza la Estigia y reúne tu mundo con el nuestro en una isla maravillosa de nuestra exclusiva y dulce propiedad.

Te queremos, hijo. De aquí a la eternidad en que nos esperas. Acompaña nuestros pasos inseguros. Y no dejes de pasarte por la reunión familiar de hoy.

Septiembre décimocuarto 

Tecleo en el móvil cuando todavía es de noche. Es el primer día de un nuevo otoño. Las estaciones se suceden, incansables, eternas, y tú no estás.

El ritmo del universo no cambia por los avatares de seres insignificantes como nosotros. Y me siento perdida en la inmensidad de esta existencia que no entiendo. Y temo haberte perdido para siempre.

Entonces multiplicas las señales, hasta hacerlas un aluvión de guiños amorosos.

Gracias por devolverme la esperanza. Te quiero, Rodrigo.

De vuelta a la rutina

Mi penúltimo curso me llena de melancolía. Por  los treinta que compartí con tu hermano y los veinte que viví también contigo. Es extraño no teneros cerca. Y duele mucho tu ausencia, Rodrigo.

Me muevo ahora entre dudas existenciales sobre nuestras vidas, que empiezan el declive propio de la edad. Vuelven la pena, la rabia y la ausencia de tu muerte injusta, aunque también el amor que siempre nos unió y sigue juntando las dos orillas de este extraño mar en el que nacimos y morimos.

No te olvidamos, hijo. No se nota desde fuera, pero seguimos siendo cuatro. Mil abrazos de oso. Te queremos.

Trece años y medio 

Desde que tu hermano se independizó  parece que tu ausencia es menos ilógica. A veces incluso podría parecer que tú también vives con tu pareja y que vamos a quedar a comer todos juntos  el próximo sábado.

Luego la realidad golpea de nuevo en la herida de tu muerte y ya no tengo el consuelo de sentir tu sutil compañía por la casa, como antes. 

Pero te sigo llamando para no perder tu pista. Sin agobios, con la confianza de que nos esperas a pesar de todo.