Nuestros onces

Pienso en ti, Rodrigo. Te llamo. Te añoro. Te quiero mucho.

No me olvido de que hoy vuelve a ser once.

8 de agosto de 2020

Hola, Rodrigo, buenos días. Aquí estoy otra vez, charlando contigo en este lugarcito de encuentro de todas las semanas.

Ya imaginas lo que puedo contarte, que hace calor, que hay poca novedad, excepto mis miedos en cuanto a lo que nos espera. Seguimos en la pandemia, ahora con un rebrote que amenaza con multiplicarse exponencialmente. Lo que nos temíamos desde el principio y que se va cumpliendo.

Todo el planeta está infectado de COVID-19. Y en estas circunstancias adversas surgen lo mejor y lo peor de las personas. Me asusta pensar en los próximos meses. Tanto, que, mira la paradoja, me «consuela» que no tengas que vivir estos tiempos horribles. Te echo de menos, Rodrigo, como siempre, más que nunca. Sin embargo, no me atrevo a decir la frase habitual, el «ojalá estuvieras aquí». Sería una crueldad ponerte en esta tesitura.

Porque vamos a peor. Y no solo en cuanto a la enfermedad, sino en mi ya casi inexistente confianza en el género humano. En las primeras fases del confinamiento, pensé que las cosas no progresaban por ineficacia de los dirigentes de esta comunidad autónoma. Pobre ilusa, ay, mísera de mí, ay, infelice.

Ahora comprendo que sus decisiones fueron, son y serán deliberadas y conscientes. Y, lo que es peor, que las mantienen por sus convicciones y ansias económicas, sin importarles los ciudadanos que se puedan llevar por delante. Que, de hecho, se están llevando por delante.

Ya han costado miles de muertos en las residencias de ancianos. Ya han jugado con las vidas de los sanitarios sin pestañear. Les importan poco los viajeros amontonados en los transportes públicos. Y, por supuesto, van a hacer lo mismo con mis compañeros, los profesores, en cuanto vuelvan a las aulas.

Me asusta esa frialdad de los poderosos respecto a las bajas, que había estudiado en la Historia, y que estoy viviendo en primera persona en nuestro presente. Me sorprende, también, la inconsciencia de la masa. Así se explican los hechos tortuosos del pasado, por esa neblina de escasa percepción social, supongo.

No sé si puedes ayudarnos, hijo. Quizás te sea posible echarnos una mano. Por favor, cariño.

Pienso en ti. Y te mando todo mi amor. Te quiero mucho, Rodrigo. No te olvido. Abrazos gigantes: Mamá.

1 de agosto de 2020

Este es otro sábado más, tempranero y de verano, que te pongo unas Líneas, Rodrigo. Hace calor, duermo mal, sigo casi confinada, con papá, y pienso en ti.

Llevo años hablándote en este blog que tiene tu nombre, casi los mismos de tu ausencia. Espero que nuestras conversaciones sean el puente necesario entre aquellos tiempos felices del pasado que compartimos y los que nos esperan en ese futuro desde el que nos inspiras. Solo se me ocurre este recurso para mantenerte con nosotros en el presente. Por eso no cejo en mi empeño.

Por eso, también, hemos llenado la casa de fotos tuyas. Me miras desde una de ellas ahora mismo, mientras escribo. Gracias a ellas no se me diluyen tus rasgos, tus facciones, tu sonrisa, y tu forma de guiñar los ojos mientras te reías.

El miedo vuelve por oleadas, la situación de pandemia es agobiante, el calor enerva, las mismas rutinas que ayudan a veces, son un estresor más en otras ocasiones. Resistimos, hijo. Aunque la vida se ha vuelto más extraña, anodina y alienante que nunca.

No te olvidamos. No dejes de mirar por nosotros. Te mando cariños de todos. Vuela alto, Rodrigo. Sé feliz. Y espéranos. Te queremos.

Último sábado de julio de 2020

Hola, Rodrigo, feliz finde. Espero que te vaya bien, aquí no tenemos motivos de queja, excepto tu silla vacía. Todo parece fluir con normalidad. Vivimos con poco contacto para evitar riesgos, seguimos teletrabajando, sin vacaciones, en una cotidianidad sencilla y rara.

No nos vemos con casi nadie, solo mantenemos contactos telefónicos, pero el miércoles vimos a Ela y a tu tío JM, por cuestiones de papeleos todavía pendientes desde la muerte de J. Con el confinamiento, la burocracia va más despacio, aunque por fin se encarrilan los asuntos, menos mal.

Y ayer, por unos pequeños arreglos de canalones, estuvimos un ratito también con tu hermano. Poco más se puede contar últimamente, la vida ha vuelto a una rutina extraña, sosa y anodina. Pero no necesitamos más sobresaltos, por favor. No importa que sea así.

Pienso en ti y en lo lejos que estás, hijo. Nunca me acostumbro a tu ausencia, te echo de menos en cada vuelta del camino. ¿Qué dirías en estas circunstancias? ¿Cómo sería todo si estuvieses aquí? Ojalá pudiera oír tu voz y tu risa, tus ideas, tus dificultades, tus sueños…

No te olvidamos, ya lo sabes. Nos mantenemos expectantes, esperando el reencuentro, Rodrigo. Mientras llega, sigue cuidando de nosotros, por favor. Desde que se te llevaron, somos pocos, estamos asustados y la existencia se nos hace amarga.

Hasta pronto, cielo, muchos abrazos, canciones, películas y series, risas y juegos. Ya sabes cuánto te queremos. Vuela alto. Sigues en nosotros, hijo. Con cariño: Papá y Mamá.

Una mañana cualquiera de verano

Buenos días, Rodrigo. Espero que todo te vaya bien. Así parece que seguimos todos nosotros, Ela, tu hermano y su mujer, papá y yo. El coronavirus sigue rondando nuestras vidas, ahí fuera, sin vacuna, aunque parece que los médicos ya medio lo entienden y empiezan a saber cómo paliar sus peores síntomas. Nos mantenemos un poco aislados, cómodos en casita, teletrabajando, única medida de seguridad a nuestro alcance.

Esta semana ha sido la de las mil limpiezas, después de la reparación del tejado. La obra, menos mal, no duró demasiado tiempo, acabaron el lunes, pero nos llevó tres días de trabajo continuo devolver la casa a su estado previo y sacudirnos las sensaciones de invasión del espacio vital.

Te escribo temprano, como todas las semanas, sintiendo que nace un nuevo día y añorando poderlo compartir contigo. Si estuvieses aquí… Cuántas cosas en común nos hemos perdido, nos robaron aquellos locos malditos…

Vivir este presente sin ti resulta realmente arduo. Tu recuerdo en el pasado está ya muy lejos, ha perdido nitidez, se ha emborronado con una niebla que lo diluye y difumina. Lucho por mantenerte en nuestra rutina cotidiana, pero la constatación de tu ausencia es muy tozuda. Y la esperanza del reencuentro en el futuro no arropa suficiente el corazón.

Te añoro. Te echo de menos, en falta. Ojalá estuvieras aquí y pudiese oír tu voz, tu risa, tus planes, tus ideas, tus sueños…

No renuncio a tus abrazos ni a tu amor. Te espero. Ven cuando puedas. Te quiere muchísimo: Mamá.

11 de julio de 2020

Hola, Rodrigo. Hoy te escribo tecleando en el móvil y la oscuridad de las cinco de la mañana. Me ha despertado el calor inmisericorde de estas fechas. Buenos días.

Poco nuevo hay para contarte en este sábado y once. Tenemos la casa patas arriba por un arreglo de tejado, pero esperamos que ya acaben el lunes o el martes. Es raro sentir el habitat invadido por personas desconocidas, más aún después de tantos días de aislamiento. Y, de forma especial, para papá y para mí, que te echamos tanto de menos y que llevamos ya unos cuantos años solos, desde que se independizó tu hermano.

La vida es así, o monótona o accidentada. Vamos navegándola como mejor podemos, conscientes del día a día. No hemos dejado de trabajar, aun con las incomodidades derivadas, así que la semana ha sido bastante productiva.

Siento que andas lejísimos, tanto que no puedo alcanzarte. Hace demasiado tiempo que compartimos tu corta existencia, cariño. Ese pasado se me deshace entre las manos, se desdibuja y decolora, se diluye en una neblina existencial que me entristece e indigna. Por eso te hablo, hijo. Porque intento mantenerte con nosotros en lo cotidiano, porque necesito esa esperanza continuada, porque no me es suficiente pensar en reencontrarte dentro de más años. No sé si será posible, pero, en todo caso, después de tanto tiempo separados, ¿qué tendríamos en común? No quiero romper, por ello, estos lazos.

Solo son unas líneas en este hogarcito virtual, pero son también la comunicación contigo. Son mi manera de decirte que te quiero, que no te olvido, que necesito que tú también salgas a mi encuentro y me contestes cuando puedas.

Desde casita, el jardín, los libros y juegos y tu habitación, te quiero, te rezo, te espero. Muchos besos y abrazos de oso. Hasta pronto: Mamá.

Julio, vacaciones y programas de la tele

Buenos días, hijo, desde el jardín que tanto amaste. Hoy te escribo disfrutando de la brisa fresca matutina. Respiro este aire que reconforta y me preparo para el calor que hará luego.

Tu hermano y su mujer vienen a comer y a pasar la tarde. Así hemos quedado en celebrar el cumpleaños de papá. Será nuestra única interacción social. Mañana, ya en otra onda, terminaremos de preparar la casa para la obra del tejado. Y dejaré la buhardilla para refugiarme en la habitación de G.

No sé cómo saldría el programa de tele que hice por ti. Mis sensaciones son agridulces. De mucho repetir y de tomas absurdas y forzadas aquí, en casa. Y de calor, incomodidad y un tono que se iba volviendo frívolo por momentos, sobre todo en los minutos finales, que me dejó mal rollo.

Yo estaba agotada y no sé si demasiado lúcida, con el bochorno y una espera al sol de casi dos horas. Los periodistas tampoco estaban en su mejor momento, achicharrados y cansados después de tres días tórridos, yo era la ultimísima entrevista y les había encantado la anterior. En esas circunstancias podría haber sido un verdadero desastre. Creo que salvé los trastos, JC estaba cerca y tuvo buena impresión, pero tendría que haber salido mejor. A ese respecto estoy desanimada. Espero no haberte dejado en mal lugar, cariño.

A veces siento que estás muy lejos, ocupado y silencioso. Otras tengo destellos de tu recuerdo. Y siempre te quiero. No te olvidamos. Vamos a buscarte. Tú, mientras tanto, déjanos pistas y busca lugares bonitos que luego quieras compartir con nosotros.

Saluda a Manolo y a Carol, que un día como hoy se fueron contigo. Montones de abrazos, de risas, de besos, de juegos y canciones, de guiños y de bailes por las escaleras. Sigue riendo, por favor, Rodrigo. Me encantaba verte reír.

Nos vemos pronto: Mamá.

El último sábado de junio y el fin de curso

Siento así tu presencia, luminosa y emocionante, pero fugaz e inasible.

Este ha sido el primero como jubilauta, sin obligaciones docentes, y, sin embargo, sigo pensando la vida en cursos escolares. Buenos días, Rodrigo, te pienso y te escribo, como todas las semanas, en el silencio tempranero de las seis y media.

Esta tarde vienen a casa periodistas de Radio Gaga para hacernos un reportaje, mañana acudo yo para una entrevista final. Me comprometí antes del confinamiento y, ahora, que llega el día del asunto, me agobio. No dejes de rondarnos, hijo, que lo hacemos por ti y tu memoria.

Me pedirán una canción y eso me ha hecho pensar en las que acompañaron nuestros meses de duelo. Y hasta se me ocurrió que podía escribir sobre ellas. Pero luego vuelvo a que comeremos con G y B, y recibiremos juntos a los que vengan, (supongo que un cámara y un reportero). Y sé que será un esfuerzo emocional. Y, como siempre, vuelvo a preguntarme quién me manda a mí meterme en estos líos.

Lo que me ocurre en todas y cada una de las ocasiones. Lo que sigo haciendo porque me parece una obligación amorosa contigo, cariño. Y porque debo seguir poniéndome retos. Entiendo que la ansiedad me pide que evite el estresor y yo, plenamente consciente, apuesto por enfrentarlo. Merecerá la pena. Ya he pasado por lo mismo varias veces. La última, en Belfast.

Os echo de menos a todos los que estáis en el Otro Lado. Nunca pensé que le encontraría nada bueno a las marchas repentinas y anticipadas de mis padres, pero ahora, con tantas muertes horribles en residencias de ancianos, me alegra que no hayan tenido que pasar por esta pandemia.

Pienso en ti. Qué harías, dirías, cómo lo vivirías. Pienso en ti y te quiero. Ojalá pudiera darte los abrazos que todavía tenemos pendientes. Algún día lo haré. Mientras tanto, enséñame cómo llegar hasta ti. Millones de besos y abrazos: Mamá.

Desde la buhardilla

Otro sábado más acudo a esta cita nuestra, hijo querido. Son las nueve, oigo zurear a una paloma lejana y algunas voces en la calle, parece que unos cuantos se preparan para una salida en grupo. Por fin se puede hacer algo así, después de tantos días recluidos. Pienso en ti.

Pienso en lo lejos que estás, cariño, y en lo desvaídos y neblinosos que se han vuelto los recuerdos de la vida que compartimos. Me digo a mí misma que es lo que hay, que no tengo elección, que se desdibujan las experiencias como también lo hacen tus facciones, menos mal que tenemos fotos. Y echo en falta el sonido de tu voz, que recuerdo similar a la de tu hermano y la de tu padre, con las que me consuelo de no poderte oír. Ay, Rodrigo.

No quiero escribir cosas tristes, hijo. Tú eres mucho más que la nostalgia y el vacío de tu silla, tu cama y tu habitación vacías para siempre. Te pienso y te lo digo. No te olvido. Te quiero. Espéranos.

De nuevo contigo

Vuelvo a este rincón virtual donde nos encontramos tú y yo, y nos hablamos bajito. Anteayer por nuestros onces, hoy porque es sábado. Buenos días.

Son las siete, me acurruco a tu vera y te digo que todo sigue igual, que no tengo nada nuevo que contarte, (más allá de las pequeñas circunstancias que ya sabes de días anteriores), lo que en estos tiempos azarosos hay que considerarlo cosa buena.

Hoy sólo vengo a verte, a sentirte, a recordarte que te quiero. Estamos aquí, cariño, en nuestra casa, no nos olvides tú. Desde los árboles y el jardín te hacemos señas. No dejes de velar por nosotros.