11 de junio de 2020

Hoy es once. Siento siempre que nos reúnen nuestros onces. Luego te hago las cuentas y me salen dieciséis años y tres meses, que son el largo y doloroso tiempo que llevamos sin ti.

Es demasiado para seguir mirando atrás. Lo que compartimos en aquel pasado cada vez más remoto se ha vuelto irreal, ajeno, inconsistente. Parece que no sucedió. Me hace dudar, pensar que todo pudiera haber sido un sueño. ¿Viviste con nosotros, hijo? ¿Llegaste a existir? Yo sé que estuviste aquí, pero la niebla existencial me envuelve. Y me duele perderte también en el recuerdo.

Me resisto a dejarte allí, Rodrigo, en ese pasado distante, frío, tan distinto de tu risa, tu optimismo, tus ganas de vivir, tu luz. Así que me aferro a la opción de mantenerte con nosotros en el día a día. Por eso te hablo, te escribo, te pienso, te rezo. Porque te quiero aquí, en casa, siempre cuatro, parte importante, el veinticinco por ciento, de nuestra familia feliz.

Y porque no quiero perderte la pista, cariño. Tú vuela alto y sé feliz, pero no nos olvides. Mándanos mensajes, déjanos hitos para que podamos seguirte y encontrarte.

Confiando en el reencuentro del futuro, te escribo este nuevo día once. Buenos días de jueves primaveral, Rodrigo. Que todo te sea propicio. Te queremos.

Junio

Descubro, de pronto, que es sábado, así de despistada ando, leyendo el periódico medio adormilada. Buenos días, hijo. Hoy es el día semanal que siempre dedico a escribirte y eso hago.

Ha llegado el calor, aunque aún es sobrellevable, y se agradece el vientecillo fresco que nos acompaña los tres últimos días. Salimos poco, a la compra y a dar paseos. Últimamente la gente valora mucho la posibilidad de ir a tomar algo a una terraza. A nosotros no nos va ni pizca. No nos motivaba mucho antes y ahora bastante menos, porque se han reducido los aforos y hay que hacer cola, pedir cita y cosas similares.

Ya podemos ver a tu hermano y a B. Fuimos a su casa el fin de semana pasado. Este haremos por vernos otro ratito. Nos hemos hablado por teléfono, claro, aunque no tanto como los primeros días de confinamiento, que lo necesitábamos casi como respirar.

La vida se ha vuelto más simple, anodina a veces. Pero, por favor, no importa, que se quede así, sencilla, sin más sustos.

Pienso en ti. Qué harías, qué dirías, cómo serían nuestras existencias contigo. Y te echo de menos. Siempre me haces falta, Rodrigo. No te veo desde hace dieciséis años, dos meses y tres semanas, pero te tengo conmigo. Te quiero.

Finales de mayo

Hola, cariño, buenos días. No sé qué decirte hoy, he dormido poco, hace calor y mi mente está espesa.

El pruno de delante agita sus ramas, zurea en él una paloma y otra le contesta a lo lejos. Chisporrotean a ratos algunos verdecillos. Pienso en ti, en tu cumpleaños, en lo que no has vivido, en tu ausencia dolorosa y larga. Y no quiero ponerme triste. Espero que estés bien, Rodrigo.

Ela se cayó en su casa hace dos días y se ha ha roto el brazo derecho. En estos seis meses, desde que se os unió el tío J, lleva ya dos accidentes domésticos de similares características. Échale un vistazo, hijo. Nosotros también estamos en ello.

Nunca se sabe lo que está por venir. Suceden las cosas cuando menos lo esperamos. En los últimos meses la enfermedad de Ela, la de J y su muerte casi inmediata, Ela y su costilla fisurada, una pandemia mundial que nos ha encerrado a todos en casa, y ahora, a punto de una supuesta nueva normalidad, un brazo roto y sus consecuencias.

De un día para otro, la vida cambia, o la muerte nos sale al encuentro, o la enfermedad, o la ruina, o el desempleo, o la traición o la ruptura. Es una ruleta vital que reparte a todos.

Así se te llevaron a ti, hijo. Sin anuncios ni preámbulos. Tú siempre me dueles, Rodrigo. Regreso siempre a tu ausencia, a lo que te robaron y, contigo, a nosotros también.

Últimamente las cosas que planeamos no superan a las que nos suceden por su cuenta. Solo encuentro la boda de tu hermano y su casita, mi jubilación, y algún viaje. Incluso la suerte de que se publicara tu libro, cariño, fue más bien un milagro desde tu mundo que un éxito mío en este.

En fin, hijo. Aquí seguimos, en esta vida extraña y loca, resolviendo lo que nos llega como mejor podemos. Echándote en falta siempre.

No dejes de volar alto. Volveremos a abrazarnos. Te queremos.

Tu cumpleaños

Hace treinta y siete años viniste al mundo y a nuestras vidas, Rodrigo. Hace diecisiete cumples que no estás aquí y solo te llevamos las cuentas.

No me gusta que no estés. La existencia es otra desde que se te llevaron. Sobrevivimos a base de cariño y de tus recuerdos amorosos.

Mantenemos la esperanza de volvernos a encontrar, hijo. Te mandamos abrazos y bailes, juegos y libros, series, bromas, risas, guiños, películas y besos. Te los enviamos como regalo hasta el otro lado del mar que nos separa. Haznos señas cuando los recibas, por favor, Rodrigo.

No te olvidamos. Feliz cumpleaños.

El día antes de tu cumpleaños

Cómo se pasa el tiempo, Rodrigo, de nuevo te pongo unas líneas en una mañana tempranera de sábado. Buenos días, cariño.

Todo sigue igual, con leves variaciones. Nos van desconfinando despacito, suben las temperaturas, vemos a tu hermano de lejos, con mascarilla, paseamos a horas concretas, mantenemos la cautela y precaución debidas.

Enfilamos ya la décima semana de esta situación excepcional, inesperada, que no se resuelve, que nos va a acompañar mucho tiempo más. A la extrañeza perenne de tu ausencia y la nueva y todavía mal asimilada de mi jubilación, se une esta otra de la pandemia. Tiempos raros, difíciles. No puedo quejarme más que de eso, porque, al menos de momento, la pandemia no nos ha tocado de cerca.

Aunque contabilizo tres bajas, los padres de tres compañeros, y A un amigo de los tiempos más dolorosos de tu ausencia, que nos enseñó a tener esperanza y a resistir. Espero que lo hayas conocido y que le des un buen abrazo de nuestra parte.

Mañana, 24, haces 37 años en nuestro recuerdo. Diecisiete lejos de nuestros besos, pero siempre en nuestros corazones. Te canto feliz cumpleaños y happy anniversary. Salto y bailo a tu alrededor. Te jaleo para que me sonrías, hijo, y me abraces, y te rías a carcajadas. Aquí nunca te olvidamos. No dejes de ser feliz.

Más días de primavera lluviosa

Querido Rodrigo, buenos días. Espero que todo te vaya estupendamente. Aquí nosotros seguimos bien, aunque cansados de estas nueve semanas de extrañeza.

Estamos en casa, rodeados de lo que nos es conocido y nos arropa a diario y, sin embargo, también nos resulta raro. Son muchos momentos frustrantes, de no poder disponer libremente de nuestras vidas. Y que remueven emociones subterráneas de rabia, desasosiego, contención, razonamientos auto impuestos, fatiga mental.

Hemos visto a tu hermano dos o tres veces, y hablamos con él guardando las distancias y con mascarillas. La situación resulta enajenante y en medio de ese malestar también está tu ausencia. Como siempre que pasa algo especial, notamos más tu falta. Pobre mío, de la que te has librado.

Porque esto no es algo bonito que vivir. Y tengo miedo por papá, por G y B, por mí misma. Al principio pensaba que sería cosa de dos o tres meses. Me voy dando cuenta de que esta situación va a continuar muchísimo más. No solo este año, ni el siguiente. Tendremos suerte si la cosa se aclara para 2022.

Me temo brotes peores. Me asusta lo que está por venir. Y siempre pienso en ti, te llamo, te pido ayuda, consuelo y protección. Llevo años escribiéndote que vamos hacia ti. Nunca pensé que de esta manera tan traumática. La vida es una fuente inagotable de sorpresas.

Comparto contigo la belleza de los árboles, del jardín, de las flores. También nuestra esperanza de tiempos menos aciagos y de nuestro reencuentro. Te quiero mucho. Te queremos.

11 de mayo de 2020

En este nuevo once de los nuestros me pillas medio dormida. Buenos días, hijo. Ya no solo espero que estés bien, necesito imperiosamente que estés. Tengo miedo de no volver a encontrarme contigo.

Aquí están de nuevo los vaivenes y las horas bajas. Ya he pasado por esto. Te echo de menos, Rodrigo.

Me acuerdo, entonces, de otros momentos dichosos por tu presencia. Pienso también en las maravillosas casualidades que nos hablan de ti desde que se te llevaron. Y espero tiempos mejores, sin el miedo o el estrés de esta pandemia.

La primavera nos ha llenado de flores y de verdor. Te abrazo con su belleza desde esta casa, tu casa. Aquí te esperamos, cariño. No dejes de velar por nosotros.

Octava semana

Anoto la fecha con incredulidad. Es difícil creer cuánto tiempo llevamos confinados, mientras escribo mi primer saludo de hoy para ti: buenos días, hijo.

Los sábados tú eres mi pensamiento inicial y escribirte aquí, también. Este es nuestro lugar para encontrarnos, el humilde rinconcito donde hace dieciséis años y dos meses te echo de menos y te hablo.

Vamos camino de los diecisiete. Casi es ya el mismo tiempo que nos acompañaste, Rodrigo. Me asalta el vértigo de un pasado que no puedo recuperar. No ayudan demasiado el futuro incierto y este presente enajenante de los últimos meses.

Quedan pocas semanas de este curso, seis o siete. Me ha resultado muy extraño, sin mis obligaciones docentes, y más aún con tantos sucesos inesperados. Hace también mucho tiempo que tu hermano no vive con nosotros. Os añoro a los dos con toda mi alma.

Y me pregunto si volveremos a encontrarnos, cariño. Se me hace larga la espera y pierdo los hitos del camino que lleva hasta ti. Me debato entre el miedo y la confianza. Y termino llorando de nuevo tu ausencia repentina, el cómo te nos arrancaron de aquí, el adiós cotidiano de una mañana que parecía como otra cualquiera y resultó definitiva.

Te mando todo mi amor desde casa. Con la primavera llenándonos de flores, de brotes reverdecidos, de renacimiento vital. No nos olvides, que nosotros tampoco te olvidamos.

Siento que no soy capaz de escribir cosas más emocionales, que sigo en fase roma. He aprendido a fluir con mis altibajos. A aceptarlos, a seguir adelante, a que no me condicionen. Y en ese ejercicio te abrazo con todas mis fuerzas. Dame tú uno de tus abrazos de oso, de esos que me dejaban la espalda hecha fosfatina, pero el alma feliz.

2 de mayo de 2020, mi cumple

Flores y una foto de tu infancia

Son las siete de un nuevo mes, hoy cumplo 61, y tú sigues ausente, Rodrigo. Vuelven los recuerdos del 2004, cuando íbamos a compartir el evento de Efeyl, mi cumpleaños incluido, y tú me asegurabas que me ibas a felicitar con megáfono. Nunca llegó ese momento.

He amanecido demasiado pronto, sobre las cinco, y tú tampoco has podido venir este año 2020. Llevo diecisiete cumples sin ti. Y no me acostumbro a que no estés, solo vivo el día a día.

Hoy podemos salir a pasear una hora, un kilómetro, papá y yo. Tengo una rodilla lesionada desde el martes, pero saldremos aunque solo sea alrededor de la manzana. Y lo que más me gustaría sería ir a ver a tu hermano. Hablarle por la ventana. Y verle.

¿No tienes alguien ahí que te preste un megáfono? ¿No has tramado ningún otro plan de los tuyos para venir a rondarnos? Te espero en el mundo intermedio de los sueños. En Atenea Nike. O en los Propíleos. Ojalá pudiera oír tu voz y tu risa, y que me cantases el happy anniversary de los Picapiedra que tanto te hacía reír.

Sexta semana

Sexto sábado y sexta semana de confinamiento, aquí seguimos, hijo querido.¿Qué tal estás tú?

Son las ocho de un hermoso sábado de primavera que no podemos disfrutar en la calle. No me quejo, tenemos un jardincito para que nos dé el aire, y pasear veinte pasos arriba y abajo. Es más que una terraza, un balcón o una ventana, pero no es la libertad.

Pienso en ti, con mi mente obtusa de estos tiempos tan extraños. Papá y yo siempre juntos, ahora más que nunca, vamos a buscarte simplemente viviendo. La casa está muy vacía de vosotros, Rodrigo. Nos hacéis falta tu hermano y tú. No importan los años que hace que no estáis, siempre duele la ausencia. Siempre brota la nostalgia de aquellos momentos compartidos que nunca volverán.

En pocos días llega mi cumpleaños. También me tocará pasarlo en este arresto domiciliario. Como le pasó a B, nada más empezar la nueva circunstancia, que andábamos todavía medio entontecidos.

Pienso en ti. En estos dieciséis años que te robaron unos locos. Te comparo con tus amigos, con tu hermano, e imagino una vida para ti que nunca fue. También te imagino en otro lugar mejor que este, pero no siempre me alcanza la esperanza para mantener ese sueño. Lloro tu ausencia de nuevo, cariño. Siempre me vas a hacer falta.

No sé hacerlo mejor. Este aislamiento me pasa factura emocional. Te quiero. No te olvido. Papá y yo te llevamos juntos en el corazón. Cuida nuestros pasos cansados, por favor hijo. Ven a velar nuestros sueños. No dejes de venir.

Montones de abrazos y besos y risas y bailes y libros y juegos y pelis y guiños. Te queremos.