La primavera, el día de la felicidad y una nueva vida

Del sábado pasado a este han sucedido tantas cosas, a pesar del aislamiento, que no sé por dónde empezar. Ay, hijo querido. Llevamos recluidos una semana, el tiempo se ha ralentizado y nada resulta interesante. Pero cuando echo la vista atrás, comprendo que nuestras existencias ya no son las de hace solo quince días.

En este breve lapso temporal nos hemos hecho conscientes de que la pandemia va en serio. Tenemos más de mil fallecidos, los hospitales a punto del colapso, la economía rota. Comprendemos, también, que es un asunto planetario sin antecedente conocido, que el mundo entero está en cuarentena. Que va a ser duro y largo.

Y en medio de este caos, a los primucos de Cantabria les ha llegado una nena nueva. Enar, así, sin hache, es la hija de Alejandro. Se ha presentado en plena pandemia, sí, pero también con la primavera y en el día de la felicidad. Es una nota de esperanza que demuestra que la vida sigue a pesar del coronavirus y los confinamientos.

¿Estás ahí, hijo? ¿La has conocido antes de su venida a esta tierra? Sin ti todo es amargo y ajeno. Te echamos en falta infinitamente.

Pero vamos en tu busca. Antes o después nos encontraremos. Vuelve tu mirada sobre nosotros y mándanos sonrisas curativas, abrazos reconfortantes, ilusiones nuevas.

Te queremos, hijo. Estamos en casa, ya sabes, donde los prunos te hacen señas. Te queremos. Te queremos.

Solo tres días después

Querido Rodrigo, hoy es sábado y vuelvo a escribirte, aunque esta vez las circunstancias son especialmente extremas.

Estamos en estado de alarma por la pandemia del coronavirus, recluidos en casa, cerradas las tiendas, prohibido todo tipo de ocio, las calles vacías… Con tanta experiencia poderosa en las semanas previas y este recibimiento nada más volver, el sentido temporal se nos ha distorsionado.

Por eso me parece que hace siglos que llegó y pasó nuestro fatídico día once. Y solo fue hace tres días.

Intento no agobiarme por tu hermano, su mujer, papá o yo misma. Mantengo la serenidad. Pero subyace una fuerte preocupación, porque no sabemos a dónde puede llegar esto.

Es muy temprano, escribo medio dormida pero pienso en ti, cariño. Ahora no deseo nada que estuvieras aquí, en medio de este problema de salud mundial. Desde tu mundo luminoso échanos una mano, porfa. Tal vez tú puedas lo que nosotros no podemos. Aquí te echamos en falta.

No te olvidamos. Te queremos mucho, hijo. Ojalá pudiera darte millones de besos. Y abrazos a miles. Te los mando. Con todo mi amor: Mamá.

Dieciséis veces once de marzo

Te escribo cada sábado para hacer patente que no te olvido. Te cuento nuestras vidas aunque estoy convencida de que no te son ajenas. Te hablo cada mañana y cada noche, tu nombre entre los de tu padre y tu hermano, porque los tres sois los hombres de mi vida y os mando siempre todo mi amor incondicional.

En los primeros días, semanas, meses, incluso años, sentía que estabas cerca, rondando nuestro mundo. Y eso me consolaba un poco de tu ausencia dolorosa. Ahora te sé lejano. Y entiendo que debe ser así, pero me duele.

Sin embargo, querido Rodrigo, no me rindo.

Te quiero más allá de las sensaciones, de la proximidad, de la lógica y de la muerte. Nada me hará desistir de amarte y buscarte toda mi vida.

Nos volveremos a encontrar.

El pruno florecido, a la entrada de nuestra casa, fue lo último que viste aquella mañana fatídica.

Te encantaba.

Cada primavera sus flores rosadas son una lección tuya y de la naturaleza. Nos enseñan que debemos renacer de nuestra pena y luchar por un mundo mejor.

Eso intentamos, hijo. En tu nombre. Con tu recuerdo.
TE QUEREMOS.

Desde Belfast

Hola, hijo querido. Te saludo desde Irlanda del Norte, adonde hemos venido para hablar de ti con otras víctimas del terrorismo.

Hemos coincidido con personas muy especiales. Una en concreto nos ha parecido un enviado tuyo y ha compensado el estrés del viaje y de tener que dar una charla en inglés. Gracias, cariño.

Volvemos a casa enseguida. Y ahí estará el aniversario dieciséis. Lloraremos tu ausencia, como cada año. Nos sentimos rotos sin ti.

Por favor, Rodrigo, no dejes de hacernos señas, ni de velar por nosotros. Te queremos. Siempre vas en nuestro corazón.

Desde Asturias

Hola, cariño. Ya sabes que vinimos aquí con la iniciativa amable y cariñosa de nuestro amigo Moncho. Y que llevamos tres presentaciones de tu libro en estos días, en Gijón, Avilés y Oviedo.

Mi cerebro se protege de tantas emociones con la irrealidad. Iré asimilando despacio lo que hemos vivido todo este tiempo, aparentemente breve, tres días, pero sicológicamente muy denso. Y más para mí, que ya estoy muy tocada en lo emocional.

Pienso en ti. Les hablo a otros de ti. Te traigo de vuelta un ratito entre nosotros, como nos escribía tu amigo Víctor.

Y luego duele mucho constatar que no estás, que te arrancaron de nuestro lado, que llevas dieciséis años fuera de casa, que no vas a volver.

Te quiero mucho, muchísimo, hijo. Mi amor por ti no se ha muerto contigo. Sigue uniendo las dos orillas, cruza el mar que nos separa y me trae de vuelta vestigios de ti.

No te olvidamos, Rodrigo. Caminamos en tu busca. A veces vemos hitos que parecen tuyos, que son tuyos, y nos empujan a seguir. Como las flores de los prunos que tanto te gustaban.

Renacemos con ellas después de cada aniversario. Este año se han adelantado, pero siguen significando lo mismo.

Mil abrazos de oso, mil muecas, juegos, risas y viajes. Contigo siempre. Cuatro siempre. Hasta pronto.

Periodo de calma intermedio

La floración del año pasado

Buenos días invernales, hijo querido. A tres semanas de la fecha fatídica los prunos que rodean nuestra casa han despertado y comienzan a florecer. Sus ramas son todavía un atisbo, unas pequeñas y discretas lucecitas rosadas. Pero serán pétalos, y olor, y lluvia de sensaciones de renacimiento.

Entre altibajos de estrés y serenidad, de nostalgia y de agradecimiento por haberte conocido, te escribo este nuevo sábado. No importa el tiempo que haya pasado, Rodrigo. Quiero creer que como tu hermano, no andas lejos, y nos llamas para contarnos cosas, o te acercas para darnos un abrazo.

El asunto es que, dada tu actual naturaleza sutil, no siempre nos damos cuenta.

Porfa, cariño, haz sonar tus cascabeles de estrellas.

Más efecto aniversario

Aquí andamos, Rodrigo, en casita, intentando con todas nuestras fuerzas que el efecto aniversario no nos agote. Tenemos tres presentaciones y un viaje de representación para ahogarlo con actividades pero notamos que cada día se incrementa su efecto, especialmente la ansiedad.

Tu hermano está siempre cerca y nos dedica tiempo muy a menudo. Tus amigos también nos rondan. No estamos tan solos como a veces nos sentimos, pero es que nos faltas tú. Y da igual cuánto tiempo pase, añoramos tu compañía, lo que antes pudimos compartir y desde hace dieciséis años nos ha sido negado.

La que fue tu novia solo dos meses acaba de tener un bebé, un niño de ojos grandes que quizá has conocido en ese lado de la existencia. Ya hay varios pequeños aquí entre tus amigos que me han hecho pensarlo. Ay, cariño, qué nostalgia de todo lo que a ti te arrancaron y no pudiste experimentar, y de paso nos robaron también a nosotros.

Lloro mientras te escribo. Te quiero mucho, hijo. Por favor, consuela nuestra pena, abraza nuestras pobres almas doloridas. Conduce nuestros pasos hacia el reencuentro. Papá también se suma a los abrazos, Rodrigo, todos en piña, siempre cuatro.

11 de febrero de 2020

Nuestros onces siempre cargados de recuerdo se hacen más dolorosos en este mes previo al aniversario. Ay, Rodrigo, siempre te hablo de este efecto hiriente que tienen las fechas. Me repito, lo sé, pero es lo que me pasa.

Mira que me digo a mí misma que es irracional pensar que unos meses son peores que otros, pues nada, no consigo evitar sentirme así. Leo que les sucede a otros dolientes, aunque haya pasado mucho tiempo. Y empiezo a comprender por qué mi padre nunca habló de días concretos para el recuerdo de sus añorados. Y por qué buscó el alegre día de su boda para rezar por mi madre mejor que el triste de su despedida.

Hijo querido, volveremos a hacer presentaciones de tu libro en la cercanía de la fecha fatídica. Y acudiremos a varios actos. Incluso un programa de TV unos días después. Por vuestra memoria. Por poder hablar de ti y tenerte cerca un ratito más.

El amor une tu orilla y la nuestra. Te echamos de menos pero esperamos tu ayuda en nuestra existencia de aquí, mientras llega el momento de reencontrarte allá. No te olvidamos. Te queremos. Siempre cuatro.

Estos días de febrero

Hola, hijo, feliz sábado. ¿Qué tal andas? Te escribo muy temprano, nada más despertarme, como casi siempre, tecleando en el móvil, cuando todavía está oscuro.

Aquí, de momento, todo sigue bien. Nos vamos recuperando de los últimos mazazos y la rutina nos arropa con las obligaciones diarias.

Las fechas, sin embargo, tienen esa incómoda cercanía de nuestro once fatídico que todos los aniversarios nos afecta. Procuro no estresarme, pero no es cosa que se consiga a fuerza de voluntad.

Estos casi dieciséis años sin ti han lavado las sensaciones y los recuerdos. Ya no encaja tu imagen de veinteañero de 2004 con la que deberías tener ahora, de treinta y tantos. Ni tus cuitas de entonces con las que podrían rondarte ahora.

Te imagino, te intuyo, te siento por la casa para siempre anclado en el aspecto físico y emocional de entonces. Así que echo en falta tu yo de aquel tiempo y la actualización que no pude conocer.

Te añoro. Ojalá pudiera verte, abrazarte, decirte cuánto te quiero y cómo me gustaría seguir compartiendo nuestras vicisitudes vitales. Unos canallas fanatizados te arrancaron de nuestras vidas, y yo solo tengo este rinconcito para comunicarme contigo. Te quiero tanto que no renuncio a venir a él. Porfa, sal tú a medio camino y ayúdame a no perder nunca la conexión. Espero siempre tu guía, saludos, señales, guiños y coincidencias.

1 de febrero de 2020


Me asalta la fecha de un nuevo mes sin ti. Llegan a mi consciencia retazos de tu último febrero, de lo contento que estabas por haber terminado los cuatrimestrales, tu novia reciente y un futuro que parecía prometedor.

Te escribo dieciséis febreros más tarde, demasiado tiempo sin tu compañía, Rodrigo, hijo querido y añorado. Lloro y te echo de menos.

No puedo superar la sensación de ausencia injusta. Aunque llevo dieciséis años quejándome, no pude firmar en el Libro de Reclamaciones. Hoy es uno de esos días en los que gana la desesperanza.

Pero te escribo. Y te cuento lo que me pasa. Y no olvido decirte que te quiero. Aprendí a sobrellevar así los días malos, dejando que fluyan. Volverán otros más dulces en los que tu recuerdo no sea tan doloroso.

Mientras tanto, cariño, prométeme que serás feliz. Vuela alto, Rodrigo. Vuela. Te envío toneladas de abrazos y cariños desde esta casita nuestra. Si puedes, ven. Por favor. Hasta prontito.