Esa melancolía post navideña que algunos llaman «blue monday»

Desde el silencio de una mañana lluviosa y oscura tecleo tu nombre, Rodrigo, y pienso en ti, como todos los sábados.

No me olvido de esta cita nuestra, nunca, cariño. Mi pequeña oportunidad de charlar contigo, hijo, que me he buscado tirando de ánimo y de esperanza. A la que no renuncio.

Te sigo echando de menos tantísimo… Ojalá pudiera traerte de vuelta, darte un abrazo y escuchar tu voz. Ojalá llamases contando tus cosas, como hace tu hermano, y pudieras haberte unido a nuestras risas de ayer.

Lloro sabiéndote lejos. Aunque luego me llega la certeza de que en ese momento divertido tú también estabas y reías con nosotros. Y te quiero más que nunca por haberte sumado a la fiesta.

Regreso a la rutina

Ayer volvió papá al trabajo, después de agotar todos los días de vacaciones que no disfrutamos antes por las circunstancias de tu tío J. Hoy todavía me ronda la misma sensación de irrealidad que no me abandona desde que me jubilé. Te escribo, Rodrigo, como siempre, como cada sábado, y aun eso me resulta extraño. Está claro que es un problema mío de percepciones. No sé cómo se resolverá. Llevo tiempo dejándolo fluir, pero ahí sigue.

Tu hermano y B están de fin de semana, aprovechando los pocos que pueden disfrutar juntos al completo. No es la mejor época (hay previsiones de lluvia y hasta de nieve del domingo al lunes) pero carpe diem.

Te recuerdo en algunos nevazos de vuestra infancia: con gorro de lana y muchas risas, en esta casa; o emocionadísimo y muy pequeño, en la primera, cuando descubriste «lo divertida que era la nieve», como tú mismo decías. Y hasta en estas añoranzas positivas siento un pellizco de dolor porque no estás.

Camino de los dieciséis años sin ti te mando abrazos, besos, risas, juegos, vídeos, canciones, libros, consolas, bailes, excursiones, comidas, viajes, ordenadores, charlas, disfraces y chistes. Todo lo que quisiera haber compartido contigo.

Para no quedarme con la frustración de no haberlo hecho, lo intento a nuestra manera. Y, como siempre te digo y te repito, hay que ver lo pesada que soy, te quiero.

11 de enero de 2020

Qué vértigo escribir la fecha de hoy en tu bitácora, Rodrigo. Resulta rarísimo constatar que quedan dos meses para el aniversario décimo sexto de tu muerte injusta y dolorosa. Es excesivo el tiempo ya sin tu compañía, hijo querido. Nunca termino de asimilar tu silla vacía, tu cama siempre hecha, los libros de tu estantería huérfanos de ti.

Esa es la sensación que siempre me invade el alma, da igual que pasen los días, las semanas, los meses y los años: irrealidad. Pero cómo es posible que no estés, que no vengas, que no llames, que no hables, que no rías, que no hayas formado tu propia familia, que no exista ningún niño o niña que te llame papá y a nosotros abuelos.

Terminamos la segunda década de este siglo que empezamos contigo, juntos, animosos y optimistas, pensando en los mil retos que se os ofrecían a tu hermano y a ti. Pero tú ni siquiera llegaste a la mitad de la primera. Contigo se nos truncó también a nosotros el futuro.

Seguimos camino por dignidad elemental, pero ya nunca más nos hemos creído el guión de esta película. Vamos con tu hermano, papá y yo. Nos ayudamos, nos queremos, nos acompañamos. Pero siempre te echamos en falta.

Por favor, cariño, no nos olvides. Échanos un vistazo, no dejes de mirarnos, de velar por nosotros. Visita nuestros sueños, alimenta nuestra llamita de esperanza, cobija esta pena amarga, Rodrigo, de vivir sin ti.

Primer sábado de 2020

Hola, hijo, buenos días. Había perdido la noción del calendario después de los últimos compromisos navideños y de un viernes en urgencias con Ela. Son las ocho, te escribo como todos los sábados desde hace ya más tiempo del que quiero reconocer.

Dieciséis navidades con tu silla vacía se hacen difíciles de soportar. A dos meses de un nuevo aniversario, siento como un sueño la vida pasada, esa que compartí contigo. Lo curioso es que también el presente de tu ausencia dolorosa se muestra huidizo, irreal y ajeno.

Soñé con tu tío y con Elo. Tengo un recuerdo desvaído de haberlos visto en la casa, en el hall, por un momento. Quizás eso significa que cuidan de Ela, que la acompañan.

Nuestras vidas estas últimas semanas, desde la muerte de tu tío, siguen raras, no han alcanzado la normalidad. Y que Ela se fracture una costilla no ayuda a volver a la calma. Supongo que tardaremos en recobrar la rutina que arropa el corazón.

En todas circunstancias, sin embargo, te echamos de menos, Rodrigo. Te pensamos, llamamos y tenemos en cuenta. Aquí tienes tu casa y tu sitio, cariño. Tu familia nunca te olvida. Siempre cuatro, te mandamos abrazos y besos. Te queremos.

.

1 de enero de 2020

Hola, cariño, buenos días. Se supone que hoy no toca escribir aquí, pero es una fecha simbólica significativa en la que, como siempre, te echo de menos.

Añoro tu compañía, Rodrigo. La complicidad que tenemos los tres podía ser de cuatro, debería haberlo sido. Ay, hijo. Qué terrible es tu ausencia.

Desde nuestra casita te llamo, no nos olvides, por favor. Te quiero mucho. Te queremos.

Fiestas, vacaciones y sillas vacías

De nuevo es sábado, el último de este 2019 que se nos escapa entre los dedos. Te escribo, hijo, entre las nieblas del sueño, muy temprano, arropada bajo el edredón. Cuántos años ya hablándote por este medio, Rodrigo, y echándote de menos.

La vida fluye muy deprisa, no sé si mostrando la realidad de este universo o la del tuyo, o ambas a la vez. Acepto las sensaciones de extrañeza y no me empeño en deshacerme de ellas, no solo porque no se dejan, sino porque pudieran ser síntoma de lucidez. Valga la paradoja. ¿Y si sentirlas es tener mejor acceso a lo que de verdad vivimos? ¿Y si la auténtica consciencia consiste en comprender y aceptar que estamos aquí de paso y esta vida trasciende a otra más mejor y verdadera, que decía Manrique?

Ojalá estuvieras aquí para charlar de esto contigo, como hago con tu hermano y con papá. Te lo escribo, no obstante, porque intuyo que te llega y que a tu manera sutil me contestas. No todo lo clara y abiertamente que a mí me gustaría, me enfada tener que conformarme, pero sí la pizca suficiente para resistir.

Esa compañía tuya amorosa, que mantiene el hilo de esperanza de volvernos a encontrar, se basa en el amor que siempre nos ha unido, que me hace llorar, pero también me cura. Por eso te escribo. Porque te quiero más allá del tiempo. Y porque la constancia es la única manera que tengo ya de demostrártelo.

Navidad

Seguimos sin ti, Rodrigo. A esta ausencia tuya no nos acostumbramos aunque ya no nos parezca que vas a entrar en cualquier momento, como sucedía antes, al principio, en los primeros tiempos. Tu hermano es un hijo maravilloso, que intenta colmar tu espacio para que no nos sintamos solos, pero él también te echa en falta.

Esta cena de hoy, con una nueva silla vacía, nos ha mostrado otra versión de las despedidas. Tu tío se ha ido en cuatro meses. Tu abuela lo hizo en siete, Elo en un año, Lalo en una semana y tú en un instante maldito y fugaz. Así os habéis ido despidiendo y algo parecido nos espera a todos y cada uno de los que quedamos. Porque ya tenemos un poco de todo. Me refiero a la casuística. Sobre ella digo, escribo, reflexiono existencialmente.

Uno a uno cada cual debe despedirse de los que ama. O bien porque se marchan, o bien porque el que debe irse es uno mismo. No hay excepción ni excusa para esta regla. Se nos olvida, no queremos ser conscientes, ni pensarlo siquiera, pero es lo que hay. Son las normas de este universo, aunque tendamos a querer creer que todo se hará convenientemente y por orden cronológico y no es así.

Nochebuena en casa de Ela. Navidad con tu tía y tus primos. Cada vez menos numerosos. En declive hasta que llegue la siguiente generación. Contigo siempre, hijo.

El sábado previo a la Navidad

Querido Rodrigo, hoy vuelvo a escribirte desde la extrañeza. No tengo sensaciones navideñas. He llegado a esta fecha dulcemente, sin cansancio, sin agobios laborales, en una monotonía a la que aún no estoy acostumbrada.

Creo que hoy se canta el Gordo de la Lotería, ese sonsonete que acompaña a estas fiestas desde que tengo memoria. El próximo martes es Nochebuena y yo no termino de asimilar dónde me encuentro emocionalmente. ¿Dónde andas tú, cariño? ¿Puedes oírme?

Felices vacaciones, feliz Navidad, espero que estés bien y contento. En medio de esta situación nueva que no termino de asumir, extiendo mi comprensión hasta tu mundo lejano. Y supongo que es muy diferente en sus percepciones, mucho más de lo que ahora, en mis cambios vitales diminutos, me atrevo a especular.

Dieciséis navidades con tu ausencia dolorosa. Por qué tú, mi niño. Esta vida loca te arrancó de nuestro lado sin misericordia. Nos sigues haciendo falta. Nunca dejaré de añorarte, para siempre enfadada con el destino, las reglas de este universo, la mala suerte o lo que quiera que sea que maneja nuestras vidas.

Vuela, Rodrigo. Vuela alto. No dejes de volar. Te quiero.

Sábado 14 de diciembre de 2019

Hola, cariño, buenos días de sábado tempranero, como siempre. Este es otro fin de semana invernal que pasaremos juntos papá y yo. Es una suerte que disfrutamos con consciencia, porque sabemos de sobra que todo puede cambiar en un instante.

Además contamos con la visita anunciada de tu hermano para el domingo. Qué bien. Es una alegría que viva cerca, propicia la posibilidad de vernos a menudo.

Y ahí es donde se nota dolorosamente que nos faltas tú. Ay si estuvieras aquí, cuánto te echamos en falta. En estos tiempos prenavideños todavía más. Y tras la muerte de tu tío y la soledad de Ela ya ni te cuento. Ufffffff, qué difícil se nos hace todo.

Por si fuera poco que añadir a mi cambio laboral, lo sucedido acentúa mis sensaciones de extrañeza y multiplica exponencialmente el vacío que nos dejaste. Ojalá pudiera compartir contigo mis circunstancias nuevas, como hago con papá y con G. Esas de jubilauta escribidora, entre otras. Ay qué dirías, harías, comentarías… Solo puedo usar condicionales, imaginarte. Ay.

Sé que me acompañas a tu modo, el que puedes, claro. Te sentí cercano ayer mismo, cuando volvía a casa en el metro. Me pareció que me anticipabas anuncios sobre mi nuevo manuscrito, y al poco se confirmaron como auténticos. Jo, qué fuerte. No es la primera vez que sucede, pero siempre me impacta. Te lo agradezco mucho, Rodrigo.

Gracias por estar pendiente y por cuidarnos. Gracias por dejarnos mapas y señales. Caminamos juntos los tres, siempre en tu busca. Te queremos. No te olvidamos y tú tampoco nos olvidas. Volveremos a abrazarnos los cuatro. Seguro.

Once de diciembre de 2019

Aquí seguimos, cariño. Un poco más tristes, con el miedo latente acentuado. Vamos adelante porque no hay otra, porque la vida nos arrastra y porque tú nos esperas y guías desde tu mundo. Ay, Rodrigo, te echamos de menos. Añoramos tu presencia y todo lo que pudimos haber compartido contigo y nos robaron aquellos locos canallas fundamentalistas.

La muerte de tu tío J nos ha puesto de nuevo en el borde del abismo. Nos cuesta volver a una cotidianidad dulce, sigue la aprensión y se recrudece el estrés postraumático. No nos dejamos atrapar por el pánico, pero ahí siguen ese punto de angustia que no se marcha, esa opresión en el pecho que pesa al respirar, o las contracturas de la espalda.

Y mientras tanto tus amigos se casan, como Víctor o Kaik, o tienen hijos, como Willy, Mus o Macarena. Me pregunto cómo sería tu caso y lloro recordando anécdotas de tu infancia. Desde que no estás he perdido contigo al niño que fuiste, al bebé, al adolescente, al joven… Me faltas tú en todas y cada una de las etapas. Nunca me acostumbro a tu ausencia injusta.

A tres meses de un nuevo aniversario, ya el décimo sexto, te llamo desde esta casa nuestra para recordarte que estamos aquí y te queremos. Hasta pronto, hijo. Siempre contigo. Mil abrazos y besos.