11 del 11 de 2020

Hoy día once del mes once, a las 11:11 he recibido este mensaje:

Qué curiosa y significativa coincidencia, hijo. Entonces yo le contesté lo que ya te había contado a ti antes:

Hola. Muchas gracias. Todo el mundo, amigos y familia, dice que les ha gustado mucho el programa.
Pero nosotros tres, la familia nuclear, Juan Carlos, Gonzalo y yo, no hemos sido capaces de verlo.
Todavía.
Espero que podamos en algún momento, más adelante.
Hemos participado por amor a Rodrigo, por mantener su recuerdo y la memoria de lo que pasó.
Podemos parecer serenos.
Puede que parezca que estamos bien y que lo «hemos superado».
Pero estas cosas nos suponen un esfuerzo emocional grande.
Queremos agradeceros el trabajo, el reportaje, la consideración, el cuidado.
También, que sepáis lo que queda en nuestro silencio, tras nuestras puertas.
Un abrazo grande para todos: Marisol

Y ahí también volvió a escribirnos ella:

Marisol,
Es cuando tengo la oportunidad de conocer personas como tú que mi trabajo tiene sentido, me alegra poder contribuir a mantener el recuerdo de las víctimas y de lo que pasó, aunque sea solo un granito de arena.
Espero que algún día podáis verlo, creo que es un bonito homenaje.
Ahora ya sabes dónde encontrarme, para cualquier cosa no dudes en contactar conmigo.
Un abrazo, cuídate mucho: Lali

Ha sido un hermoso y mágico día once del once. Contigo en el pensamiento.

Noviembre de lluvia y otoño

Buenos días, hijo querido. Tecleo en la oscuridad de las siete de la mañana. Con un silencio absoluto, de ventanas cerradas. Ni siquiera alcanzo a escuchar el tictac del reloj del hall, que otras veces acompaña mis despertares.

Seguimos en pandemia. Sin vida social. Excepto una vez al mes, que acudo a una cita literaria en la FCPJH, con las medidas adecuadas de distancia y una mascarilla FFP2.

Todo se ha vuelto ajeno y extraño. Papá teletrabaja cuatro de los cinco días laborables de cada semana. Estamos en casita casi todo el tiempo, aunque salimos a pasear una o dos veces diarias. Últimamente, con lluvia y viento, solo una. Y, por cierto, nos encontramos poca, poquísima gente por la calle. Ayer tarde, para nuestra sorpresa, ninguna persona se cruzó con nosotros.

El jardín está lleno de hojas rojas y doradas. Una hermosa mezcla del tilo de la casa de al lado y tu árbol favorito. Ya casi no hay en sus ramas, se han quedado desnudas. Solo el pruno y el espino lucen todavía sus cabelleras.

Pienso en ti, te escribo, como todos los sábados. Te vuelvo a pedir ayuda para toda la familia. Y sosiego. Y esperanza. No te olvidamos, Rodrigo. Volveremos a fundirnos en ese abrazo que sigo sintiendo pendiente.

Hasta pronto. Miles de risas, bailes, canciones, juegos, libros y pelis. Te queremos.

Radio Gaga

Este jueves por la noche, volvimos a pensar en ti todos los que te queremos. Buenos días, Rodrigo.

Salió en antena el programa sobre el once de marzo grabado en junio. Papá y yo solo hemos leído comentarios, porque no estamos suscritos a esa cadena. Y porque no hemos hecho verdadero interés en verlo con nadie. Por puro agobio.

Ni con G y B, que sí lo están. No queremos hacer sufrir a tu hermano innecesariamente. Es posible que él tampoco quiera ver el programa. Lo intentó y no alcanzó a terminarlo. Le encanta charlar de ti, y lo hace con soltura, cada vez que le apetece. Pero odia hablar del fatídico día en que te arrancaron de nuestro lado.

Los amigos escriben líneas emocionadas, papá comenta que era lógico que ese programa tratase el asunto con delicadeza, y yo me siento aliviada solo a medias. Temía dejarte en mal lugar, cariño, y supongo que no ha sido demasiado desastre. Pero no sé si podré verlo alguna vez. Me ha pasado con otras entrevistas.

Ya te había comentado que en las grabaciones me sentí incómoda, poco lúcida, saltando de un tema a otro sin orden ni concierto. Que yo quería explicar cuánto te queremos y cuánto te añoramos, qué injusta es tu ausencia. Y que mis percepciones fueron de calor y cansancio de todo el equipo, de estar un poco de sobra, de saturación, de desgaste emocional y físico.

Pero no me quejo, solo me angustio. Es el reconcome del estrés postraumático que aumenta y disminuye por oleadas y que, por lo visto, no se me nota. Dicen que aparento serenidad. Vale, sí, no pierdo los nervios. Pero sufro. Y lloro. Y te echo de menos tan enorme, terrible y gigantescamente que me quiero morir.

Y no me pasa a mí sola. Aquí nos faltas cada día. Y cuando tus amigos, y tu hermano, dicen cuánto les gustan Burque y Peinado,(los periodistas, cosa lógica porque son de su generación), imagino que tú estarías diciendo lo mismo. Si pudieras. Luego vuelvo a constatar tu ausencia y me asaltan unas lágrimas repentinas, de esas que andan agazapadas en su escondite y dan sustos en los momentos más inoportunos.

Seguimos en crisis sanitaria, casi confinados, saliendo poco, viendo a tu hermano un rato pequeño y una vez a la semana. La epidemia crece y satura los hospitales sin medios. Esta comunidad autónoma, desastrosamente dirigida, va a la debacle. Échanos una mano, Rodrigo. Por favor.

Abrazos de oso, besos restrellados, risas, juegos y canciones. Te queremos. Quedamos en el mundo intermedio de los sueños.

Demasiado pronto

Buenos días, Rodrigo. Me sorprende comprobar que son las cinco y te escribo totalmente despejada. Luego comprendo que para mi organismo es ya tiempo de despertar.

No sé qué voy a hacer en los próximos días, porque mañana retrasarán el cómputo una hora, como viene siendo habitual los últimos decenios, pero eso mi cerebro no lo sabe. Voy a amanecer antes de lo necesario muchas madrugadas, me estoy temiendo. Antes de este caos mundial, se llegó a proponer dejarse de cambios horarios. Obviamente, con la que está cayendo, todo se ha quedado en meras palabras.

En este planeta Tierra seguimos en pandemia, ya siete meses. Es mucho tiempo de presión, lo sé, pero entristece comprobar que la gente se «cansa» de la situación, como críos pequeños. Y protesta de las medidas sanitarias, como si se pudiera no hacer nada, como si la enfermedad que nos asola fuese una opción de programa electoral, una manía política. Y, sobre todo, olvidando la cifra diaria de fallecidos. O normalizándola, que es aún peor.

Papá y yo somos responsables y no vemos a nadie, solo a tu hermano, cada finde, un ratito. Hemos eliminado la interacción social. Excepto una clase mensual en la FPJH, todas mis actividades son online. Y papá teletrabaja casi todos los días. Salimos, sin embargo, a dar paseos mañana y tarde, porque nos viene bien el ejercicio, que nos dé un poco el sol y respirar aire fresco (lo que se puede, llevando mascarillas).

Procuramos envolvernos de rutina, de esa que arropa el alma, pero contigo siempre en los labios y en el corazón. Sigues latiendo con nosotros en esta casa, en el jardín, que tanto amaste y que con el otoño se tiñe de amarillos, rojos y dorados.

Te mando hojas del lyquidambar, hierba reverdecida cubierta de rocío, viña que enrojece, y las últimas flores fucsia de las orquídeas. No te olvidamos, cariño. Vuela alto.

Seguimos en crisis sanitaria

Son las ocho de un hermoso sábado otoñal. La luz empieza a abrirse camino. Querido Rodrigo, buenos y dulces días.

Hemos quedado con tu hermano para comer hoy y me pregunto cómo sería que vinieras tú también. Hace dieciséis años y siete meses que no compartimos estas acciones cotidianas. G lleva ya casi cinco viviendo independiente, ¿cuántos podrías llevar tú? ¿Cómo serían tu vida, tu pareja, tu familia, tu casa, tu trabajo, tus amigos?

Te echo en falta. Y cuando me pregunto cómo seríamos nosotros si no te hubieran arrancado de aquí, comprendo que tu muerte nos transformó. Creo que ahora nos preocupamos menos por nimiedades que, pobres de nosotros, creíamos asuntos imprescindibles. Ay, Rodrigo.

Nuestro presente sigue cargado de incertidumbres sanitarias y económicas. El asunto va para muy largo y tenemos que resistir. En la salud y en la serenidad. Te pido ayuda, como siempre. Por favor, no dejes de cuidarnos, hijo.

Gracias por hacernos guiños de esperanza en medio de todo este caos. Por esos «saludos desde el valhalla» tan frikis y emocionantes. Te queremos.

11 de octubre de 2020

Hoy vuelve a ser uno de nuestros onces, hijo.

Cuando naciste, medíamos el tiempo con el 24 de tu llegada (de aquel mayo del 83). Con veinticuatros fuimos contando tus meses de bebé tranquilo y sonriente: uno, tres, nueve, doce, dieciocho. Felices de tenerte. ¿Quién podía pensar que venías para tan poca vida? ¿Por qué nada nos hizo señas, por qué nadie te cuidó? Te fallé como madre, porque no fui capaz protegerte. Lo siento tanto, Rodrigo…

Luego fueron los años el sistema de cómputo, ay, cariño. Y contamos dos, tres, ocho, doce, dieciséis, dieciocho… Crecías. Te hacías fuerte y cada vez más listo, y siempre seguías siendo bueno. En el buen sentido machadiano de la palabra bueno. Hasta que todo se rompió, cuando apenas llevabas veinte con nosotros, y nueve meses, y catorce días.

Demasiado pronto. Demasiado injustamente te arrancaron de nuestro lado. El mundo se perdió tu sonrisa, tu voz y tu bondad. Nos quedamos con los asesinos, con el fanatismo que usa la muerte para perpetuarse y con los aprovechados sin escrúpulos que os usaron en su beneficio, político, económico o personal. Esos siempre abundan. No se ceban la Parca o la desdicha con ellos.

Ahora contamos a base de onces esta nueva vida sin ti. Dieciséis años y siete meses de ausencia inmerecida, absurda y dolorosa.

Sigue dejándonos pistas, Rodrigo. No pares de enviarlas. Todavía nos debes muchos abrazos. Y nosotros, canciones y besos y risas y bailes inventados. Necesitamos la esperanza del reencuentro.

Te queremos, hijo. Para siempre.

10 de octubre de 2020

Hola, cariño, buenos días. Tecleo unas líneas en el móvil porque es sábado, el día que siempre te escribo. Son las seis y todo está oscuro y silencioso.

Seguimos con muchos casos de coronavirus en Madrid. Después de un rifirrafe político y una indefinicion de la comunidad que avergüenzan, continúa el cierre perímetral por orden del Gobierno. Nos afecta a Getafe, Madrid y otras ocho ciudades de esta región. Papá y yo procuramos ser prudentes y solo salimos a lo necesario. No te preocupes, estamos bien.

Van alternando días de frío con otros muy agradables, así suele ser el típico otoño madrileño. Tu árbol favorito ya cambia los colores, y nos regala su gama de dorados y rojos. El tilo del jardín de al lado pronto será un clamor amarillo. El pruno mantiene las posiciones, porque no suelta las hojas hasta noviembre, la hierba se vuelve brillante y renueva su verdor. En medio de tanta belleza, pienso en ti. En lo que te gustaba el jardín. En que te echamos mucho de menos.

Anoche papá y yo quisimos ver el planeta Marte, que está, dicen los astrónomos, más cerca de lo habitual. Era un buen momento y excelente la temperatura, pero brumas y nubes nos lo taparon. O no lo supimos encontrar. Hablamos de ti. Siempre estás en nuestras conversaciones, sobre todo cuando miramos al cielo. Ojalá nos veas y sientas cuando sucede. Ojalá puedas venir a escondidillas y abrazarnos mientras dormimos.

Te queremos, Rodrigo. Ya sabes que no te olvidamos. Hasta mañana.

Otro sábado y otra modalidad de confinamiento

Buenos días, Rodrigo. Desde el primer fin de semana de octubre, te escribo. Hace frío, incluso ha nevado en la sierra, sopla un viento inclemente y necesitamos prendas de abrigo para nuestros paseos habituales. Estamos inmersos en una borrasca que señala la nueva estación. Supongo que después mejorarán algo las temperaturas, pero ya en las tonalidades del otoño. ¿Qué tal estás tú?

Aquí, en este mundo, la vida sigue, con sus ciclos climáticos, con sus poderosos canallas, con los compañeros sufridores. Es una espiral infinita de buenas y malas noticias en la que volvemos a pasar desapercibidos, al menos de momento. Siempre echándote en falta. Nuestra familia chiquita, qué poquitos somos. Sin ti.

Te sueño, te espero, te quiero vivo aunque lejano. Hijo querido, vuela alto. Pero no dejes de cuidarnos. Papá y yo seguimos de vacaciones, pero sin salir fuera. Nos basta con estar juntos y ver a tu hermano de vez en cuando.

Últimamente ha regresado la ansiedad, duermo mal y me angustian las llamadas extemporáneas. Fases de acorchamiento emocional, junto con otras de sensibilidad extrema, lo habitual, en oleadas más largas e impredecibles. Miedos latentes que se activan y soterran vaya usted a saber por qué razones. Así vivimos desde que nos dejaste tan solos y tan tristes.

Te queremos, hijo. Nunca te olvidamos. Volveremos a abrazarte.

Septiembre se acaba sin ti

No sé si puedo hablar de acostumbrarme a tu ausencia, Rodrigo, pero algo así sucede. Y se trenza, apretado, con el paso del tiempo.

Porque ya sé que no estás y no te busco, angustiada por todas partes. Ni espero oír tu voz por la casa, ni siento que pudieras estar leyendo en tu habitación.

Tampoco me acompañan ya las sensaciones de que estás a punto de regresar, de que abrirás la puerta de la calle en cualquier momento.

No te busco de lejos, no te confundo con otros jóvenes parecidos. En el fondo de mi alma sé, dolorosa y profundamente, contra toda ilusión, que no vas a volver.

Por eso te escribo.

Hubo un tiempo en que lo hacía para calmar la pena, la angustia y el llanto. Ahora tiene otra razón, hijo querido. En estos momentos, difíciles por el maldito virus y aterradores por la mala gobernanza de los politicastros, lo hago por mantener la comunicación contigo.

Perdóname por ir amándote así, que decía Pedro Salinas. Lo hago como la intuición me va indicando. Pero siempre, siempre, siempre, porque te quiero.

19 de septiembre de 2020

Llueve mucho, casi ha llegado el otoño, las noches son más largas, ¿cómo estás, hijo querido?

Papá y yo hemos intentado desconectar de la rutina y de la pandemia. Y lo conseguimos durante unos pocos días. Pero la realidad ha regresado por su cuenta. Tenemos confinamientos parciales en Madrid, en las zonas más afectadas.

Aquí no nos llegan todavía, nuestro barrio sigue medianamente bien. Lógico, porque es pequeño y está muy aislado, con mucho campo sin construir alrededor. Pero esas restricciones solo para los distritos más poblados no creo que sirvan para gran cosa. Que puedan salir para ir al trabajo y que la comunidad de Madrid no resuelva el terrible hacinamiento de los transportes no es una medida preventiva. Es más bien un insulto.

En resumen, la población que sigue yendo a trabajar masificada, pero debe confinarse en las demás actividades, seguirá transmitiendo e infectándose. Me temo que es una disposición clasista y a la vez inútil. Para contentar a los suyos, para aparentar que hacen algo, para culpabilizar a otros.

El tiempo lo dirá. Pero mientras tanto, todos los ciudadanos de esta región somos sus rehenes. Estamos inermes en las garras de unos desalmados desaprensivos, que no pararán la economía, aunque cueste vidas. El hecho es que ya dejaron morir a miles de ancianos y ni siquiera se admitió a trámite la denuncia contra esa maligna gestión. Vamos por el mismo camino de sacrificar peones. Con estas medidas, que no soliviantan a los suyos, parece que hacen algo. Y señalan culpables. Sus incondicionales no necesitan más.

Esto va para largo y se irá poniendo más difícil. Nunca pensé que podría «alegrarme» de tu ausencia, pero ahora sucede que pienso que menos mal que tú no lo sufres. Ni mis padres. Ni Elo. Ni tu tío J. Ela vive aterrorizada viendo noticias, lo único que hace, recluida en casa, sin ánimo para nada más. Ni siquiera puede acudir a consulta para revisar cómo evoluciona su brazo fracturado. Y mucho menos puede pensar en la rehabilitación que necesita. El centro de salud sigue cerrado y no conviene acudir a consultas externas al hospital.

La vida vuelve a ponerse áspera. Ay, cariño, y difícil. Vamos a buscarte. No dejes de velar por que sigamos bien el camino.

Millones de abrazos y besos, Rodrigo. Te queremos.