Una mañana cualquiera de verano

Buenos días, Rodrigo. Espero que todo te vaya bien. Así parece que seguimos todos nosotros, Ela, tu hermano y su mujer, papá y yo. El coronavirus sigue rondando nuestras vidas, ahí fuera, sin vacuna, aunque parece que los médicos ya medio lo entienden y empiezan a saber cómo paliar sus peores síntomas. Nos mantenemos un poco aislados, cómodos en casita, teletrabajando, única medida de seguridad a nuestro alcance.

Esta semana ha sido la de las mil limpiezas, después de la reparación del tejado. La obra, menos mal, no duró demasiado tiempo, acabaron el lunes, pero nos llevó tres días de trabajo continuo devolver la casa a su estado previo y sacudirnos las sensaciones de invasión del espacio vital.

Te escribo temprano, como todas las semanas, sintiendo que nace un nuevo día y añorando poderlo compartir contigo. Si estuvieses aquí… Cuántas cosas en común nos hemos perdido, nos robaron aquellos locos malditos…

Vivir este presente sin ti resulta realmente arduo. Tu recuerdo en el pasado está ya muy lejos, ha perdido nitidez, se ha emborronado con una niebla que lo diluye y difumina. Lucho por mantenerte en nuestra rutina cotidiana, pero la constatación de tu ausencia es muy tozuda. Y la esperanza del reencuentro en el futuro no arropa suficiente el corazón.

Te añoro. Te echo de menos, en falta. Ojalá estuvieras aquí y pudiese oír tu voz, tu risa, tus planes, tus ideas, tus sueños…

No renuncio a tus abrazos ni a tu amor. Te espero. Ven cuando puedas. Te quiere muchísimo: Mamá.

11 de julio de 2020

Hola, Rodrigo. Hoy te escribo tecleando en el móvil y la oscuridad de las cinco de la mañana. Me ha despertado el calor inmisericorde de estas fechas. Buenos días.

Poco nuevo hay para contarte en este sábado y once. Tenemos la casa patas arriba por un arreglo de tejado, pero esperamos que ya acaben el lunes o el martes. Es raro sentir el habitat invadido por personas desconocidas, más aún después de tantos días de aislamiento. Y, de forma especial, para papá y para mí, que te echamos tanto de menos y que llevamos ya unos cuantos años solos, desde que se independizó tu hermano.

La vida es así, o monótona o accidentada. Vamos navegándola como mejor podemos, conscientes del día a día. No hemos dejado de trabajar, aun con las incomodidades derivadas, así que la semana ha sido bastante productiva.

Siento que andas lejísimos, tanto que no puedo alcanzarte. Hace demasiado tiempo que compartimos tu corta existencia, cariño. Ese pasado se me deshace entre las manos, se desdibuja y decolora, se diluye en una neblina existencial que me entristece e indigna. Por eso te hablo, hijo. Porque intento mantenerte con nosotros en lo cotidiano, porque necesito esa esperanza continuada, porque no me es suficiente pensar en reencontrarte dentro de más años. No sé si será posible, pero, en todo caso, después de tanto tiempo separados, ¿qué tendríamos en común? No quiero romper, por ello, estos lazos.

Solo son unas líneas en este hogarcito virtual, pero son también la comunicación contigo. Son mi manera de decirte que te quiero, que no te olvido, que necesito que tú también salgas a mi encuentro y me contestes cuando puedas.

Desde casita, el jardín, los libros y juegos y tu habitación, te quiero, te rezo, te espero. Muchos besos y abrazos de oso. Hasta pronto: Mamá.

Julio, vacaciones y programas de la tele

Buenos días, hijo, desde el jardín que tanto amaste. Hoy te escribo disfrutando de la brisa fresca matutina. Respiro este aire que reconforta y me preparo para el calor que hará luego.

Tu hermano y su mujer vienen a comer y a pasar la tarde. Así hemos quedado en celebrar el cumpleaños de papá. Será nuestra única interacción social. Mañana, ya en otra onda, terminaremos de preparar la casa para la obra del tejado. Y dejaré la buhardilla para refugiarme en la habitación de G.

No sé cómo saldría el programa de tele que hice por ti. Mis sensaciones son agridulces. De mucho repetir y de tomas absurdas y forzadas aquí, en casa. Y de calor, incomodidad y un tono que se iba volviendo frívolo por momentos, sobre todo en los minutos finales, que me dejó mal rollo.

Yo estaba agotada y no sé si demasiado lúcida, con el bochorno y una espera al sol de casi dos horas. Los periodistas tampoco estaban en su mejor momento, achicharrados y cansados después de tres días tórridos, yo era la ultimísima entrevista y les había encantado la anterior. En esas circunstancias podría haber sido un verdadero desastre. Creo que salvé los trastos, JC estaba cerca y tuvo buena impresión, pero tendría que haber salido mejor. A ese respecto estoy desanimada. Espero no haberte dejado en mal lugar, cariño.

A veces siento que estás muy lejos, ocupado y silencioso. Otras tengo destellos de tu recuerdo. Y siempre te quiero. No te olvidamos. Vamos a buscarte. Tú, mientras tanto, déjanos pistas y busca lugares bonitos que luego quieras compartir con nosotros.

Saluda a Manolo y a Carol, que un día como hoy se fueron contigo. Montones de abrazos, de risas, de besos, de juegos y canciones, de guiños y de bailes por las escaleras. Sigue riendo, por favor, Rodrigo. Me encantaba verte reír.

Nos vemos pronto: Mamá.

El último sábado de junio y el fin de curso

Siento así tu presencia, luminosa y emocionante, pero fugaz e inasible.

Este ha sido el primero como jubilauta, sin obligaciones docentes, y, sin embargo, sigo pensando la vida en cursos escolares. Buenos días, Rodrigo, te pienso y te escribo, como todas las semanas, en el silencio tempranero de las seis y media.

Esta tarde vienen a casa periodistas de Radio Gaga para hacernos un reportaje, mañana acudo yo para una entrevista final. Me comprometí antes del confinamiento y, ahora, que llega el día del asunto, me agobio. No dejes de rondarnos, hijo, que lo hacemos por ti y tu memoria.

Me pedirán una canción y eso me ha hecho pensar en las que acompañaron nuestros meses de duelo. Y hasta se me ocurrió que podía escribir sobre ellas. Pero luego vuelvo a que comeremos con G y B, y recibiremos juntos a los que vengan, (supongo que un cámara y un reportero). Y sé que será un esfuerzo emocional. Y, como siempre, vuelvo a preguntarme quién me manda a mí meterme en estos líos.

Lo que me ocurre en todas y cada una de las ocasiones. Lo que sigo haciendo porque me parece una obligación amorosa contigo, cariño. Y porque debo seguir poniéndome retos. Entiendo que la ansiedad me pide que evite el estresor y yo, plenamente consciente, apuesto por enfrentarlo. Merecerá la pena. Ya he pasado por lo mismo varias veces. La última, en Belfast.

Os echo de menos a todos los que estáis en el Otro Lado. Nunca pensé que le encontraría nada bueno a las marchas repentinas y anticipadas de mis padres, pero ahora, con tantas muertes horribles en residencias de ancianos, me alegra que no hayan tenido que pasar por esta pandemia.

Pienso en ti. Qué harías, dirías, cómo lo vivirías. Pienso en ti y te quiero. Ojalá pudiera darte los abrazos que todavía tenemos pendientes. Algún día lo haré. Mientras tanto, enséñame cómo llegar hasta ti. Millones de besos y abrazos: Mamá.

Desde la buhardilla

Otro sábado más acudo a esta cita nuestra, hijo querido. Son las nueve, oigo zurear a una paloma lejana y algunas voces en la calle, parece que unos cuantos se preparan para una salida en grupo. Por fin se puede hacer algo así, después de tantos días recluidos. Pienso en ti.

Pienso en lo lejos que estás, cariño, y en lo desvaídos y neblinosos que se han vuelto los recuerdos de la vida que compartimos. Me digo a mí misma que es lo que hay, que no tengo elección, que se desdibujan las experiencias como también lo hacen tus facciones, menos mal que tenemos fotos. Y echo en falta el sonido de tu voz, que recuerdo similar a la de tu hermano y la de tu padre, con las que me consuelo de no poderte oír. Ay, Rodrigo.

No quiero escribir cosas tristes, hijo. Tú eres mucho más que la nostalgia y el vacío de tu silla, tu cama y tu habitación vacías para siempre. Te pienso y te lo digo. No te olvido. Te quiero. Espéranos.

De nuevo contigo

Vuelvo a este rincón virtual donde nos encontramos tú y yo, y nos hablamos bajito. Anteayer por nuestros onces, hoy porque es sábado. Buenos días.

Son las siete, me acurruco a tu vera y te digo que todo sigue igual, que no tengo nada nuevo que contarte, (más allá de las pequeñas circunstancias que ya sabes de días anteriores), lo que en estos tiempos azarosos hay que considerarlo cosa buena.

Hoy sólo vengo a verte, a sentirte, a recordarte que te quiero. Estamos aquí, cariño, en nuestra casa, no nos olvides tú. Desde los árboles y el jardín te hacemos señas. No dejes de velar por nosotros.

11 de junio de 2020

Hoy es once. Siento siempre que nos reúnen nuestros onces. Luego te hago las cuentas y me salen dieciséis años y tres meses, que son el largo y doloroso tiempo que llevamos sin ti.

Es demasiado para seguir mirando atrás. Lo que compartimos en aquel pasado cada vez más remoto se ha vuelto irreal, ajeno, inconsistente. Parece que no sucedió. Me hace dudar, pensar que todo pudiera haber sido un sueño. ¿Viviste con nosotros, hijo? ¿Llegaste a existir? Yo sé que estuviste aquí, pero la niebla existencial me envuelve. Y me duele perderte también en el recuerdo.

Me resisto a dejarte allí, Rodrigo, en ese pasado distante, frío, tan distinto de tu risa, tu optimismo, tus ganas de vivir, tu luz. Así que me aferro a la opción de mantenerte con nosotros en el día a día. Por eso te hablo, te escribo, te pienso, te rezo. Porque te quiero aquí, en casa, siempre cuatro, parte importante, el veinticinco por ciento, de nuestra familia feliz.

Y porque no quiero perderte la pista, cariño. Tú vuela alto y sé feliz, pero no nos olvides. Mándanos mensajes, déjanos hitos para que podamos seguirte y encontrarte.

Confiando en el reencuentro del futuro, te escribo este nuevo día once. Buenos días de jueves primaveral, Rodrigo. Que todo te sea propicio. Te queremos.

Junio

Descubro, de pronto, que es sábado, así de despistada ando, leyendo el periódico medio adormilada. Buenos días, hijo. Hoy es el día semanal que siempre dedico a escribirte y eso hago.

Ha llegado el calor, aunque aún es sobrellevable, y se agradece el vientecillo fresco que nos acompaña los tres últimos días. Salimos poco, a la compra y a dar paseos. Últimamente la gente valora mucho la posibilidad de ir a tomar algo a una terraza. A nosotros no nos va ni pizca. No nos motivaba mucho antes y ahora bastante menos, porque se han reducido los aforos y hay que hacer cola, pedir cita y cosas similares.

Ya podemos ver a tu hermano y a B. Fuimos a su casa el fin de semana pasado. Este haremos por vernos otro ratito. Nos hemos hablado por teléfono, claro, aunque no tanto como los primeros días de confinamiento, que lo necesitábamos casi como respirar.

La vida se ha vuelto más simple, anodina a veces. Pero, por favor, no importa, que se quede así, sencilla, sin más sustos.

Pienso en ti. Qué harías, qué dirías, cómo serían nuestras existencias contigo. Y te echo de menos. Siempre me haces falta, Rodrigo. No te veo desde hace dieciséis años, dos meses y tres semanas, pero te tengo conmigo. Te quiero.

Finales de mayo

Hola, cariño, buenos días. No sé qué decirte hoy, he dormido poco, hace calor y mi mente está espesa.

El pruno de delante agita sus ramas, zurea en él una paloma y otra le contesta a lo lejos. Chisporrotean a ratos algunos verdecillos. Pienso en ti, en tu cumpleaños, en lo que no has vivido, en tu ausencia dolorosa y larga. Y no quiero ponerme triste. Espero que estés bien, Rodrigo.

Ela se cayó en su casa hace dos días y se ha ha roto el brazo derecho. En estos seis meses, desde que se os unió el tío J, lleva ya dos accidentes domésticos de similares características. Échale un vistazo, hijo. Nosotros también estamos en ello.

Nunca se sabe lo que está por venir. Suceden las cosas cuando menos lo esperamos. En los últimos meses la enfermedad de Ela, la de J y su muerte casi inmediata, Ela y su costilla fisurada, una pandemia mundial que nos ha encerrado a todos en casa, y ahora, a punto de una supuesta nueva normalidad, un brazo roto y sus consecuencias.

De un día para otro, la vida cambia, o la muerte nos sale al encuentro, o la enfermedad, o la ruina, o el desempleo, o la traición o la ruptura. Es una ruleta vital que reparte a todos.

Así se te llevaron a ti, hijo. Sin anuncios ni preámbulos. Tú siempre me dueles, Rodrigo. Regreso siempre a tu ausencia, a lo que te robaron y, contigo, a nosotros también.

Últimamente las cosas que planeamos no superan a las que nos suceden por su cuenta. Solo encuentro la boda de tu hermano y su casita, mi jubilación, y algún viaje. Incluso la suerte de que se publicara tu libro, cariño, fue más bien un milagro desde tu mundo que un éxito mío en este.

En fin, hijo. Aquí seguimos, en esta vida extraña y loca, resolviendo lo que nos llega como mejor podemos. Echándote en falta siempre.

No dejes de volar alto. Volveremos a abrazarnos. Te queremos.

Tu cumpleaños

Hace treinta y siete años viniste al mundo y a nuestras vidas, Rodrigo. Hace diecisiete cumples que no estás aquí y solo te llevamos las cuentas.

No me gusta que no estés. La existencia es otra desde que se te llevaron. Sobrevivimos a base de cariño y de tus recuerdos amorosos.

Mantenemos la esperanza de volvernos a encontrar, hijo. Te mandamos abrazos y bailes, juegos y libros, series, bromas, risas, guiños, películas y besos. Te los enviamos como regalo hasta el otro lado del mar que nos separa. Haznos señas cuando los recibas, por favor, Rodrigo.

No te olvidamos. Feliz cumpleaños.