Más efecto aniversario

Aquí andamos, Rodrigo, en casita, intentando con todas nuestras fuerzas que el efecto aniversario no nos agote. Tenemos tres presentaciones y un viaje de representación para ahogarlo con actividades pero notamos que cada día se incrementa su efecto, especialmente la ansiedad.

Tu hermano está siempre cerca y nos dedica tiempo muy a menudo. Tus amigos también nos rondan. No estamos tan solos como a veces nos sentimos, pero es que nos faltas tú. Y da igual cuánto tiempo pase, añoramos tu compañía, lo que antes pudimos compartir y desde hace dieciséis años nos ha sido negado.

La que fue tu novia solo dos meses acaba de tener un bebé, un niño de ojos grandes que quizá has conocido en ese lado de la existencia. Ya hay varios pequeños aquí entre tus amigos que me han hecho pensarlo. Ay, cariño, qué nostalgia de todo lo que a ti te arrancaron y no pudiste experimentar, y de paso nos robaron también a nosotros.

Lloro mientras te escribo. Te quiero mucho, hijo. Por favor, consuela nuestra pena, abraza nuestras pobres almas doloridas. Conduce nuestros pasos hacia el reencuentro. Papá también se suma a los abrazos, Rodrigo, todos en piña, siempre cuatro.

11 de febrero de 2020

Nuestros onces siempre cargados de recuerdo se hacen más dolorosos en este mes previo al aniversario. Ay, Rodrigo, siempre te hablo de este efecto hiriente que tienen las fechas. Me repito, lo sé, pero es lo que me pasa.

Mira que me digo a mí misma que es irracional pensar que unos meses son peores que otros, pues nada, no consigo evitar sentirme así. Leo que les sucede a otros dolientes, aunque haya pasado mucho tiempo. Y empiezo a comprender por qué mi padre nunca habló de días concretos para el recuerdo de sus añorados. Y por qué buscó el alegre día de su boda para rezar por mi madre mejor que el triste de su despedida.

Hijo querido, volveremos a hacer presentaciones de tu libro en la cercanía de la fecha fatídica. Y acudiremos a varios actos. Incluso un programa de TV unos días después. Por vuestra memoria. Por poder hablar de ti y tenerte cerca un ratito más.

El amor une tu orilla y la nuestra. Te echamos de menos pero esperamos tu ayuda en nuestra existencia de aquí, mientras llega el momento de reencontrarte allá. No te olvidamos. Te queremos. Siempre cuatro.

Estos días de febrero

Hola, hijo, feliz sábado. ¿Qué tal andas? Te escribo muy temprano, nada más despertarme, como casi siempre, tecleando en el móvil, cuando todavía está oscuro.

Aquí, de momento, todo sigue bien. Nos vamos recuperando de los últimos mazazos y la rutina nos arropa con las obligaciones diarias.

Las fechas, sin embargo, tienen esa incómoda cercanía de nuestro once fatídico que todos los aniversarios nos afecta. Procuro no estresarme, pero no es cosa que se consiga a fuerza de voluntad.

Estos casi dieciséis años sin ti han lavado las sensaciones y los recuerdos. Ya no encaja tu imagen de veinteañero de 2004 con la que deberías tener ahora, de treinta y tantos. Ni tus cuitas de entonces con las que podrían rondarte ahora.

Te imagino, te intuyo, te siento por la casa para siempre anclado en el aspecto físico y emocional de entonces. Así que echo en falta tu yo de aquel tiempo y la actualización que no pude conocer.

Te añoro. Ojalá pudiera verte, abrazarte, decirte cuánto te quiero y cómo me gustaría seguir compartiendo nuestras vicisitudes vitales. Unos canallas fanatizados te arrancaron de nuestras vidas, y yo solo tengo este rinconcito para comunicarme contigo. Te quiero tanto que no renuncio a venir a él. Porfa, sal tú a medio camino y ayúdame a no perder nunca la conexión. Espero siempre tu guía, saludos, señales, guiños y coincidencias.

1 de febrero de 2020


Me asalta la fecha de un nuevo mes sin ti. Llegan a mi consciencia retazos de tu último febrero, de lo contento que estabas por haber terminado los cuatrimestrales, tu novia reciente y un futuro que parecía prometedor.

Te escribo dieciséis febreros más tarde, demasiado tiempo sin tu compañía, Rodrigo, hijo querido y añorado. Lloro y te echo de menos.

No puedo superar la sensación de ausencia injusta. Aunque llevo dieciséis años quejándome, no pude firmar en el Libro de Reclamaciones. Hoy es uno de esos días en los que gana la desesperanza.

Pero te escribo. Y te cuento lo que me pasa. Y no olvido decirte que te quiero. Aprendí a sobrellevar así los días malos, dejando que fluyan. Volverán otros más dulces en los que tu recuerdo no sea tan doloroso.

Mientras tanto, cariño, prométeme que serás feliz. Vuela alto, Rodrigo. Vuela. Te envío toneladas de abrazos y cariños desde esta casita nuestra. Si puedes, ven. Por favor. Hasta prontito.

Esa melancolía post navideña que algunos llaman «blue monday»

Desde el silencio de una mañana lluviosa y oscura tecleo tu nombre, Rodrigo, y pienso en ti, como todos los sábados.

No me olvido de esta cita nuestra, nunca, cariño. Mi pequeña oportunidad de charlar contigo, hijo, que me he buscado tirando de ánimo y de esperanza. A la que no renuncio.

Te sigo echando de menos tantísimo… Ojalá pudiera traerte de vuelta, darte un abrazo y escuchar tu voz. Ojalá llamases contando tus cosas, como hace tu hermano, y pudieras haberte unido a nuestras risas de ayer.

Lloro sabiéndote lejos. Aunque luego me llega la certeza de que en ese momento divertido tú también estabas y reías con nosotros. Y te quiero más que nunca por haberte sumado a la fiesta.

Regreso a la rutina

Ayer volvió papá al trabajo, después de agotar todos los días de vacaciones que no disfrutamos antes por las circunstancias de tu tío J. Hoy todavía me ronda la misma sensación de irrealidad que no me abandona desde que me jubilé. Te escribo, Rodrigo, como siempre, como cada sábado, y aun eso me resulta extraño. Está claro que es un problema mío de percepciones. No sé cómo se resolverá. Llevo tiempo dejándolo fluir, pero ahí sigue.

Tu hermano y B están de fin de semana, aprovechando los pocos que pueden disfrutar juntos al completo. No es la mejor época (hay previsiones de lluvia y hasta de nieve del domingo al lunes) pero carpe diem.

Te recuerdo en algunos nevazos de vuestra infancia: con gorro de lana y muchas risas, en esta casa; o emocionadísimo y muy pequeño, en la primera, cuando descubriste «lo divertida que era la nieve», como tú mismo decías. Y hasta en estas añoranzas positivas siento un pellizco de dolor porque no estás.

Camino de los dieciséis años sin ti te mando abrazos, besos, risas, juegos, vídeos, canciones, libros, consolas, bailes, excursiones, comidas, viajes, ordenadores, charlas, disfraces y chistes. Todo lo que quisiera haber compartido contigo.

Para no quedarme con la frustración de no haberlo hecho, lo intento a nuestra manera. Y, como siempre te digo y te repito, hay que ver lo pesada que soy, te quiero.

11 de enero de 2020

Qué vértigo escribir la fecha de hoy en tu bitácora, Rodrigo. Resulta rarísimo constatar que quedan dos meses para el aniversario décimo sexto de tu muerte injusta y dolorosa. Es excesivo el tiempo ya sin tu compañía, hijo querido. Nunca termino de asimilar tu silla vacía, tu cama siempre hecha, los libros de tu estantería huérfanos de ti.

Esa es la sensación que siempre me invade el alma, da igual que pasen los días, las semanas, los meses y los años: irrealidad. Pero cómo es posible que no estés, que no vengas, que no llames, que no hables, que no rías, que no hayas formado tu propia familia, que no exista ningún niño o niña que te llame papá y a nosotros abuelos.

Terminamos la segunda década de este siglo que empezamos contigo, juntos, animosos y optimistas, pensando en los mil retos que se os ofrecían a tu hermano y a ti. Pero tú ni siquiera llegaste a la mitad de la primera. Contigo se nos truncó también a nosotros el futuro.

Seguimos camino por dignidad elemental, pero ya nunca más nos hemos creído el guión de esta película. Vamos con tu hermano, papá y yo. Nos ayudamos, nos queremos, nos acompañamos. Pero siempre te echamos en falta.

Por favor, cariño, no nos olvides. Échanos un vistazo, no dejes de mirarnos, de velar por nosotros. Visita nuestros sueños, alimenta nuestra llamita de esperanza, cobija esta pena amarga, Rodrigo, de vivir sin ti.

Primer sábado de 2020

Hola, hijo, buenos días. Había perdido la noción del calendario después de los últimos compromisos navideños y de un viernes en urgencias con Ela. Son las ocho, te escribo como todos los sábados desde hace ya más tiempo del que quiero reconocer.

Dieciséis navidades con tu silla vacía se hacen difíciles de soportar. A dos meses de un nuevo aniversario, siento como un sueño la vida pasada, esa que compartí contigo. Lo curioso es que también el presente de tu ausencia dolorosa se muestra huidizo, irreal y ajeno.

Soñé con tu tío y con Elo. Tengo un recuerdo desvaído de haberlos visto en la casa, en el hall, por un momento. Quizás eso significa que cuidan de Ela, que la acompañan.

Nuestras vidas estas últimas semanas, desde la muerte de tu tío, siguen raras, no han alcanzado la normalidad. Y que Ela se fracture una costilla no ayuda a volver a la calma. Supongo que tardaremos en recobrar la rutina que arropa el corazón.

En todas circunstancias, sin embargo, te echamos de menos, Rodrigo. Te pensamos, llamamos y tenemos en cuenta. Aquí tienes tu casa y tu sitio, cariño. Tu familia nunca te olvida. Siempre cuatro, te mandamos abrazos y besos. Te queremos.

.

1 de enero de 2020

Hola, cariño, buenos días. Se supone que hoy no toca escribir aquí, pero es una fecha simbólica significativa en la que, como siempre, te echo de menos.

Añoro tu compañía, Rodrigo. La complicidad que tenemos los tres podía ser de cuatro, debería haberlo sido. Ay, hijo. Qué terrible es tu ausencia.

Desde nuestra casita te llamo, no nos olvides, por favor. Te quiero mucho. Te queremos.

Fiestas, vacaciones y sillas vacías

De nuevo es sábado, el último de este 2019 que se nos escapa entre los dedos. Te escribo, hijo, entre las nieblas del sueño, muy temprano, arropada bajo el edredón. Cuántos años ya hablándote por este medio, Rodrigo, y echándote de menos.

La vida fluye muy deprisa, no sé si mostrando la realidad de este universo o la del tuyo, o ambas a la vez. Acepto las sensaciones de extrañeza y no me empeño en deshacerme de ellas, no solo porque no se dejan, sino porque pudieran ser síntoma de lucidez. Valga la paradoja. ¿Y si sentirlas es tener mejor acceso a lo que de verdad vivimos? ¿Y si la auténtica consciencia consiste en comprender y aceptar que estamos aquí de paso y esta vida trasciende a otra más mejor y verdadera, que decía Manrique?

Ojalá estuvieras aquí para charlar de esto contigo, como hago con tu hermano y con papá. Te lo escribo, no obstante, porque intuyo que te llega y que a tu manera sutil me contestas. No todo lo clara y abiertamente que a mí me gustaría, me enfada tener que conformarme, pero sí la pizca suficiente para resistir.

Esa compañía tuya amorosa, que mantiene el hilo de esperanza de volvernos a encontrar, se basa en el amor que siempre nos ha unido, que me hace llorar, pero también me cura. Por eso te escribo. Porque te quiero más allá del tiempo. Y porque la constancia es la única manera que tengo ya de demostrártelo.