Nostalgia tecnológica

Acabo de recibir un email acerca de cambios en los grupos de Yahoo. No me acordaba yo de ellos, pero fueron importantes en nuestros primeros tiempos informáticos. Así conocimos Efeyl, y a tus amigos, y recogimos sus condolencias y sus escritos sobre ti.

Si tú estuvieras aquí apenas nos daría el asunto para una conversación chiquitita sobre cuánto han evolucionado las redes sociales. Como no estás, me invade la nostalgia informática. Ay, Rodrigo, cuánto me enseñaste. Y cuánto seguí aprendiendo aunque no estuvieras, por ti, contigo a mi espalda, susurrándome desde tu mundo cómo desenvolverme entre programas, aplicaciones, bitácoras, redes sociales y páginas web. Todavía lo haces.

Te sigo echando de menos, hijo.

Días de los Difuntos y los Santos

Hola, Rodrigo.

Son ya dieciséis festividades de 1 de noviembre las que te he pensado, llorado y rezado. Y sigue dándome mucho coraje la denominación «difuntos». Me enrabieta hasta límites tan insospechados, que me sorprende incluso a mí misma. No asimilo, no quiero, no acepto que tú estés muerto. Lloro de impotencia y de irrealidad.

Aquí no estás. Incineramos tu cuerpo inerte. Tu esencia se desprendió de lo terreno sin que pudiéramos evitarlo, lejos de nosotros. A eso le llamamos morir. Y yo sigo sin aceptarlo. Te quiero vivo, te siento en otro lugar pero tú mismo. Por favor, cariño, no dejes de acompañar mis lágrimas con tus señales curativas.

Te quiero. Nunca dejaré de amarte ni de añorar tu compañía. Abraza a mis padres y abuelos, a los tíos, a todos los que andan allí ya contigo. En este día en que es tradicional recordaros, os mando mil luces, rezos, flores y cariños.

Con tus amigos

Hoy tenemos otra boda. Es la cuarta a la que nos invitan esos chicos que nos dejaste cuando se te llevaron a la fuerza. S y D no te conocieron, pero casi como si lo hubieran hecho. Y desde luego, algunos de sus invitados sí. Hoy pasaremos el día con varios de tus maravillosos amigos de entonces, que te buscaron y esperaron el maldito 11 de marzo, que te echaron de menos, Rodrigo, escribieron anécdotas y condolencias, y nos llenaron a nosotros de todo el afecto que sentían por ti.

Nos adoptaron tras tu asesinato. Compartimos con ellos, con los novios también, muchas horas de juegos, de preparación y de complicidad durante todo este tiempo de tu ausencia. Nos llena de orgullo y alegría reunirnos de nuevo para algo tan hermoso, especialmente ahora que ya no nos vemos tanto como antes.

La vida sigue. Tú llevas fuera quince años y siete meses, te quedaste para siempre anclado en los veinte. Mientras, tus amigos, como tu hermano, se hacen mayores. Que se casen es lo normal en estos momentos vitales. Colecciono fotos de las bodas de todos los que han compartido alguna en Facebook. Sigo sus avatares casi a diario, como si fueran familia, un poco como hijos, porque así los considero; bueno, con permiso de sus padres verdaderos, claro.

Va a hacer sol y buena temperatura. No dejes de venir un ratito, cariño. Todo lo hacemos contigo en el corazón. Muchos abrazos de oso.

19 de octubre de 2019

Buenos días de otoño, lluviosos y grises, Rodrigo, ¿cómo estás? A veces siento que no andas demasiado lejos y que me envías señales de esperanza, otras, sin embargo, me parece que estás en un universo muy remoto y me asalta la duda de que podamos volver a encontrarnos. Te echo de menos siempre, y te llamo, y te pienso.

Últimamente me enfado más, supongo que porque tengo más tiempo, pero también porque he vuelto a viajar en transporte público. Cuando compruebo cuántos miles de personas nos movemos por la ciudad sin que nos pase nada tan terrible como te sucedió a ti, me indigno. Qué mala suerte la nuestra, cariño, que estuvieras en el lugar equivocado a la maldita mala hora en que te mataron.

Es complicado seguir sin ti, con un miedo siempre latente, sufriendo por tu hermano y por papá, con este estrés postraumático subterráneo que asoma demasiado a menudo. Por favor, hijo, tú vuela a tu aire en tu mundo y sé feliz. Pero no nos olvides.

Te seguimos echando en falta. Tu voz, tu risa, tus historias, los libros que leías y contabas con tanta pasión, los juegos, la música, el sonido del teclado de tu PC, rapidísimo, los pasos a grandes trancos, el brillo de tus ojos… Y no hay nada que llene el vacío que dejaste.

Te mando montones de abrazos, Rodrigo, con hojas de tu árbol, viajes, charlas y carcajadas. Aquí siempre te esperamos. Y te queremos.

11 de octubre de 2019

Hola, hijo, buenos días. Te escribo un día antes porque es once. Nuestros onces siempre nos reúnen, aunque el puro conteo diga que te arrancaron de nuestro lado hace quince años y siete meses.

Aquí la vida sigue con su ritmo pausado, una cosa tras otra. Nuestra familia avanza de forma sencilla en lo cotidiano, ojalá estuvieras aquí, en estos momentos simples pero gustosos que ya no nos dejan compartir contigo. Por ahora, menos mal, no hay nada especialmente reseñable, con tu tío J en casa, bajo tratamiento. Solo podemos esperar a ver cómo se desarrollan las cosas. No tenemos más opción que avanzar nosotros, con energía, o dejarnos llevar por este río vital que nunca para. Así que estamos serenos, progresando en modo suave, después de los últimos momentos de aguas bravas que ya te conté.

Tenemos algunas salidas previstas como única apuesta para este trimestre, no nos atrevemos a mucho más. Aunque papá y yo compartimos la pena de sentirte muy lejos y la nostalgia de tu compañía. Por favor, cariño, ayúdanos a no perderte del todo la pista.

Te queremos.

De nuevo es sábado y te escribo

Hola, cariño, buenos días. Ha vuelto a pasar una semana y sigo con la sensación temporal anímica distorsionada. Ya estamos en casita, hemos regresado a las supuestas rutinas, pero nada encaja bien todavía.

Papá y yo pasamos diez hermosos y entretenidos días en Portugal, fue un periodo muy agradable. Ahora intentamos que la vida fluya de nuevo con sencillez, aunque no siempre lo conseguimos. Se me siguen haciendo extraños los nuevos usos, pero ya no añoro lo conocido que perdí. Voy de descubrimiento en descubrimiento, cada vez más feliz.

Mientras tanto, seguimos los pasos de tu hermano, por favor, hijo, ayúdale todo lo que puedas, porque nos atenaza siempre el miedo de no poder cuidarle y el espanto de perderle como a ti. Mi estrés postraumático se reactiva con el tráfico que sortea cada día, me asusta la vida, ya nunca dejará de agobiarme. Se ha vuelto muy difícil vivir desde que tú no estás.

Te mando nuestros abrazos. Muchos y apretados. Te quiero mucho, Rodrigo. Ven a vernos cuando puedas, visita nuestros sueños, déjanos señales para poder con esta vida y ser capaces de encontrarte en la que ahora te acoge. Hasta prontito.

Un saludo desde Coimbra

Hola, cariño, buenos días otoñales. Tengo la sensación de que no te escribo desde hace demasiado tiempo y, sin embargo, solo son los siete días de siempre, mi último apunte fue hace una semana. Estamos de vacaciones, por primera vez en un mes septiembre, y eso distorsiona mi percepción temporal.

Esta ruta por el norte de Portugal me hace pensar en mi infancia y en mis padres, que adoraban a este país, nos trajeron a mis hermanos y a mí cuando éramos críos, y venían a menudo. Están siendo días serenamente maravillosos de exploración, descubrimientos, paseos y novedades.

Ando más distraída, qué menos con tantos incentivos, pero siempre pienso en ti. Ojalá hubiéramos venido contigo alguna vez. En cada momento especial, te echamos en falta, Rodrigo. Papá y yo te seguimos incluyendo en nuestras conversaciones, además creemos firmemente que andas con nosotros siempre, a tu modo sutil. Ya sabes que no te olvidamos. Te queremos muchísimo, da igual cuánto tiempo pasemos sin ti. No dejes de velar nuestro camino, hijo. Hasta pronto.

Otoño 2019

Son las siete de un sábado gris, tenemos alerta naranja por DANA y lluvias torrenciales y pronto nos iremos de vacaciones nuevamente. Por primera vez en nuestras vidas, en otoño.

Me ronda siempre tu ausencia, Rodrigo. Vivimos sin ti como hemos conseguido aprender, nuestras existencias tienen tintes de normalidad y continuamos, como tú habrías querido, como quieres, en presente. Pero subyace el hueco que dejaste y nunca se podrá llenar. Aunque no duela tanto como los primeros años, está siempre ahí.

Lamento no poderte unir a nuestros planes extraordinarios como viajes o fiestas, pero mucho más que no nos acompañas en el día a día. Menos mal que tu hermano anda cerca, esta casa se ve muy vacía de vosotros dos y de los tiempos felices de vuestra infancia.

Tu muerte, tu marcha repentina, tu asesinato horrendo ha marcado a fuego mi psique con miedos difícilmente reductibles. Con ellos convivo, en vez de contigo.

Aquí sigo, hijo, en la lucha. No te olvido. Te quiero siempre y te mando montones de bailes, risas, juegos y abrazos. Porfa ven a verme al mundo intermedio de los sueños.

Mediados de septiembre

De nuevo es sábado y te escribo. Sigo inmersa en las sensaciones de irrealidad de mi cambio vital y continúan aflorando los miedos. Son vaivenes emocionales que te alejan de mí. Solo te encuentro en la naturaleza.

Ahí estás siempre, Rodrigo, incluso en el trozo chiquito de nuestro jardín. Salgo al porche cada mañana e intento conectarme contigo a través de la lluvia, los árboles y el viento. No te vayas del todo, por favor, cariño. Sonríenos.

Yo mientras tanto procuro adaptarme a la nueva vida. Y tengo tantas cosas que hacer que se solapan unas con otras, me aturullan y me enfado porque el tiempo no me cunde como esperaba. Échame una mano, hijo, por favor. Ven a vernos, mantén el contacto. No nos olvides.

Nosotros jamás lo haremos. Te esperamos siempre, te llamamos siempre, vamos tras tus pasos. Te queremos.

11 de septiembre, quince años y medio

Hoy es la fecha de las torres gemelas, la que marca la mitad del año en el calendario familiar este nuestro de tu marcha. Ay, cariño, cómo va pasando el tiempo y siempre sin tu amable compañía.

Hoy es el día también del principio de curso, el primero en treinta y ocho en que yo no ejerzo como docente. El primero de muchos más en que (qué raro, qué exótico, parece imposible) no tengo que ir al cole. Porque antes de profe fui alumna, desde los cuatro años, y me había acostumbrado a medir el tiempo de septiembre a julio.

Tengo los días ocupados en todo lo que antes no pude, me siento afortunada al disponer de esta oportunidad, pero siempre andan cerca los miedos, Rodrigo. Tu tío J. lo primero. Nuevas eventualidades, luego. Así es esta existencia que nos ha tocado vivir.

Hoy, 11 de septiembre de 2019, te escribo, hijo querido. Como todos los onces, creo que no me he saltado ninguno. Y para decirte, como siempre, cuánto te quiero. Antes o después nos encontraremos, Rodrigo. Esta vida loca, como río de aguas turbulentas, lleva hasta ti. Te abrazo desde la distancia. No te olvido.