7 de septiembre

Buenos días preotoñales, Rodrigo, te saludo desde esta casa que compartimos hace ya tanto tiempo pero que todavía te echa en falta.

Hoy, sábado como casi siempre, es también el aniversario del tío Carlos, tu única experiencia con la pérdida de un ser querido. Le seguías añorando poco antes de que saliera a buscarte. Tu nombre está escrito junto al suyo en la lápida familiar. Quién iba a adivinar que tú serias el siguiente…

Estos días voy a trompicones, entre el miedo y la alegría, el desánimo y las ganas de hacer cosas. Supongo que tardaré en recobrar la serenidad de la rutina vital. El miércoles, en un acto de la Aso, conocimos a otra superviviente de Atocha, de Getafe, en tu andén. Nos contó sus miedos desde entonces y fue un rato emotivo. Pero, ay, por qué tú no saliste corriendo como ella, cariño, por qué tú no.

Lloro de nuevo. Nunca me acostumbro a tu ausencia. Ojalá pudiera darte los miles de besos y abrazos que se me quedaron pendientes. Ojalá oyera de nuevo tu voz, y tu risa.

Desde aquí te hago señas, hijo. No te olvidamos. Ven a vernos al mundo intermedio de los sueños.

Último día de agosto

El tiempo de las vacaciones ha pasado y el lunes debo volver al insti, aunque, eso sí, por poco tiempo, porque el miércoles me jubilo.

En un par de días, entonces, habrá cambiado mi vida para siempre, y resulta que en este momento tan importante tú no estás. Te echo muchísimo de menos, Rodrigo.

Aquí te seguimos añorando, nombrando y teniendo en cuenta. Han pasado quince años y medio, no se lleva igual tener 45 que 60, y tú sabes lo poco que me importa hacerme vieja y que me habría cambiado por ti sin dudarlo un instante si se me hubiera dado la oportunidad.

Nuestra casa sigue esperando tu regreso, hijo, con árboles, con flores, con libros, con juegos, con canciones y risas como los que compartimos el breve tiempo que nos dejaron vivir juntos. Desde ella te hacemos señas. No dejes de mirarnos, de mandarnos mensajes de esperanza, de ponernos hitos, de venir.

Te queremos. Vuela alto, cariño. No te olvides de ser feliz.

Un día de finales de agosto

Todavía está oscuro y pienso en ti, hijo lejano, ausente de nuestras vidas desde hace demasiado tiempo, añorado siempre.

Me siento sola sin vosotros, tu hermano y tú. Lo normal sería que cada uno estuvierais haciendo vuestras vidas, lo sé. Por eso me duele tanto que tú estés injustamente lejos. Me encantaría poder llamarte por teléfono para comer juntos, o para conversar, como hago con tu hermano. Solo tengo este rinconcito virtual donde te escribo.

La enfermedad de tu tío J me pone de nuevo ante la presencia incuestionable de la muerte. La tuya, la mía propia, la de todos los que me rodean y en especial los que quiero. El estrés postraumático no descansa, me ronda con miedos e incertidumbres que combato como puedo y que se reavivan con la constatación terrible de nuestra mortalidad.

Vamos a buscarte, Rodrigo. No sé en qué orden, unos antes que otros por unos azares que desconozco, no hay prevalencias por edad, demasiado me duelen tus jóvenes veinte años. Sigo pidiéndote ayuda, cariño. Sigo sin saber enfrentar esta existencia. Déjanos hitos para el camino.

Cumpleaños de tu hermano

Ayer celebramos el cumple de G, los tres juntos, sin ti.

Hice pulpo, recordando que de niño siempre era eso lo que pedía tu hermano como comida especial. No faltaron, por supuesto, los langostinos, con lo que te gustaban a ti también, Rodrigo. Y a punto estuve de poner superchufitrocos de postre, en un alarde de nostalgia, pero se impuso el sentido común y dejamos la cosa en flan con helado.

Ya anda G novato con su cochecito nuevo, échale una mano, por fa. Pensamos en ti. No te olvidamos.

Ay, ay, ay

Me parece que voy a ver a Rodrigo antes que tú.

Ayer tu tío J pidió el alta voluntaria y se fue a casa. No hará quimioterapia, esperará el final con paliativos y una convicción serena impactante.

Te soñé hace poco, ¿viniste por esto?

Mediados de agosto

Hola, hijo, buenos días calurosos y veraniegos. Espero que estés bien y te lleguen mis pobres líneas. ¿Puedes mandarnos tú algo tuyo de esa vida al otro lado del mar? A ratos me envuelve la desesperanza, Rodrigo, por favor, haznos un guiño tranquilizador.

Aquí seguimos moderadamente bien, porque ya sabes que el tío J está hospitalizado, casi tres semanas de estancia tiene el pobre. También te pedimos una mano amiga en esto cariño.

Papá lleva ya un mes trabajando, tu hermano vuelve a la dura tarea este mismo lunes y yo intento acercarme a una rutina que llene mis días de un nuevo sentido.

Pero como siempre, siempre, siempre, en todo este flujo vital te pienso, te añoro y te quiero.

Once de agosto

Quince años y cinco meses. Los días siguen pasando. Seguimos camino vital sin ti. Nos hemos perdido tu compañía todo este tiempo, es injusto.

Tengo añoranza de lo que pudo haber sido y no fue. Lamento la soledad de tu hermano, nunca podrás estar a su lado en un momento difícil como hace papá ahora con el tío, nunca tampoco en los felices, como fue el de su boda.

Otro once, Rodrigo. Pienso en ti con todo mi amor y deseo que haya alegría al otro del mar, en ese mundo donde nos esperas. Mándanos una buena cantidad de ella, por favor.

Otro fin de semana de vacaciones

Me despierto tan temprano como siempre. Ya se nota que las noches son más largas, todavía está oscuro. El viento del oeste refresca la casa mientras te pienso y te escribo, hijo.

Tu hermano y su mujer están de vacaciones, el tío J continúa hospitalizado pero ya a punto de alta, papá y yo seguimos el ritmo de las semanas anteriores, de trabajo y visitas. Ando un poco sola, dadas las circunstancias, pero es lo que hay.

Rodrigo, cariño, te sigo echando mucho de menos. A ratos flaquea la esperanza y me está costando habituarme a mi nueva situación. Pero siempre te quiero. Te quiero. Te quiero.

Agosto tórrido


Ayer estuvimos en un nuevo concierto de tu hermano, después de una semana dura en acontecimientos emocionales. Hoy me levanto tarde y todavía cansada. Pero siempre tengo un momento para charlar contigo.

Buenos días, hijo. Te mando saludos, abrazos y cariños desde nuestra casa. Añoro los tiempos que compartimos, espero otros mejores y de reencuentro. Y en el mientras tanto, vivo con tu recuerdo, con papá y tu hermano lo más serena y consciente que puedo.

Nunca te olvido. Espérame.

Cuarta semana de julio

Buenos días, Rodrigo. Son las seis, todavía no amaneció. Suenan lejanos ruidos de tráfico, como siempre que hace viento.

Sopla por primera vez en muchos días y gracias a eso hemos dormido sin necesidad de aire acondicionado. Han bajado las temperaturas (ahora mismo hay 17 grados) , y las previsiones anuncian que en el día de hoy difícilmente llegaremos a los 30. Bien. Tenemos por fin una pausa en la continua y sofocante ola de calor.

Sigue oscuro. Pienso en ti.

Cuento quince años, cuatro meses y veinte días de ausencia. Y llevas fuera todo ese tiempo inútilmente, porque yo todavía estoy procesando que no estás.

Nunca termino de entenderlo, hijo. Te echo en falta siempre. Me enfado, me entristezco, me agobio… Y no sirve para traerte de vuelta. Y se acentúan las sensaciones de irrealidad.

Así que te mando estas pobres líneas, cariño. No te preocupes, seguimos avanzando. En tu busca siempre. Con tu nombre en los labios. Tú vuela alto y señálanos el camino.

Montones de abrazos, de risas, de pelis, de viajes, de celebraciones, de juegos. Te envío todo lo que nos robaron y podíamos haber compartido estos largos años. Con todo nuestro amor:

Papá, Mamá y Gonzalo.