Pienso en ti

Hola, cariño, aquí estoy, viviendo mis dos últimos días de trabajo, a punto de mi fiestecilla de jubilación, con más vértigo que nunca. Pero contenta.

Que no estés es lo único que me impide ser totalmente feliz. Sin embargo no me rindo, Rodrigo. Te escribo y te cito en el mundo intermedio de los sueños.

No dejes de venir, hijo.

Mi último fin de semana docente

Esto se acaba, Rodrigo.

Siento que me acerco a otro momento inexorable. Y que indefectiblemente todo llega.

He elegido empezar antes esta nueva etapa para disfrutar de ella, pero es inevitable pensar en su significado abstracto. Y preocuparse es un signo de responsabilidad y de consciencia.

Nueva vida, nueva perspectiva vital, novedosas variables a partir de unos pocos días.

Contigo siempre, hijo. Con tu nombre en los labios. Nunca te olvido. Te quiero.

A dos semanas de acabar el curso

Hoy te escribo un poco más tarde, justo después de redactar mi último examen. Todo lleva el adjetivo «último» estos días, estos meses. Ay, Rodrigo.

Me rondan la melancolía y la tristeza, pero no las dejo entrar. Noto más fuerte tu ausencia y la de tu hermano. Si estuvieras, ¿qué dirías, qué estarías haciendo? Odio los subjuntivos y condicionales que siempre tengo que usar contigo, hijo. Las formas verbales de los hechos hipotéticos de las cosas que no sucedieron. Porque se te llevaron demasiado injusta, abrupta y malvadamente. Y a eso una no se acostumbra nunca.

Aunque parezca fuerte, y pueda hablar de ello, y haya escrito tu libro y lo comente en algunas presentaciones, duele mucho tu silla vacía, cariño.

11 de junio

Llega otro de nuestros onces y añoro tu risa sonando por la casa. Unas golondrinas nos visitan, curiosas y alegres como tú.  Vierto lágrimas de desconsuelo, pero siempre, siempre, hijo, añado a  tu ausencia unas gotas de esperanza.

Así vivimos sin ti, Rodrigo. No te olvidamos. Vamos a buscarte.

Últimos días de primavera

Entre exámenes e informes se acerca el final de junio y de mi cotidianeidad. Desde que tengo uso de razón he medido el tiempo en cursos escolares, ¿cómo lo viviré ahora? Querido hijo, todo se me vuelve ajeno, y en ese desconcierto tu ausencia se agranda.

Hago la cuenta atrás y apenas quedan catorce días de trabajo. Luego llegarán unas vacaciones tan anheladas como otras veces pero de las que no tengo que regresar. ¿Dónde andas, Rodrigo? ¿Me ves envejecer? ¿Volveremos a encontrarnos?

Te mando abrazos desde esta casa nuestra que tanto amaste. Papá ha conseguido por fin que el trocito verde del jardín tenga el césped bonito. Y yo he cosechado una cala (de momento, espero que alguna más) después de una década de total escasez. El sótano y la gran mesa de juegos se ha convertido en zona de costura, y tu cuarto está invadido de papeles, aunque conserva todos tus libros y  tus trastos en el armario. ¿Estás ahí, cariño?, ¿me oyes?

Nunca desisto de quererte, de escribirte o de esperar el reencuentro. Hasta prontito: Mamá.

Añoranzas escolares

Regreso ahora de la fiestecita fin de curso que llevamos celebrando solo unos años. La graduación de segundo de bachillerato es más solemne, pero esta de los demás grupos, muy casera, me resulta tierna, sencilla y entrañable.

Hubo diplomas, canciones y mucho jaleo. Fue casi igual que como sucedieron las tuyas. Y de pronto, en aquel salón de actos en el que tú también estuviste, me invadió una nostalgia infinita.

Saber que era mi última celebración, tu recuerdo, dulce y triste a la vez, y la música, que tanto me afecta siempre, casi pudieron conmigo.

Pero me aferro a la esperanza.

Sueño contigo

Acabo de despertar de un sueño agitado y en los últimos instantes me has dado un gran abrazo.Todavía lo siento. Era cálido y blando, te dije que te había echado de menos y tú me contestaste «Y yo a ti».

La conversación me pareció rara, verte era cotidiano y a la vez extraño. Por un momento (Gonzalo también estaba cerca, en casa, escaleras arriba, contigo), no me constaba que te hubieras ido. Andabas rodeado de libros, no sé si con el ordenador o en tu cuarto, pero en la planta de arriba. Luego regresó la certeza de que te fuiste hace ya quince años y dos meses.

Algo me avisó mientras sucedía, supongo que estaba entrando en el duermevela. Una parte de mi consciente sabía que era un regalo tenerte de nuevo, que estuvierais los dos, adolescentes, como antes, hace ya tanto tiempo…

Lo que recuerdo del sueño previo a tu presencia es que había un montón de gente que intentaba invadir la casa. Se había estropeado la cancela exterior y dejaba pasar a grupos de extraños personajes. Unos cuantos parecían charlatanes de esos que intentan convencer de lo imposible, otros eran maleantes, había incluso unos pocos ancianos muy mayores y flacos, totalmente despistados. Yo les empujaba fuera y les amenazaba con llamar a la policía. Y ellos intentaban colarse una y otra vez.

El resbalón de las puertas fallaba y pensé pedirle a tu padre  que les echara un vistazo cuando volviera del trabajo. Finalmente conseguí que todos se fueran y una vez en casa, agotada y ansiosa, descubrí que no estaba sola, que estabais los dos, tu hermano y tú, en vuestras habitaciones. Subí a contaros. Y fue cuando me diste ese abrazo que todavía siento. De inmediato me desperté.

Gracias por la visita onírica. En unas horas firmo tu libro en El Retiro, en la caseta 311 (tus números, menudo guiño de los tuyos, hijo), de La Feria del Libro de Madrid. Estás con nosotros. Te queremos.

Jueves sola en casa

Hoy empiezan las fiestas de Getafe, ¿te acuerdas, Rodrigo? Tu padre se ha ido al trabajo y yo tomo ahora la revancha del día de San Isidro que no celebramos en esta ciudad.

En la casa solitaria te echo de menos más que nunca.

Añoro los días de vuestra infancia y, sobre todo, aquella inocencia vital nuestra que nos permitía embarcarnos en cualquier asunto con el optimismo inquebrantable de la juventud.

Ya nada es tan fácil. Me ronda una pena negra que creía finiquitada. Y la ruptura de lo cotidiano la empeora. Sé que se produce porque vivo mis últimas jornadas escolares. También sé que me asalta cuando deja de arroparme la rutina.

Por eso intento no dejarme arrastrar por la tristeza. Echame una mano, hijo querido.

Te añoramos

Hemos pasado el día con tu tía N y con tu primo D. Siempre es un tiempo agradable con ellos. Tu prima C tenía trabajo, pero vimos unos cuantos de sus vídeos y reímos con ella como si hubiera estado también. Solo faltabas tú.

Tu hermano comentó que uno de sus conocidos cumple años tu mismo día y que eso le molesta mucho. Es una reacción visceral que no puede controlar y que regresa cada año. Pobre. Todos lo comprendemos, lo compartimos, sabemos de sobra de qué nos habla.

Es que te echamos muchísimo de menos, Rodrigo.

Feliz cumpleaños, Rodrigo

Hace treinta y seis años viniste al mundo, recuerdo el día y la emoción de tenerte entre mis brazos. Hoy me despierto entre la niebla existencial de que todo fue un sueño y la certeza terrible de tu ausencia. Y tengo la última fiesta de graduación justo esta tarde, un bonito guiño de tu parte. Te quiero, hijo.