Navidad

Seguimos sin ti, Rodrigo. A esta ausencia tuya no nos acostumbramos aunque ya no nos parezca que vas a entrar en cualquier momento, como sucedía antes, al principio, en los primeros tiempos. Tu hermano es un hijo maravilloso, que intenta colmar tu espacio para que no nos sintamos solos, pero él también te echa en falta.

Esta cena de hoy, con una nueva silla vacía, nos ha mostrado otra versión de las despedidas. Tu tío se ha ido en cuatro meses. Tu abuela lo hizo en siete, Elo en un año, Lalo en una semana y tú en un instante maldito y fugaz. Así os habéis ido despidiendo y algo parecido nos espera a todos y cada uno de los que quedamos. Porque ya tenemos un poco de todo. Me refiero a la casuística. Sobre ella digo, escribo, reflexiono existencialmente.

Uno a uno cada cual debe despedirse de los que ama. O bien porque se marchan, o bien porque el que debe irse es uno mismo. No hay excepción ni excusa para esta regla. Se nos olvida, no queremos ser conscientes, ni pensarlo siquiera, pero es lo que hay. Son las normas de este universo, aunque tendamos a querer creer que todo se hará convenientemente y por orden cronológico y no es así.

Nochebuena en casa de Ela. Navidad con tu tía y tus primos. Cada vez menos numerosos. En declive hasta que llegue la siguiente generación. Contigo siempre, hijo.

El sábado previo a la Navidad

Querido Rodrigo, hoy vuelvo a escribirte desde la extrañeza. No tengo sensaciones navideñas. He llegado a esta fecha dulcemente, sin cansancio, sin agobios laborales, en una monotonía a la que aún no estoy acostumbrada.

Creo que hoy se canta el Gordo de la Lotería, ese sonsonete que acompaña a estas fiestas desde que tengo memoria. El próximo martes es Nochebuena y yo no termino de asimilar dónde me encuentro emocionalmente. ¿Dónde andas tú, cariño? ¿Puedes oírme?

Felices vacaciones, feliz Navidad, espero que estés bien y contento. En medio de esta situación nueva que no termino de asumir, extiendo mi comprensión hasta tu mundo lejano. Y supongo que es muy diferente en sus percepciones, mucho más de lo que ahora, en mis cambios vitales diminutos, me atrevo a especular.

Dieciséis navidades con tu ausencia dolorosa. Por qué tú, mi niño. Esta vida loca te arrancó de nuestro lado sin misericordia. Nos sigues haciendo falta. Nunca dejaré de añorarte, para siempre enfadada con el destino, las reglas de este universo, la mala suerte o lo que quiera que sea que maneja nuestras vidas.

Vuela, Rodrigo. Vuela alto. No dejes de volar. Te quiero.

Sábado 14 de diciembre de 2019

Hola, cariño, buenos días de sábado tempranero, como siempre. Este es otro fin de semana invernal que pasaremos juntos papá y yo. Es una suerte que disfrutamos con consciencia, porque sabemos de sobra que todo puede cambiar en un instante.

Además contamos con la visita anunciada de tu hermano para el domingo. Qué bien. Es una alegría que viva cerca, propicia la posibilidad de vernos a menudo.

Y ahí es donde se nota dolorosamente que nos faltas tú. Ay si estuvieras aquí, cuánto te echamos en falta. En estos tiempos prenavideños todavía más. Y tras la muerte de tu tío y la soledad de Ela ya ni te cuento. Ufffffff, qué difícil se nos hace todo.

Por si fuera poco que añadir a mi cambio laboral, lo sucedido acentúa mis sensaciones de extrañeza y multiplica exponencialmente el vacío que nos dejaste. Ojalá pudiera compartir contigo mis circunstancias nuevas, como hago con papá y con G. Esas de jubilauta escribidora, entre otras. Ay qué dirías, harías, comentarías… Solo puedo usar condicionales, imaginarte. Ay.

Sé que me acompañas a tu modo, el que puedes, claro. Te sentí cercano ayer mismo, cuando volvía a casa en el metro. Me pareció que me anticipabas anuncios sobre mi nuevo manuscrito, y al poco se confirmaron como auténticos. Jo, qué fuerte. No es la primera vez que sucede, pero siempre me impacta. Te lo agradezco mucho, Rodrigo.

Gracias por estar pendiente y por cuidarnos. Gracias por dejarnos mapas y señales. Caminamos juntos los tres, siempre en tu busca. Te queremos. No te olvidamos y tú tampoco nos olvidas. Volveremos a abrazarnos los cuatro. Seguro.

Once de diciembre de 2019

Aquí seguimos, cariño. Un poco más tristes, con el miedo latente acentuado. Vamos adelante porque no hay otra, porque la vida nos arrastra y porque tú nos esperas y guías desde tu mundo. Ay, Rodrigo, te echamos de menos. Añoramos tu presencia y todo lo que pudimos haber compartido contigo y nos robaron aquellos locos canallas fundamentalistas.

La muerte de tu tío J nos ha puesto de nuevo en el borde del abismo. Nos cuesta volver a una cotidianidad dulce, sigue la aprensión y se recrudece el estrés postraumático. No nos dejamos atrapar por el pánico, pero ahí siguen ese punto de angustia que no se marcha, esa opresión en el pecho que pesa al respirar, o las contracturas de la espalda.

Y mientras tanto tus amigos se casan, como Víctor o Kaik, o tienen hijos, como Willy, Mus o Macarena. Me pregunto cómo sería tu caso y lloro recordando anécdotas de tu infancia. Desde que no estás he perdido contigo al niño que fuiste, al bebé, al adolescente, al joven… Me faltas tú en todas y cada una de las etapas. Nunca me acostumbro a tu ausencia injusta.

A tres meses de un nuevo aniversario, ya el décimo sexto, te llamo desde esta casa nuestra para recordarte que estamos aquí y te queremos. Hasta pronto, hijo. Siempre contigo. Mil abrazos y besos.

El puente de la Constitución

Buenos días, cariño. Desde casita te pienso, te escribo y te llamo. ¿Qué tal va todo en tu mundo de luz? Me encontré un dibujo tuyo de 1995. No es que no supiera que lo tenía, es que me pilló de sopetón, en una carpeta con direcciones y teléfonos de antiguos compañeros, mientras hacía limpieza general. Lo que no recordaba era que hubieras rellenado tus datos por el envés.

Me emocioné. Y compartí mis lágrimas con tu padre y tu hermano en nuestro grupo de familia en WhatsApp. Les dije que les quiero. Ellos también me escribieron su amor. Solo nos faltabas tú, por eso te incluyo ahora y te lo cuento a ti también.

Hoy comemos juntos los cuatro. Ojalá pudieras unirte al evento. Será una cosa casera, a base de ensalada, sopa y tortilla de patata. Hace demasiado tiempo que no cocino para ti, que no vienes a comer, que no charlamos. Te echo muchísimo en falta, Rodrigo.

Por favor, hijo, no dejes de velar por nosotros, de mandarnos señales que templen nuestra pena. Volvimos a ver el enorme camión con tu nombre en el mismo puente poco antes de la marcha de J. Cuando es el momento te haces notar. Con eso sobrevive nuestra esperanza.

Te queremos. Mil abrazos de oso, en piña.

Con la pena rondando

Buenos días, hijo. Te escribo temprano, como siempre, apenas son las siete y ya llevo un buen rato leyendo. Este es el último sábado de noviembre, enseguida llega la Navidad, y la enfrentamos más solos y tristes con nuestra familia empequeñecida por la muerte de J.

Tu hermano se mantiene en contacto, llama, pone mensajes a menudo. Lo hace porque así lo siente y yo se lo agradezco infinito. Ojalá estuvieras aquí y tú también nos llamases, y él no tuviera que preocuparse por nosotros en solitario. Y nosotros no tuviéramos que saberle tan solo, sin un hermano que le ayude como papá ha acompañado a J en su enfermedad.

Eso es lo que tenemos, sin embargo, una familia pequeñita y en declive. Muchas sillas vacías (la tuya es la más dolorosa) y nuestra lucha por seguir adelante.

Espero que estés bien, Rodrigo, que os hayáis encontrado todos y que nos podamos abrazar de nuevo cuando me citen a mí. Tengo miedo, pero me aferro a esa esperanza. Aunque a veces es tan diminuta que se me escapa entre los dedos.

Te quiero mucho. Nunca te olvido. Ayúdanos.

Javier

Se marchó contigo. Ela está inconsolable. Se pregunta por qué ha tenido que soportar tantas desgracias, su madre, su hermano, tú, Rodrigo, y ahora su hijo.

Es el eterno interrogante existencial. Y yo no tengo respuestas, cariño. Solo tu ausencia y la esperanza de que hayas salido a buscarle.

Mediados de noviembre

Otro sábado tempranero en el que escribirte, Rodrigo. El tiempo ha cogido carrerilla y vuela. Tu hermano, papá y yo seguimos con nuestras rutinas habituales, con el añadido de las visitas a J. A veces nos puede la ansiedad, otras el desánimo. Y así seguimos.

Papá se acerca a verle entre semana, a costa de malcomer, y los cuatro nos sumamos los domingos. Está ingresado en una residencia de paliativos en la otra punta de Madrid.

Después del primo M es otro compañero de generación. Apenas nos quedan ya de la anterior, Ela y las dos tías, así que sentimos que la edad nos acerca a nuestros finales. En teoría, claro, porque lo inesperado está siempre ahí, amenazante.

Ay, hijo querido, qué solos nos estamos quedando. Cada vez somos menos. Y se siente tu ausencia injusta como una amputación. Añoro tu compañía y a la vez me alegro de que no tengas que sufrir estas malas experiencias.

El martes muchas personas me hablaron de ti. Lo sentí como una señal de que sabes lo que nos pasa y estás esperando a J. Gracias por los guiños de complicidad. Te quiero.

Once del once de 2019

Como todos los onces, hoy te pienso, te añoro, te llamo y te quiero. Ay, Rodrigo. Cada día estoy más aterrorizada por el lento y duro declive de tu tío J. No sirve prepararse, no hay nada que hacer de antemano, cada despedida es distinta y ninguna pierde su aspereza. Me asalta el miedo del estrés postraumático que creía domeñado, un hilillo de pánico que amenaza convertirse en torrente. Papá carga con decisiones terribles anímicamente y yo le apoyo en todo y camino a su lado lo más serena que puedo. Y tu hermano también.

Échanos una mano, hijo. Estamos aquí, solos sin ti, asustados por esta vida miserable. Aunque siempre, siempre, siempre te queremos.

Día de la Almudena

Hoy no sé qué decirte, Rodrigo. Me debato entre comentar contigo el deterioro rápido de tu tío J, pedirte que lo acompañes en el camino al mundo que ahora te acoge o abandonarme a la desesperanza.

Me cuesta mucho, más que nunca, sentir tu compañía. Me digo que estas sensaciones de miedo suelen ir y venir ir por rachas, que volverán tiempos mejores. Pero aquí estoy, sufriendo, y cuando el dolor de la noche oscura ataca, poco se puede hacer.

Ayúdame a mantener una llamita prendida, cariño. Porque luego, con esa luz y ese calorcito templaremos. Nunca te olvidamos, hijo. No dejes de velar por nosotros.