Cinco semanas confinados

Querido Rodrigo. Poco nuevo te puedo contar, llevamos ya cinco semanas confinados, haciendo siempre las mismas cosas corrientes y molientes. Y menos mal, porque podemos decir que seguimos en nuestra rutina y no tenemos ninguna desgracia que lamentar.

Estamos bien. Asumiendo que esto será largo. No nos pesa quedarnos en casa, ya sabes que nos sentimos muy bien siempre en ella. Lo que más difícil resulta es la falta de contacto humano. Por eso es emocionante escuchar a los demás cada tarde a las ocho, porque tras los aplausos hay otras gentes, cercanas, que viven las mismas circunstancias.

Echamos en falta a tu hermano. Te añoramos también a ti. La reconstrucción de nuestras vidas después de esto no va a ser fácil. Esperamos poder salir medianamente indemnes. Pero ya veremos. Por favor, cariño, mira a ver si nos puedes echar una mano. O dos.

Llueve. Esta primavera es curiosamente lluviosa. Tuvimos un invierno muy seco, nos viene fenomenal tanta agua. Y no solo porque higieniza en medio de la pandemia, o ayuda en el campo. Al menos que nuestra castigada situación económica no tenga que bregar también con una sequía.

Sigo emocionalmente roma. Mi cerebro me protege así. Desde mi acorchado corazón te mando todo mi amor, no obstante. Te queremos mucho, hijo. No te olvidamos. Papá y yo seguimos despidiéndonos cada noche con tu nombre. «Sueña con Rodrigo» nos decidimos. Pero como no vienes a nuestros sueños, te buscamos aquí. En estas líneas de continua conexión. Muchos besos y abrazos de oso. Hasta pronto.

11 de abril de 2020

Nuestros onces, Rodrigo, y nuestros sábados coinciden hoy en una misma fecha. Hace un mes desde el aniversario, pero anímicamente siento que ha pasado el doble o el triple. Seguimos en confinamiento todos, tu hermano en su casa, con su mujer, muy cerca pero sin vernos ya casi treinta días. Papá y yo aquí, en esta casita que fue tu hogar y que siempre te echa en falta.

Son tiempos extraños, la vida se ha vuelto anodina. Tenemos de todo excepto la posibilidad de salir libremente. Y eso pesa mucho en el espíritu. En mi caso, como otras veces, estoy en fase roma, poco empática, como de corcho. Perdóname si solo cuento banalidades.

Estamos aislados pero seguimos las noticias y la mortandad de esta pandemia da miedo. Nuestro amigo Alfredo se os unió hace pocos días, estaba mayor y ya muy malito, no sé si finalmente fue el virus o la evolución esperable, pero sucedió. Hace unos meses le hicieron un homenaje a modo de despedida al que no pudimos ir, pero algo participamos desde la distancia. Y nos quedan sus traducciones. Sus libros.

Tu abuela sigue sola, más que antes, porque no sale para nada. Papá le llevó suministros hace ya más de ocho días, pero resiste bien. O eso dice. Me preocupa, pero no puedo hacer ninguna otra cosa más que eso. Supongo que por esta impotencia emocional es por la que mi psique se blinda.

Mientras tanto, hijo, tú, por favor, échanos una mano. Te queremos. Te echamos en falta. Te enviamos millones de besos. Vuela alto, cariño. Rodrigo, Rodrigoso el de los abrazos de oso. Todo sigue siendo absurdo desde que tú no estás.

Este abril, confinamiento y aguas mil

Poco puedo contar en esta situación de soledad. Ha pasado una semana desde la última vez que te escribí, Rodrigo, y ya son tres de encierro. Tenemos de todo, no es carestía de suministros, ropa, lectura, entretenimientos varios. Tus bisabuelos nos contaron sucesos mucho más extremos, con hambre, bombardeos, sótanos, sirenas, cartillas de racionamiento, tensión y violencia continuadas. Vemos en las noticias que hay países donde muchos no tienen ni lugar donde recluirse en aislamiento, ni posibilidad de almacenar comestibles para ello, porque viven hacinados y se buscan la comida cada día.

Estamos bien. Como puedes comprender, pesa en nuestro espíritu la ausencia de libertad. Ay, hijo, porque no solo es duro sentirse constreñido, es que enajena, embrutece el alma. Pero si evitamos la autocompasión, si ponemos las cosas en perspectiva, estamos entre los que tienen el privilegio de tener de todo y de contar con un estado que vela por nosotros.

Lleva unos días lloviendo. A ratos sale el sol y la primavera está mandándonos regalos muy hermosos. Parece que las curvas de contagio se han desplomado, que las medidas de aislamiento están dando frutos. Pero hay muchas bajas todavía. Y de entre los nuestros, lamentablemente, ya tenemos alguien en peligro, en el hospital: V el hermano de Ela.

Desde tu mundo lejano, más allá del mar, y los puertos grises élficos, y los arcoiris de tu infancia, échanos una mirada. Cuida de nosotros, cariño. Seguro que tú puedes. No te olvidamos. Vuela alto, Rodrigo. Te queremos.

El último sábado de marzo de 2020

Buenos días, Rodrigo. De nuevo acudo a nuestra cita semanal. Son ya muchos años lo que llevamos charlando aquí, de esta manera escribidora. Desde luego que no se nos puede acusar a mí de inconstancia o a ti de paciencia. Gracias por aguantarme, cariño.

En este confinamiento extraño en el que vivimos ahora, pendientes todos de ciertos síntomas que nos repiten sin parar, sabemos que uno muy curioso de este coronavirus es la pérdida del olfato y del gusto. Yo los tengo todavía. Y tampoco he perdido el apetito, por eso estoy ganando peso, cosa que no me gusta nada de nada. Pero voy a lo importante y te cuento que en lo emocional ando un poquito vírica. Lo reconozco de otras fases. Porque me siento roma, poco empática, desilusionada, escéptica, enajenada y rarísima.

De algo me tienen que servir todos estos años de experiencia vital sin ti, cariño. Estoy en fase de acorchamiento, ya la conozco. Mi cerebro se blinda así contra las adversidades. En algún otro momento volveré a sentir como siempre, ahora mismo lo importante es sobrellevar el día a día y salvar la impedimenta.

Papá y yo estamos bien. Hablamos con tu hermano y con Ela cada noche. Ellos también están soportando el confinamiento bien. Todos los que conocemos lo están. Aunque algunos ya han pasado el virus dichoso, ha sido sin consecuencias. Pero las noticias de hospitales colapsados, morgues improvisadas para hacerse cargo de tantos fallecidos y el IFEMA de infausto recuerdo para nosotros nos asaltan. Llenan los informativos de imágenes horrendas que resuenan en nuestros corazones demasiado dolorosamente.

La primavera, sin embargo, sigue incansable, mandándonos su lección de vitalidad renovada y cíclica. La camelia es un alarde de muchísimas flores a la puerta de nuestra casa. Las hojas nuevas de los árboles llenan los dos jardines de colores rojos y verdes. Y en el porche los brotes de las orquídeas prometen florecimientos blancos y rosados.

Pienso en ti, hijo. Dónde andarás, qué estarás haciendo, si volveré a verte allí, donde ahora vives, a sentirte aquí, donde ahora estamos tan tristes, si todo esto no es más que un sueño.

Pienso en ti, te llamo, te quiero, te añoro. Te mando los miles de abrazos que no pude darte y que ahora, que tampoco puedo dárselos a tu hermano, me resultan aún más necesarios. Contigo por carta, con él solo por teléfono, a los dos os echo en falta y os quiero. Mis dos niños, ya hombres. Cada uno en un universo diferente, pero unidos por este amor que no se acaba.

Mándanos un poco de esperanza, por favor, Rodrigo. Échanos una mano. No dejes de velar por nosotros.

La primavera, el día de la felicidad y una nueva vida

Del sábado pasado a este han sucedido tantas cosas, a pesar del aislamiento, que no sé por dónde empezar. Ay, hijo querido. Llevamos recluidos una semana, el tiempo se ha ralentizado y nada resulta interesante. Pero cuando echo la vista atrás, comprendo que nuestras existencias ya no son las de hace solo quince días.

En este breve lapso temporal nos hemos hecho conscientes de que la pandemia va en serio. Tenemos más de mil fallecidos, los hospitales a punto del colapso, la economía rota. Comprendemos, también, que es un asunto planetario sin antecedente conocido, que el mundo entero está en cuarentena. Que va a ser duro y largo.

Y en medio de este caos, a los primucos de Cantabria les ha llegado una nena nueva. Enar, así, sin hache, es la hija de Alejandro. Se ha presentado en plena pandemia, sí, pero también con la primavera y en el día de la felicidad. Es una nota de esperanza que demuestra que la vida sigue a pesar del coronavirus y los confinamientos.

¿Estás ahí, hijo? ¿La has conocido antes de su venida a esta tierra? Sin ti todo es amargo y ajeno. Te echamos en falta infinitamente.

Pero vamos en tu busca. Antes o después nos encontraremos. Vuelve tu mirada sobre nosotros y mándanos sonrisas curativas, abrazos reconfortantes, ilusiones nuevas.

Te queremos, hijo. Estamos en casa, ya sabes, donde los prunos te hacen señas. Te queremos. Te queremos.

Solo tres días después

Querido Rodrigo, hoy es sábado y vuelvo a escribirte, aunque esta vez las circunstancias son especialmente extremas.

Estamos en estado de alarma por la pandemia del coronavirus, recluidos en casa, cerradas las tiendas, prohibido todo tipo de ocio, las calles vacías… Con tanta experiencia poderosa en las semanas previas y este recibimiento nada más volver, el sentido temporal se nos ha distorsionado.

Por eso me parece que hace siglos que llegó y pasó nuestro fatídico día once. Y solo fue hace tres días.

Intento no agobiarme por tu hermano, su mujer, papá o yo misma. Mantengo la serenidad. Pero subyace una fuerte preocupación, porque no sabemos a dónde puede llegar esto.

Es muy temprano, escribo medio dormida pero pienso en ti, cariño. Ahora no deseo nada que estuvieras aquí, en medio de este problema de salud mundial. Desde tu mundo luminoso échanos una mano, porfa. Tal vez tú puedas lo que nosotros no podemos. Aquí te echamos en falta.

No te olvidamos. Te queremos mucho, hijo. Ojalá pudiera darte millones de besos. Y abrazos a miles. Te los mando. Con todo mi amor: Mamá.

Dieciséis veces once de marzo

Te escribo cada sábado para hacer patente que no te olvido. Te cuento nuestras vidas aunque estoy convencida de que no te son ajenas. Te hablo cada mañana y cada noche, tu nombre entre los de tu padre y tu hermano, porque los tres sois los hombres de mi vida y os mando siempre todo mi amor incondicional.

En los primeros días, semanas, meses, incluso años, sentía que estabas cerca, rondando nuestro mundo. Y eso me consolaba un poco de tu ausencia dolorosa. Ahora te sé lejano. Y entiendo que debe ser así, pero me duele.

Sin embargo, querido Rodrigo, no me rindo.

Te quiero más allá de las sensaciones, de la proximidad, de la lógica y de la muerte. Nada me hará desistir de amarte y buscarte toda mi vida.

Nos volveremos a encontrar.

El pruno florecido, a la entrada de nuestra casa, fue lo último que viste aquella mañana fatídica.

Te encantaba.

Cada primavera sus flores rosadas son una lección tuya y de la naturaleza. Nos enseñan que debemos renacer de nuestra pena y luchar por un mundo mejor.

Eso intentamos, hijo. En tu nombre. Con tu recuerdo.
TE QUEREMOS.

Desde Belfast

Hola, hijo querido. Te saludo desde Irlanda del Norte, adonde hemos venido para hablar de ti con otras víctimas del terrorismo.

Hemos coincidido con personas muy especiales. Una en concreto nos ha parecido un enviado tuyo y ha compensado el estrés del viaje y de tener que dar una charla en inglés. Gracias, cariño.

Volvemos a casa enseguida. Y ahí estará el aniversario dieciséis. Lloraremos tu ausencia, como cada año. Nos sentimos rotos sin ti.

Por favor, Rodrigo, no dejes de hacernos señas, ni de velar por nosotros. Te queremos. Siempre vas en nuestro corazón.

Desde Asturias

Hola, cariño. Ya sabes que vinimos aquí con la iniciativa amable y cariñosa de nuestro amigo Moncho. Y que llevamos tres presentaciones de tu libro en estos días, en Gijón, Avilés y Oviedo.

Mi cerebro se protege de tantas emociones con la irrealidad. Iré asimilando despacio lo que hemos vivido todo este tiempo, aparentemente breve, tres días, pero sicológicamente muy denso. Y más para mí, que ya estoy muy tocada en lo emocional.

Pienso en ti. Les hablo a otros de ti. Te traigo de vuelta un ratito entre nosotros, como nos escribía tu amigo Víctor.

Y luego duele mucho constatar que no estás, que te arrancaron de nuestro lado, que llevas dieciséis años fuera de casa, que no vas a volver.

Te quiero mucho, muchísimo, hijo. Mi amor por ti no se ha muerto contigo. Sigue uniendo las dos orillas, cruza el mar que nos separa y me trae de vuelta vestigios de ti.

No te olvidamos, Rodrigo. Caminamos en tu busca. A veces vemos hitos que parecen tuyos, que son tuyos, y nos empujan a seguir. Como las flores de los prunos que tanto te gustaban.

Renacemos con ellas después de cada aniversario. Este año se han adelantado, pero siguen significando lo mismo.

Mil abrazos de oso, mil muecas, juegos, risas y viajes. Contigo siempre. Cuatro siempre. Hasta pronto.

Periodo de calma intermedio

La floración del año pasado

Buenos días invernales, hijo querido. A tres semanas de la fecha fatídica los prunos que rodean nuestra casa han despertado y comienzan a florecer. Sus ramas son todavía un atisbo, unas pequeñas y discretas lucecitas rosadas. Pero serán pétalos, y olor, y lluvia de sensaciones de renacimiento.

Entre altibajos de estrés y serenidad, de nostalgia y de agradecimiento por haberte conocido, te escribo este nuevo sábado. No importa el tiempo que haya pasado, Rodrigo. Quiero creer que como tu hermano, no andas lejos, y nos llamas para contarnos cosas, o te acercas para darnos un abrazo.

El asunto es que, dada tu actual naturaleza sutil, no siempre nos damos cuenta.

Porfa, cariño, haz sonar tus cascabeles de estrellas.