
Este año no he visto las estrellas fugaces de agosto. Pero las pienso de otras veces. Y a ti con ellas.

Este año no he visto las estrellas fugaces de agosto. Pero las pienso de otras veces. Y a ti con ellas.

Me gusta escribirte al menos una vez por semana, Rodrigo. No renuncio a comunicarme contigo, cariño. Aunque se te hayan llevado lejos y no pueda llamarte por teléfono o escribirte mensajes al estilo de este mundo, te pienso y sigues siendo mi hijo.
Nada ni nadie va a cambiar eso. Ni los asesinos que te arrancaron de nuestro lado, ni las reglas absurdas que dicen que debo dejarte descansar. Pero si no te fuiste cansado…
No estás reposando. Te creo activo en tu nuevo universo, hijo querido, desde donde nos haces guiños a veces y nos esperas. Porfa, Rodrigo, Rodrigoso de los grandes abrazos de oso, qué difícil es estar aquí sin ti, no dejes de volar alto.
Te queremos.

Hoy te recuerdo muy niño, llamando a tu Ela entre lágrimas, un día que andabas castigado por alguna pequeña fechoría. Y me emociono. Y me enternezco.
No dejes de mirarnos, hijo.

Hace ya tanto tiempo que no estás que me falla la memoria. El presente se adueña de mis impresiones y los recuerdos del pasado se vuelven inconsistentes, como si nunca hubieran sucedido. Charlando con tu hermano, Ela y papá, sin embargo, sale a colación un suceso en el que estabas. Y vuelves por un ratito.
No es mucho, hijo. Pero es lo que tenemos.

Buenos días, Rodrigo. Vuelve mi tendencia a despertarme muy temprano. Son las seis menos cuarto. Te escribo tecleando en el móvil, medio adormilada, mientras el ruido del tráfico entra por la ventana abierta. Se nota más porque sopla un airecillo fresco que se agradece y lo trae hasta aquí.
Otro sábado llega, tras una semana en casa. Tu hermano se ha ido con amigos a la playa y nosotros estamos casi del todo preparados para volver a la rutina (papá de trabajo y yo de escritura).
Te pienso. Te recuerdo. Te añoro. Te quiero. Ay, hijo, vuela bien alto y no nos olvides, porque vamos siguiendo tus pasos.

Me resulta extraño regresar a casa y que no haya nadie. Ni tu hermano, ni tú. Aunque este es el tercer verano desde que se independizó y vive cerca, fueron treinta años con su compañía y todavía, a ratos, me asalta la sensación de irrealidad.
Es dolorosa la ausencia, especialmente la tuya, Rodrigo. Pero resistimos. Queriéndote siempre.

Volvemos a casa después de unos días fuera. Todavía es de noche. Te escribo, como tantos otros sábados, pero esta vez desde un lugar ruidoso y sereno a la vez. El ir y venir del tráfico entra por las ventanas abiertas junto con la brisa de la ría cercana, pero si te alejas apenas unas decenas de metros de la carretera, se encuentran parajes muy hermosos y tranquilos. Ayer estuvimos varias horas en uno de ellos. Y en el silencio de la naturaleza siempre estás tú.
Acompaña también nuestro camino de vuelta, hijo. Te queremos.

Esta noche, sin venir a cuento, te lloré de nuevo, hijo. No importa que hayan pasado catorce años y cuatro meses, todavía te echo en falta. Luego salimos de excursión a Finisterre y a tu modo nos acompañaste. Gracias.

Buscando menos temperaturas nos hemos venido al norte. Sigue haciendo bastante calor, pero solo si te expones al sol, y es muy llevadero porque refresca mucho por la noche. Compruebo con alegría, además, que tener la mente ocupada aleja la angustia existencial.
Te escribo unas líneas como cada sábado, y cada vez que se me ocurre, ahora que tengo más tiempo. Pero no importa estar lejos de lo cotidiano, antes de dormir, igual que en casa, te llamamos papá y yo, ¿tú nos oyes?
Creo que sí. Gracias por los guiños, vamos en tu busca. Nunca te olvidamos.

No te olvido, hijo.