Escultura

Me encanta esta mujer cara al viento y con los brazos extendidos. Así te llamo y te muestro mi deseo de abrazarte, Rodrigo.

Ay, me ha costado escribir tu nombre. Últimamente lo he dicho para llamar a un alumno y se me hace raro con él y se me hace raro contigo.

Hijo querido, cuánto tiempo sin verte, sin que contestes mis llamadas. ¿Cómo no va a resultarme extraña esta vida de la que fuiste arrancado tan injustamente?

Finde largo y día 11

Hola, hijo. La rutina se hace imposible todavía. Después de acompañar a Ela, he vuelto a mis propias citas médicas y ya me han liado para una pequeña intervención en noviembre. No hay descanso, es siempre una cosa tras otra, en nuestra gymkana vital. Desde luego no nos aburrimos.

¿Así nos cuidas desde tu universo paralelo, manteniéndonos ocupados? Sigo echándote en falta un montonazo, una enormidad, una burrada… Rodrigo, cielo, cuántos días sin ti. Me enfado, me entristezco, me enfurruño, me tengo que aguantar y no quiero, finalmente me emociono y las lágrimas me sirven de desahogo y me hacen sentir un poco mejor.

Así avanzamos papá y yo por la nueva etapa vital de señores mayores que empezamos desde que tu hermano se independizó y que se va consolidando según nos acercamos a los sesenta.

Ojalá estuvieras tan cerca como Gonzalo. Aun sin vernos mucho, le sabemos próximo. Y eso es lo que me encantaría también respecto a ti. Porque me temo que voy perdiendo las conexiones contigo y no sé cómo recuperarlas.

Aunque luego siento que solo es cuestión de hacer silencio y serenidad, justo lo que ahora mismo me falta. Y que volverán mejores tiempos.

Ay, cariño, que sea eso, por favor. Y nunca olvides que te quiero.

Con Ela

Desde el martes estamos acompañando a nuestra Ela. En el hospital, ingresada en la sección de maternidad, convivimos con los cambiadores y dibus que adornan los pasillos. Así estamos dulcemente arrullados por los lloros de los recién nacidos, en un entorno optimista que nos permite serlo también en cuanto a su recuperación.

Envuelta en esta atmósfera, pienso en ti y me invade una cierta nostalgia de vuestra niñez. Cuánto tiempo desde que eras tú el que vino al mundo. O tu hermano. Parece una eternidad. Es que treinta y cinco años son mucho ya.

En fin, he pedido tres días de permiso, aunque la sensación temporal se me ha vuelto loca y me cuesta saber si es lunes o miércoles. Emocionalmente parece que llevamos aquí mucho más tiempo. Pero, bueno, ya sabes, papá y yo intentamos estar siempre juntos. De esa manera nos apoyamos y hacemos más eficazmente cuanto podemos.

Que no es mucho, tengo que reconocerlo. Porque la tía E, como la enfermera que es, lo tiene todo controlado y se encarga de las noches. A su lado y por comparación somos solo unos pardillos aficionados, pero el que hace lo que puede no está obligado a más. Así que somos el equipo de día permanente.

Te echo en falta, cariño. Aunque reparto abrazos de oso de los tuyos y te nombro alguna que otra vez, se nota tu ausencia. Ojalá estuvieras aquí. Te quiero. Nunca te olvido.

Acabando septiembre

Te escribo desde la madrugada, expectante, a un par de días de la intervención de nuestra Ela. Como tantas otras veces converso contigo, cariño, tecleando en el móvil muy temprano, cuando está oscuro todavía. Te llamo:

Hola, Rodrigo, buenos días, ven a verme o al menos escúchame, por favor, pues te hablo aquí cada sábado porque no sé hacerlo de otro modo. Ojalá pudiera quedar contigo y tu hermano, hacer comidas y salidas los cuatro juntos, veros formar sendas familias o planear vacaciones. Lo normal en tantas otras gentes que a nosotros nos ha sido negado.

La realidad de tu ausencia me golpea como un guantazo en la cara. Y menos mal que hoy no es tan hiriente. Esta dulce mañana de otoño escribirte hasta me consuela un poco, aunque ya sabes que hay otros momentos en que este sistema de comunicación me duele muy hondo.

Sin embargo, esta mañana estoy serena. La esperanza de volver a verte caldea mi pobre corazón y me da ánimos para continuar el camino de a tres que nos ha tocado vivir.

Vuela alto, hijo querido. Vamos a buscarte.

Tus guiños

Entre las actividades del principio de curso y la desazón de la espera por la cirugía de Ela, nos mandas mensajes esperanzadores. A través de otros, claro, pero todos juntos y tan significativos, que me hacen llorar. Gracias, hijo 🤗

Te echo de menos


Cuánto tiempo sin ti. Se me resbalan los días, los meses y los años echándote en falta y me aterra la espantosa idea de no volver a verte.

Aquí ya sé que no. Y la esperanza se me escapa entre los dedos y me deja el alma dolorida.

Hijo querido, cuánto te quiero y cuánto me duele tu muerte. Ay, Rodrigo. No dejes de hacerme guiños, porfa, porfavorito.

Por fin sábado

Esta semana se me ha hecho larguísima. Leo mi post anterior y me parece que lo escribí hace al menos un mes. La boda de tu hermano, ay, cariño, fue solo hace ocho días, pero tengo que repetírmelo para que la distorsión temporal no se apodere de mí.

Te pienso niño, por eso he elegido un dibujo infantil, porque de pronto tus ocho o diez años me resultan más cercanos. Hace demasiado que no estás aquí con nosotros, hijo, se me acaban los trucos para sentirte a mi lado. Me fío de la intuición y me aferro a lo que te me traiga de nuevo, y esto creo que funciona.

Papá y yo te llamamos con todas nuestras fuerzas, Rodrigo. Vemos a tu hermano, charlamos un poco, hacemos arreglos domésticos, damos paseos… Somos dos, a veces, con él, tres, y, contigo, siempre cuatro.

Te queremos.

El día siguiente

Otra vez te escribo de madrugada. Nos volvimos pronto de la fiesta. Teníamos que llevar a Ela a su casa. Gonzalo también se unió a la escapada cuando la música de pachanga bailable se apoderó del evento. Ya sabes que no la soporta.

Rodrigo querido, te echamos en falta. Tu hermano anda demasiado solitario sin ti y es en situaciones como esta cuando más se nota. Con él estuvimos, cariño, sacando fuerzas de flaqueza, cantando los temazos que buscó para nosotros con tanto cariño que lloro al anotar ese detalle.

Y tú nos acompañaste con tu discreción habitual. Por eso solo nosotros nos dimos cuenta. Gracias. Te queremos.

De boda

Son las seis y media de la mañana del día en que se casa tu hermano.

No ha amanecido, la ventana abierta deja pasar un aire fresco muy agradable y los rumores de coches lejanos. Pienso en ti, Rodrigo.

Desde que no estás, desde que te arrancaron de nuestro lado, nada ha vuelto a ser normal. Ni siquiera un día alegre y festivo como este.

Si estuvieses me dirías que durmiera un poco más, que la vida es para disfrutarla, que los malos momentos ya llegan ellos por su cuenta y no hay que darles oportunidades innecesarias.

No estás, pero te acepto el consejo. Y aunque seguro que tendré sueño antes de tiempo por esta costumbre mía madrugadora, prometo cantar y reír, y pasarlo bien con la familia y los amigos, y añorarte solo en secreto, cariño. Y sentir que nos acompañas a tu modo sutilísimo.

Estás con nosotros. Somos cuatro. Te queremos.

Nuevas chispas de esperanza

De vuelta al trabajo, un poco estresada, pero recuperando conexión contigo y algunas cosas bonitas de la vida, anoto estas líneas para ti, Rodrigo. Gracias por ser nuestro hijo. Espéranos, cariño. Te queremos.